No seré Iain Macmillan, pero me defiendo: un paseo por Abbey Road

14 Sep 2019 Por Carlos Werner

“Si vas a visitar Londres tenés que ir a Abbey Road”. La voz de Luciana sonó inquieta. Mi hija fue una bebé de mamadera con música de The Beatles. Entonces, su preocupación porque no se me ocurriera perder tan sabroso bocado de una historia que conoce al dedillo estaba justificada.

Metro de la línea Metropolitan. Ya en los vagones algún corte con flequillo. Una guitarra amansando sones de “Here comes the sun”. Londinenses comunes con cara de naipes vs. mi propia cara de naipe por no saber qué iba a vivir, desde la “parada St. John’s Wood”, tal rezaba el mapa de la ciudad como punto para empezar a caminar a la bendita Abbey Road.

Con los pies afirmados en las veredas del barrio londinense de Camden empiezo la peregrinación a una de las mecas beatles. “No son más de 300 metros”, me dice Jamie, la simpática dependiente de una frutería. “Hay que bajar por Groove End Road hasta llegar al cruce donde está el paso peatonal”, agrega. “Thank you so much”, balbuceo y emprendo la aventura.

Casas no demasiado altas, de aspecto señorial. Calles arboladas de veredas angostitas. Detecto un ambiente rural escondido a pocos minutos del sector central de Londres. Un barrio con mujeres que pasan con sus carritos de compras y hombres que apuran el paso para la cerveza con amigos. Me pierdo, pero vuelvo a encontrar la ruta. Nada es sencillo en un lugar desconocido. Siento entusiasmo. Presiento que estoy cerca de vivir un momento de aquellos.

Aparece el edificio de Abbey Road Studios, donde se grabó el célebre disco. La fachada pintarrajeada. Garabatos parecidos se ven en paredes cercanas y carteles. Unas chicas asiáticas escriben en una baldosa. Pasa una vecina y se enoja. Pero nada puede hacer. Hay firmas, nombres, mensajes, fragmentos de las canciones. Y muchos corazones dibujados.

Abbey Road es una calle, ni muy ancha, ni muy angosta. De doble mano. ¡Peligrosísima! Hay semáforo, pero como se conduce rápido y el famoso cruce peatonal tiene inmediatamente una especie de curva y una vía paralela, hay que estar atentos. Peor: al venir los vehículos por el lado contrario al que estamos habituados en buena parte del mundo la confusión empeora.

Vito, un italiano de no más de 20 años, se acerca y me pide sacarle una foto desde un monolito que hay en el lugar, mientras cruza el “paso de cebra”. No seré Iain McMillan, pero me defiendo. Adolescentes, hombres barbados, una mujer de cabellos blancos imitan el rito. Algunos caminan normalmente, la señora lo hace saltando. Todos tienen expresiones de júbilo. ¿Hace falta explicar el por qué?

Le pido a Vito que me saque fotos. No entiendo bien lo que estoy por hacer. Me paro en la vereda, espero la señal de stop del semáforo. Siento la voz de Luciana (”tenés que...”). Camino. Uno, dos, tres pasos. Uff. ¡Qué frío está el asfalto! Llego a la vereda. Me siento. Intento cantar “Something”, y no me sale. Miro a Vito, me dice que la foto está OK.

Sé que pasé casi alucinando por esas seis rayas blancas pintadas. Y que mis zapatos, del otro lado de la calle, eran el último vestigio del que fui antes de entrar por un instante en la fabulosa dimensión beatle.

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