Firme en ideas, fiel en amistad

Salustiano J. Zavalía, hijo del constituyente, afrontó sin vacilar algunas peripecias decisivas.

08 Sep 2019 Por Carlos Páez de la Torre H

El constituyente de 1853 y gobernador de Tucumán en 1860-61, doctor Salustiano Zavalía, tuvo numerosos hijos de sus dos nupcias. El varón mayor de la primera (con doña Genuaria Iramain) llevó su mismo nombre, y se diferenciaron solamente por la inicial (“J”, por José) en la firma. De allí que muchas veces los confundan los historiadores.

Este Salustiano J. Zavalía, nacido en Tucumán el 8 de julio de 1837, fue un personaje de importancia política nacional, en la segunda mitad del siglo XIX. Merece rescatarse su estampa enérgica. Tiene lugar propio en la galería de actores cívicos de esos tiempos.

Amigos de Córdoba

Es sabido que su profundo compromiso con la Liga del Norte contra Rosas, obligó a Salustiano padre a exiliarse en Lima en 1841 y por varios años. Así, Salustiano J. inició sus estudios en la ciudad chilena de Valparaíso. Los terminaría en la Universidad de Córdoba, que lo saludó doctor en Jurisprudencia en 1860.

MINISTRO DEL INTERIOR. Retrato de Salustiano J. Zavalía al asumir la cartera, en un grabado de “El Sudamericano”

Los años de estudiante lo vincularon profundamente con condiscípulos liberales, como el futuro gobernador Ramón J. Cárcano, y el futuro gobernador y presidente Miguel Juárez Celman. Con ellos cimentó una amistad fuerte y sin sombras, que duraría toda la vida. En la ciudad mediterránea vivió intensos años. Allí se casó con Dolores Torres Cabrera (su hermano David se casaría con Isolina, otra de las niñas Torres Cabrera), y entró de lleno a la política y al periodismo.

Abogado y periodista

Integró Zavalía la Legislatura de Córdoba en 1861, y luego esa provincia lo eligió diputado al Congreso de la Nación, para el período 1862-64. Se radicaría desde entonces en Buenos Aires. Era un diestro abogado. Ejerció con prestigio la profesión en la Capital. Apunta Vicente Cutolo que “se señaló por el acierto de su asesoramiento y la probidad de su conducta”.

LA UNIVERSIDAD DE CÓRDOBA. En sus claustros, Zavalía anudó gran amistad con hombres como Juárez Celman y Cárcano.

Al mismo tiempo, militó en el periodismo. Llegó a ser redactor de “La Nación Argentina”, diario que dirigía entonces José María Gutiérrez. Empezó luego una carrera judicial, como procurador fiscal en lo federal. En 1874 renunció a esas funciones, porque no quería acusar a los revolucionarios porteñistas vencidos y procesados ese año. Pero en 1877 regresaría a la magistratura, como juez en lo Civil y luego como camarista bonaerense.

Interventor

Una década más tarde, regresaría a su ciudad natal de Tucumán, que no había vuelto a ver desde la niñez. En ese momento, la provincia atravesaba una etapa problemática. Era la única que, en las elecciones de 1886, había votado contra la candidatura de quien resultó presidente, el doctor Juárez Celman. El gobierno nacional la presionaba de diversas maneras y su gobernador, Juan Posse, recibía violentos ataques de la prensa “juarista”.

Juárez Celman designó a su amigo Zavalía “veedor” en este conflicto. Pero sucedió que el 12 de junio de 1887, un grupo armado, conducido por Lídoro J. Quinteros, llegó en tren a la ciudad y procedió a atacar el Cabildo. No se sabe si el presidente había autorizado semejante movimiento, pero por lo menos miró al costado.

Posse no pudo resistir el golpe. Fue derrocado y el Congreso dispuso la intervención federal a Tucumán. El presidente designó interventor a Salustiano J. Zavalía. Este, argumentando la supuesta ilegalidad de la elección de Posse, no lo repuso en la función, sino que llamó a elecciones. En ellas, el candidato triunfante fue, lógicamente, el revolucionario Quinteros.

