Heitor Villa-Lobos: fumando corcheas en el Amazonas

Heitor Villa-Lobos: fumando corcheas en el Amazonas

El compositor brasileño que murió hace seis décadas, fue uno de los notables músicos del siglo XX.

Se trepa con agilidad al podio de 20 metros de altura. Levanta el brazo rozando el cielo con la batuta. Basta solamente un gesto para que 30.000 voces niñas liberen los pájaros del corazón e inunden el Maracaná con canciones. Su alma lanza sonrisas al viento. La felicidad circula ahora alada entre las nubes.

El sábado 5 de marzo de 1887, en una casa de la calle Ipiranga, Río de Janeiro, el mundo le está dando la bienvenida a un changuito que trae corcheas detrás de sus orejitas. La alegría sacude a Raúl, el padre, y a Noemia Umbellina Santos Monteiro, la madre indígena. El empleado de la Biblioteca Nacional ama la música y lo entrevera tempranamente entre las cuerdas del chelo. “Aparte de ser un hombre culto e inteligente, mi padre fue un músico perfecto, con una gran técnica. Con él, fui muchas veces a ensayos, conciertos y óperas. También aprendí a tocar el clarinete y fui forzado a discernir el género, estilo, carácter y origen de las obras, aparte de declarar con precisión la afinación de los sonidos o ruidos accidentales que aparecían en el momento, el sonido de la rueda de un tren, el canto de un pájaro, la caída de un objeto metálico... Pobre de mí cuando no lo hacía bien”, recuerda.

La muerte paterna le arranca sus primeras lágrimas a los 12 años. Como el anís, son ocho hermanos. Su madre quiere un doctor. Él sobrelleva la bohemia tocando en cines y bares. A los 18 vende unos libros y se zambulle en el vientre del Amazonas, recopilando melodías indígenas. El choro lo hechiza. La guitarra le confiesa sus secretos.

Los tambores

Los tambores del pueblo selvático reverberan en su sangre. Estudia armonía en el Conservatorio, pero los maestros rechazan sus primeras obras por atrevidas. No se amedrenta, porque “soy demasiado bueno para ellos”. En contrapartida, el compositor francés Darius Milhaud lo estimula a seguir adelante. Compone Cánticos cartajenos. Recorre el norte. 1913. El encanto de Lucilia Guimarâes, compositora, pianista, lo trampea en el altar. 1915. Debuta con sus obras en Friburgo (estado de Río de Janeiro), interpretando su Trío en Do menor para flauta, chelo y piano. 1923. Sacude París con sus cariocas armonías. Conoce a Arthur Rubinstein. Para él sueña el Rudepoema. Duendes salvajes recorren en un solo movimiento misterios ebrios y sensuales en el teclado de la selva. 1927. Se instala en París. El abrazo lo estrecha a Stokowsky, Picasso, Varese, Florent Schmidt… La Orquesta Nacional de Francia se aventura en sus piezas y los elogios le alegran las noches. “No creo en la música como cultura, educación, ni siquiera como artificio para la diversión o para calmar los nervios, sino como algo de efecto más potente, místico y profundo. La música tiene el poder de comunicar, ennoblecer cuando se la hace parte de la vida y de la conciencia del hombre”, dice.

Un niño que canta

El Clave bien Temperado le pincela el alma. El amor por Bach (“ese mediador entre las razas”) comienza a fluir en las nueve Bachianas brasileiras. La número cinco, en la que ocho chelos acunan a una soprano, le despiertan la fama. En los años 30 le tuerce el brazo a las ínfulas conservadoras del gobierno y consigue que cada escuela del Brasil tenga un coro, tal vez porque intuye que un niño que canta es un chico feliz. Escribe métodos musicales de aprendizaje fácil y su Guia pratico (137 canciones basadas en la música folclórica). Funda el Orfeón de Maestros y en su flamante Conservatorio Nacional de Canto Orfeónico impone planes de enseñanza revolucionarios.

1936. Arminda de Almeida (Mindinha) lo embosca en el altar. Los hijos no llegan pero el amor florece. Los aplausos parisinos y neoyorquinos no lo envanecen. Grabar en el pentagrama sus sueños y desvelos está en su karma. Los amigos dan fe de su energía, de las más de mil obras (sinfonías, choros, conciertos, cuartetos, ballets, suites), que van sembrando la huella. El habano es su cofrade de ruta, también de la soledad.

La Universidad de Nueva York lo hace doctor honoris causa. El Conservatorio de París lo nombra profesor de composición. “Diles a los jóvenes que estudien a fondo el folclore de su país, que se empapen de su música popular, pero no para ‘hacer folclore’… que no apunten los temas, que no anoten los ritmos, lo que deben hacer es hallar su propia personalidad… y entonces que no traten de ser modernos, originales, nuevos. Que escriban lo que sienten y como lo sienten… Cuando un artista encuentra su acento verdadero siempre es original y avanzado, aunque no tenga conciencia de ello… Y sobre todo libertad. Nada de consignas, de normas ideológicas, de ideas preconcebidas… solo puede crearse algo grande dentro de la más absoluta libertad de expresión”, le expresa al cubano Alejo Carpentier.

La alegría de las raíces

1959, julio 12. Dirige en Nueva York. Septiembre: asiste al Teatro Municipal de Río a una audición de su Magnificat Aleluia. Su abrazo rodea la alegría de las raíces de su pueblo, su cultura musical europea y su propia voz.

Un mal presentimiento lo ronda el 17 de noviembre en su departamento de la calle Araujo Porto Alegre. “No sé lo que significa inspiración. Creo música por necesidad biológica; escribo porque no lo puedo remediar. No sigo ningún estilo ni moda. Mi credo artístico es la libertad absoluta”, murmura ese martes, cuando los riñones de Heitor Villa-Lobos deciden hacer paro por tiempo indeterminado y el humo del cigarro dibuja en la selva un Bach mulato.

Frases del creador de las Bachianas Brasileiras

- Cuando el creador es original por naturaleza, poco importan los medios de que se vale para fijar su pensamiento.

- Comprendo que un compositor alemán sea cerebral. Lo que no admito es la creación cerebral en un latino.

- En mi música cantan los ríos y los mares del gran Brasil.

- Los choros de esa época eran la improvisación inteligente. Lo que hacen a través del jazz, nosotros lo hacíamos aquí en Río a comienzos del siglo.

- No escribo piezas disonantes para ser moderno. Absolutamente no. La forma en que escribo es una consecuencia cósmica de los estudios que he realizado.

- Demasiados compositores de nuestra época pretenden ser “modernos”, sin poseer el don de la originalidad. Y no comprenden que todo artista original es moderno por fuerza.

- Me interesa lo que superficialmente no parece artístico. Por eso mi primer libro fue un mapa de Brasil, un Brasil que fui “peinando” en mis viajes, ciudad por ciudad, estado por estado, bosque por bosque, penetrando en el alma de la tierra. Después, la personalidad de la gente de esa tierra. Continué comparando mis estudios con las composiciones extranjeras y encontré algo capaz de apoyar y sostener mi personalidad y mis ideas.

- La música es tan sutil como el pan y el agua.

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