El triste final de “El Chavo”

29 Ene 2020 Por Indalecio Francisco Sanchez

Con el tiempo supieron que su nombre era Juan Carlos, pero en realidad en ese par de manzanas en las que se movía todos lo conocían como “El Chavo”.

Era algo más que “el borrachín” de un rincón de La Ciudadela: era el linyera, el conversador, el molesto, el atrevido y hasta el amigo, según quien lo defina en la zona.

“El Chavo” vivió varios años cobijado en el hueco del inmenso y bicentenario San Antonio ubicado en la siempre vandalizada plazoleta Juan B. Azopardo, en Lavalle al 1.800. El mismo árbol en el que según algunos historiadores se habría cobijado Belgrano para descansar. Ese terminó siendo su hogar.

Justamente, en esa cuadra ubicada entre Frías Silva y Pellegrini, era por donde más se movía.

Para los vecinos de la zona era casi inofensivo, pese a su boca sucia, a algunos exhibicionismos grotescos y al “oportunismo” para quedarse con algo ajeno que le supieron endilgar. Charlaba con uno, pedía algo a otro, mientras deambulaba a los tumbos por ahí hasta caer en “su” plaza. A veces andaba con entre uno y tres borrachines que, al igual que él, se instalaban en su casa-hueco del árbol. Un ex boxeador, un viejo del barrio y hasta un vecino de la cuadra solían acompañarlo. Por supuesto, a nadie le agradaba ni su presencia ni la de sus compañeros, con quienes a veces se desconocían y armaban alguna trifulca. Pero “El Chavo” ya era un personaje de la zona, que prometía cuidar a los pibes de la barriada cuando jugueteaban en las veredas o en la propia plazoleta.

Cuando todavía era Juan Carlos Carrizo, habría hecho la primaria en la histórica Escuela Belgrano Número 1. Luego, una mala racha familiar lo habría llevado al “linyeraje”, como él mismo les contaba a sus “vecinos” más cercanos. Era pícaro. Eso nunca le pudo afectar su ebriedad sin fin. Estaba atento a lo que pasaba y siempre tenía una salida jocosa cuando alguien se quejaba de algún accionar suyo o simplemente de su desaliñada presencia. Era molesto y algunos lo acusaron de algún robo oportunista.

Como una premonición del destino, un tiempo antes de morir, un grupo de jóvenes del “Triángulo” -la villa del barrio- le prendieron fuego. Le valió una temporada en el hospital Padilla.

Cerca del abrupto final de su vida, los vecinos ya se habían preocupado porque no aparecía desde hace varios días por el árbol. Más tiempo ausente que el que habitualmente se tomaba en sus “giras”.

Cuando se enteraron de su espantosa muerte, nadie -o casi nadie- se alegró porque ya no habría un croto paseando frente a sus puertas. El barrio perdió uno de sus personajes.

En la Lavalle lo lloraron.

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