En el Senado

Poco más tarde (setiembre de 1887), Zavalía era designado vocal de la Corte Suprema de Justicia de la Nación. El historiador Cutolo destaca que fue el “único miembro” del alto tribunal, “que se opuso a la sentencia famosa dictada en el juicio sobre expropiaciones para la apertura de la Avenida de Mayo, consagrando la verdadera doctrina, que luego se siguió indefectiblemente”.

MIGUEL JUÁREZ CELMAN. En los dramáticos finales de su presidencia, confió al amigo Zavalía la cartera del Interior

Renunció a la Corte para jubilarse, en 1889, pero antes de concluir el año fue elegido senador nacional por la Capital. Ocurrió que, en una de las sesiones, se enredó en una violenta discusión con su colega Aristóbulo del Valle. Este atacaba al gobierno nacional y Zavalía lo defendía. En un momento dado, Zavalía calificó de “desvergüenzas” las expresiones del contrincante.

Un famoso duelo

Entonces, Del Valle lo retó a duelo, enviándole como padrinos a los doctores Leandro Alem y Manuel Gorostiaga. Como sus representantes, Zavalía designó al general Lucio V. Mansilla y Rufino Varela Ortiz. Se acordó que había lugar al lance caballeresco.

El 26 de setiembre de 1889 fue una jornada que convulsionó al alto mundo político y social de Buenos Aires. No era para menos, sí se piensa que dos senadores nacionales se batían a duelo, en la zona de “boxes” del Hipódromo de Belgrano.

Los duelistas se enfrentaron con pistolas y a 12 pasos de distancia. Cada uno hizo dos disparos. Ninguno resultó herido, pero se negaron a reconciliarse, a pesar de las instancias de sus padrinos.

ARISTÓBULO DEL VALLE. Se batió a duelo con Zavalía y ambos resultaron ilesos

Como no habían avisado en sus casas que se efectuaría el duelo, los familiares respectivos estallaron en crisis de angustia, al verlos regresar ilesos de este encuentro que llenó la primera plana de los diarios.

Fiel al amigo

A esa altura, como se sabe, la presidencia del doctor Juárez Celman tambaleaba, jaqueada por una crisis económica imparable y por la oposición, cada vez más fuerte, de la flamante Unión Cívica. El gran mitin “cívico” del Frontón Buenos Aires, el 13 de abril de 1890, iniciaría la cuenta regresiva para la presidencia.

El 18, Juárez Celman modificó su gabinete, y llamó a su amigo Zavalía para cubrir la cartera del Interior. El tucumano, en ese momento, además de la senaduría, era miembro del directorio de cinco ferrocarriles. Pero, ante el llamado del amigo, renunció al Senado y dimitió a los directorios. Asumió el cargo, aunque veía inminente el colapso.

El 26 de julio estalló la revolución armada en Buenos Aires. Zavalía estuvo junto a Juárez Celman en todas las angustias de esos días, junto a sus comprovincianos Silvano Bores y Lídoro J. Quinteros. En “Mis primeros 80 años”, Cárcano, como calificado testigo, ofrece un vívido detalle de aquellas semanas de enorme tensión.

Últimos años

Es sabido que el golpe fue vencido, pero que el presidente debió renunciar. El 6 de agosto, el Congreso aceptó su dimisión y asumió el Poder Ejecutivo el vicepresidente, doctor Carlos Pellegrini. Su amigo Zavalía acompañaría a Juárez Celman hasta el final.

Después, ya no quiso actuar en política. Se recluyó en su magnífica casa de Las Heras 2191, confortado por una más que abundante parentela: tenía once hijos, sin contar nietos. De vez en cuando, partía en largos viajes a Europa con toda la familia.

Era Zavalía un hombre de buena estatura. Tenía ojos pequeños y vivaces. Usaba anchas patillas que se unían con los bigotes. En la conversación, revelaba la amplitud de una cultura bebida en muchos y buenos libros. Como había heredado la habilidad musical de Salustiano padre, se sabe que ejecutaba virtuosamente la flauta, el piano y la guitarra. El doctor Salustiano J. Zavalía murió en Buenos Aires el 29 de junio de 1914.

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