Desde el Ejército británico hasta la Polonia ocupada

La primera parte del informe especial del 75° aniversario de Auschwitz.

25 Ene 2020 Por Hernán Miranda

1. De la civilización a la guerra

La historia del soldado inglés Denis Avey es, con suerte, una nota a pie de página en la única oración sobre la batalla de Sidi Rezegh de algún pequeño ensayo acerca de la Segunda Guerra Mundial. Sidi Rezegh ocurrió al amanecer del 22 de noviembre de 1941, cuando la 15ª División Panzer del Afrika Korps, la fuerza alemana que operaba en el norte de ese continente, emboscó a la 4ª Brigada Acorazada del Ejército británico, que se encontraba en una posición precaria en un aeródromo perdido en el mar de dunas blancas del este de Libia. La resistencia, más valiente que efectiva, no duró mucho. Rodeada por los panzers alemanes, ametrallada a izquierda y derecha, bombardeada desde los Junkers Ju 88, la 4ª Brigada fue totalmente destruida, y los pocos soldados británicos sobrevivientes pasaron a integrar la larga lista de prisioneros de guerra supuestamente protegidos por la Convención de Ginebra de 1929.

Entre ellos estaba Avey, que había salido de Liverpool con más espíritu aventurero que patriota el 5 de agosto de 1940. Tenía 21 años y en sus planes no estaba convertirse en uno de los 27 británicos reconocidos como héroes del Holocausto. Aunque ni siquiera entendía muy bien qué sucedía en la Alemania de Adolf Hitler, mientras Inglaterra se desvanecía entre la niebla había sentido que también lo hacían la civilización en la que se había criado y, sobre todo, el sentido de la decencia.

SOBREVIVIENTE. A Denis Avey le llevó casi 70 años animarse a contar su historia.

El Otranto, el barco en el que había zarpado Avey, echó anclas en Freetown, Sierra Leona, después de 11 días de navegación. Desde allí partió hacia Ciudad del Cabo, donde los soldados descansaron en tierra algunos días, y por fin viró por la cosa oriental de África rumbo a Egipto. Avey y su división saltaron de cubierta en el puerto de Tewfik, en la entrada del canal de Suez, y al día siguiente emprendieron un viaje en convoy hasta El Cairo, ya a las puertas de la guerra.

Eran tropas muy necesarias. Benito Mussolini había puesto los ojos en el Nilo y una ruta clave, la de la India, desde donde llegaban las provisiones del Ejército británico. El 13 de septiembre de 1940, 250.000 soldados italianos habían pasado de Libia a Egipto y obligado a las fuerzas británicas, que no pasaban de 36.000, a replegarse.

En su auxilio acudió la Compañía B, donde se había alistado Avey. Llegó en noviembre al paso de Hellfire, un copo de avena de gran importancia estratégica donde se habían atrincherado los británicos. Avey y sus compañeros estaban allí para estorbar a los italianos y dirigirse hacia Bengasi, la base de operaciones del fascismo, por un terreno cada vez más inhóspito a medida que se alejaba del mar. A unos 65 kilómetros tierra adentro, África era una inmensidad de fina arena rojiza que a veces se levantaba hasta ocultar el sol.

La vida en el desierto, donde el agua se escondía en viejísimos pozos de la época romana y los soldados eran blancos fáciles para los vuelos rasantes de los bombarderos italianos Savoia, prepararía a Avey para el hambre, la sed, el dolor, el cansancio, el frío y el horror que sufriría en Auschwitz.

2. De soldado a prisionero de guerra

Beda Fomm era un pequeño pueblo costero abandonado en el suroeste de Cirenaica, en Libia. Allí la Compañía B y la 4ª Brigada acorralaron y capturaron al Décimo Ejército italiano, en el punto culminante del contrataque británico contra los campamentos italianos de Egipto, que había comenzado el 9 de diciembre de 1940 y concluyó menos de dos meses después, el 5 de febrero. El nuevo Imperio romano no había durado mucho.

Pero tampoco tardó en despejarse la nube de la aplastante victoria del Reino Unido. La guerra relámpago había inutilizado a buena parte de los tanques de la 4ª Brigada, y el 21 de febrero de 1941, el Ejército británico, en lugar de avanzar hasta Trípoli, el último baluarte de Mussolini en África, se retiró hacia El Cairo. A las seis y media de la mañana de ese día, poco después de la partida, una patrulla en la que viajaba Avey localizó a un bombardero que volaba a 20 metros del suelo. Alcanzaron a ver las lóbregas cruces negras en las alas: no era un trimotor Savoia cualquiera, sino un Junkers Ju 88. La Luftwaffe había llegado. Erwin Rommel, el “Zorro del Desierto”, había llegado.

PANZERS. El Afrika Corps durante la campaña en Libia y Egipto.

