A 15 años del recital de Cromañón, no puede hablarse de tragedia

En Once, a pocos metros del boliche, amigos y familiares recuerdan y exigen justicia. Ni las bengalas ni el rock.

30 Dic 2019 Por Jorge Figueroa
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MEMORIA ACTIVA. Las zapatillas y ropas de heridos y muertos constituyen un testimonio doloroso de una realidad que no tuvo reparación.

Hace 15 años fallecieron 194 personas y más de 1.400 resultaron heridas, en un oscuro local llamado República Cromañón, en un boliche de Once.

El recital en el que tocaba la banda Callejeros marcó un antes y después en los espectáculos en vivo, en el rock principalmente, pero también en las palabras.

¿Se puede hablar de tragedia cuando se trató de un hecho que se podía evitar? ¿Es el término adecuado? ¿Fue un accidente, acaso algo que estaba determinado por la fatalidad o el destino?

El local de Omar Chabán tenía habilitación para recitales, pero estuvo sobrevendido (había casi 3.000 personas y estaba habilitado para 1.031); y en el techo había una media sombra de tela sintética de material inflamable, cuyo uso estaba prohibido para esos lugares.

“Mientras se entonaban los acordes del primer tema, se prendieron bengalas que incendiaron la media sombra, lo que generó un humo tóxico que terminó con gran parte de los asistentes fallecidos dentro del predio, muchos contra la puerta de emergencia cerrada con candado”, recuerda la agencia Télam.

El incendio causó, además, importantes cambios políticos y culturales: a pesar de que se habló de tragedia, la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires inició un juicio político para destituir al entonces jefe de Gobierno, Aníbal Ibarra, por considerarlo responsable político. El enjuiciamiento terminó con su destitución e Ibarra fue reemplazado por el vicejefe de Gobierno, Jorge Telerman.

En cuanto a lo cultural, el terrible episodio concientizó a la sociedad sobre el estado de las discotecas y locales destinados a espectáculos musicales; la existencia de una red permanente de impunidad entre esos habilitadores y los capitalistas del espectáculo.

De repente, pareciera que hubiesen sido necesarias tantas muertes para advertir que “todo estaba atado con alambres”, en un sistema de complicidades asociadas desde el inspector técnico que hacía el control y que habría cobrado coimas para la habilitación irregular.

Cromañón demostró que todo, o casi, funcionaba así. Sin protección, sin mínima seguridad para los espectadores, con espacios que no tenían las garantías para su uso.

Under sin espacios

Músicos y productores aseguraron que a 15 años de la tragedia de Cromañón la escena porteña se recuperó, tras reducirse drásticamente la cantidad de lugares para tocar por lo que definieron como “criminalización de la música”, y destacaron el aumento de controles en los boliches.

Pero eso ocurrió en todo el país. Pubs y locales del under se cerraron y las bandas quedaron sin poder tocar. En Tucumán coincidió que un par de años después (por otros motivos, el caso Lebbos) todo el Abasto se cerró.

“En los primeros años después de Cromañon fue casi imposible tocar y se agudizó el problema de tener que pagar para tocar. Hubo una concentración muy grande en pocos lugares”, explicó a Télam Juan Vázquez, presidente de la Unión de Músicos Independientes (UMI), quien aseguró que hubo una “criminalización de la música”. Vázquez señaló que “se veía como peligroso a los recitales, a los músicos y a la gente. Hubo mucha discrecionalidad de los inspectores, nunca quedaba claro que tenías que tener para obtener una habilitación”. Federico Fuertes, manager de bandas y productor de espectáculos, dijo que la situación de los boliches post Cromañón “mejoró en cuanto a seguridad y exigencias”.

Un gran sector de la sociedad, de los jóvenes fundamentalmente, planteó que los responsables no fueron ni las bengalas ni el rock. Y apuntaron directamente al Estado.

En la actualidad, no está claro si se avanzó mucho o no en una política destinada a la protección de los espectáculos, más allá de algunos arreglos o controles.

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