Los alemanes no compartían el gusto inglés por las batallas de tanques convencionales. Por el contrario, atacaban a los acorazados ingleses en momentos clave, inconexos. Con audacia, gracias a su experiencia en la invasión de Francia, Rommel sorprendió a las tropas británicas, entonces desorganizadas, y avanzó a través de Libia hasta la frontera con Egipto, donde buscó tomar la ruta a Trobuk. Uno de sus puntos estratégicos era el mausoleo de Sidi Razegh, un edificio blanco y con cúpula.

Allí la 15ª División Panzer sorprendió a la Compañía B y la 4ª Brigada al amanecer del 22 de noviembre de 1941. Avey conducía una autoametralladora Bren, un rápido caracol con lugar para dos tiradores, uno como copiloto y el otro en el asiento de atrás. Hacía calor, el sol cegaba y el viento hacía llover arena. De repente oyeron los disparos de ametralladora y los martillazos comenzaron a golpear el blindaje de la Bren: se habían metido en un embudo de panzers, en un vendaval de fuego cruzado. Avey intentaba lanzar una granada cuando sintió un golpe en la parte superior del cuerpo.

ZORRO DEL DESIERTO. El mariscal Erwin Rommel, comandante del Afrika Corps.

La granada cayó dentro de la autoametralladora, en el asiento de Les Jackson, su mejor amigo. Hubo una explosión atronadora. La mitad del cuerpo de Jackson, ensangrentado, caliente y pegajoso, yacía sobre Avey cuando un soldado alemán abrió la puerta del vehículo. El soldado no disparó.

3. De los campos italianos a Oswiecim

Lo enviaron a Italia y durante los dos años siguientes recorrió varios campos de prisioneros en ese país, hasta que un día lo metieron junto a otros 40 hombres en un vagón de ganado. Mientras el tren subía hacia el norte, pasaron por kilómetros de playas vacías y por pueblos donde la gente salía a saludarlos con la mano, quizá con la idea de que eran soldados italianos. No lo sabían, pero viajaban por la ruta que los nazis utilizaban para transportar a los prisioneros judíos a los campos de concentración de Polonia.

En una estación los guardias italianos bajaron del tren y los prisioneros oyeron el rígido alemán de los soldados de la Wehrmacht. Al cabo de algunos días llegaron a una pequeña estación. Desde allí los llevaron a marchas forzadas hasta un campo con luz eléctrica, agua corriente, inodoros y calefacción central. Lo rodeaba una sola alambrada, una pradera y, más allá, un bosque. Había 10 barracones de madera bien construidos. Alguien dijo que antes de la guerra los utilizaban las Juventudes Hitlerianas.

MEMORIA. Una foto reciente del campo de concentración de Auschwitz.

Los otros prisioneros le dijeron a Avey dónde estaban: un poco al sur de una ciudad polaca llamada Oswiecim. La primera mañana los despertaron a las seis y media. Después caminaron alrededor de tres kilómetros hasta una inmensa fábrica en construcción. Gris, oscura, estancada entre la lluvia y las nubes a pesar del sol y el bosque y la pradera. Por allí deambulaban unos esqueléticos fantasmas vestidos con andrajos, con camisas y pantalones a rayas que parecían piyamas sucios.

Avey alcanzaba a ver las cabezas rapadas en los bordes de los diminutos gorros grises. Los rostros también eran grises, con las mejillas hundidas y los ojos perdidos y vacíos. Le pareció que desaparecerían en cualquier momento, que el sol se ocultaría y se llevaría a esas sombras sin contornos ni perfiles.

Primero no supo quiénes ni qué eran y les preguntó a un grupo de prisioneros que habían llegado antes que él. Le dijeron, escuetamente, que eran los rayados. Volvió a preguntar dónde estaban y alguien contestó el nombre germanizado de Oswiecim: Auschwitz. Miró otra vez a las sombras: en un brazo llevaban una cinta con la estrella de David. Eran judíos, aunque les habían arrancado varios de los signos que definen la humanidad.

Observó cómo caía al suelo una de las apagadas figuras, demasiado débil para levantar los bloques de cemento y las vigas de hierro, y cómo un guardia asesinaba lo que quedaba de ella a garrotazos y patadas. Mientras oía el impacto seco de los golpes, captó un sonido extraño. Desde algún lugar, por encima de los ladridos de los asesinos, de la tos de los condenados, de los pies que se arrastraban, de los susurros de los soldados aliados atrapados, oyó a los prisioneros de la orquesta del campo, que tocaban música clásica.

Fuentes bibliográficas:

Avey, D. y Broomby, R. (2013). El hombre que quiso entrar en Auschwitz. Madrid: Ediciones Martínez Roca.

Beevor, A. (2012). La Segunda Guerra Mundial. Barcelona: Pasado y Presente.

Latimer, J. (2005). El Alamein. Madrid: Planeta.

Comentarios