Julio Cortázar, ese escritor al que siempre vamos a volver...

Mañana se cumplen 105 años del día en que Julio Cortázar miró las cosas por primera vez. Dos académicos tucumanos reflexionan sobre su obra.

25 Ago 2019 Por Hernán Miranda

El Ejército alemán acababa de ocupar Bélgica cuando, el 26 de agosto de 1914, Julio Cortázar nació en Bruselas. El pequeño Julio y sus padres, María Descotte y José Cortázar, que era agregado comercial argentino en ese país, sobrevivieron a la Primera Guerra Mundial y retornaron a la Argentina en 1924, el año en que André Breton firmó el “Manifiesto surrealista”. Dos décadas después, por casualidad o no, la ausencia surrealista de cualquier regulación racional, estética o moral pesará mucho en el joven Cortázar.

Pero el surrealismo no acaparará toda su atención. Liliana Massara, profesora de Literatura Argentina I de la Universidad Nacional de Tucumán (UNT), recuerda que Cortázar tradujo y admiró a escritores angloparlantes tan importantes como Gilbert Keith Chesterton, Edgar Allan Poe o John Keats. “Aunque mucha gente no lo crea, Cortázar ha sido tan bibliófilo como (Jorge Luis) Borges. Eso le ha permitido construir una obra a cielo abierto, como decía Saúl Yurkievich. Una obra donde a veces no se puede leer el contexto histórico, donde el universo es una gran fábula que jamás parece terminar y deja al lector expectante”, explica Massara.

La relación de Cortázar con el mundo angloamericano, sin embargo, no se limitaba a la literatura. “Él tuvo muchos intereses relacionados con lo anglófono: no sólo los libros sino también el jazz, el cine y el boxeo, que para él fue una pasión y la plasmó en ‘Las armas secretas’”, manifiesta Guillermo Siles, que enseña Literatura Argentina II en la UNT.

La pérdida del centro

Detrás de los espejos, decía Borges, una realidad incierta, inquieta y monstruosa aguarda para interrumpir la lógica y aburrida realidad de lo real. Es lo fantástico, el elemento que no pertenece al mundo cotidiano pero se instala con naturalidad en él. “El fantástico de Cortázar -advierte Massara-, como los de Borges y Adolfo Bioy Casares, irrumpe de manera diferente que el fantástico tradicional. Aquí el fantástico no te estremece con elementos que son de otra órbita, sino que lo hace con fragmentación, con disrupción, con ambigüedad. Aparece la incertidumbre en relación a la existencia y el tiempo y el lector queda en el borde, descentrado, perdido”.

Aunque los lectores no son las únicas víctimas de esta pérdida del centro. Para Massara, ella también afecta a los personajes, sobre todo cuando Cortázar introduce el elemento absurdo: “pienso en ese mundo tan sin sentido de ‘No se culpe a nadie’, donde hay un humor grotesco y un absurdo de un ser que se enrosca en un suéter y termina suicidándose. Y también en cuentos como ‘Carta a una señorita en París’, donde aparece ese hombre que se aísla de un mundo que no lo comprende y se siente descompuesto. Esa metáfora de vomitar conejitos y de que cada vez se vomitan más conejitos, ese no nombrar las cosas pero aun así decirlas”.

La contranovela

Con razón o no, la obra más popular de Cortázar es la novela “Rayuela”, publicada en 1963. De pronto irrumpe en la realidad un texto fantástico, que viola todas las reglas del realismo tradicional y juzga y contamina el lenguaje. Siles encuentra que aquí Cortázar, además de experimentar con el fondo y la forma de la novela clásica, propone un nuevo hábito de lectura: “ya han pasado 20 años de la Segunda Guerra Mundial, donde la juventud europea fue sacrificada, y en Latinoamérica acaba de acontecer la Revolución cubana. Entonces resurge la idea de juventud en los movimientos estudiantiles y las protestas y con ella nace la necesidad de hacer partícipe al lector. Yo creo que los distintos modos de leer ‘Rayuela’ responden a esta atmósfera y la búsqueda de nuevos hábitos de leer y escribir. Por eso él, con esa estructura tan novedosa, le propone al lector ser un partícipe activo y completar la obra”.

Cortázar solía decir que “Rayuela” era una “contranovela”. De acuerdo con Massara, con esa palabra él quiere hablar de un libro de gran quiebre, “donde el narrador ya no es unívoco, donde ya no hay una mirada que dirige al lector, donde el deseo no es el deseo único del autor”. “Quizá por primera vez aparece un texto de múltiples versiones, fragmentado, polifónico, cuyo imperativo es la literatura en sí misma. En ‘Rayuela’ Cortázar se desentiende de cualquier tradición, se eleva al espacio de la hiperliteratura y escribe una novela realmente de vanguardia”, expresa Massara.

EXCÉNTRICO. El joven Cortázar juega con un teléfono. Su literatura se caracterizó por un fantástico ligado al mundo real, el humor y lo absurdo.-

El canon del siglo XX

Siles llama la atención sobre las múltiples facetas de Cortázar, que no sólo escribió cuentos y novelas, sino que dedicó parte de su tiempo al guión, el ensayo, la crítica y la poesía. “Con esto quiero decir que además de haber sido un gran creador, él fue alguien que reflexionó sobre la literatura. Por las dos cosas creo que es un escritor canónico, un autor fundamental al que siempre se va a volver”, transmite.

Por su parte, como lectora del siglo XX, Massara coloca a Cortázar en ese canon que, a partir de las lecturas de Ricardo Piglia, integran Borges, Juan José Saer y Manuel Puig, entre otros: “porque no hay que olvidarse de que Borges, con toda su ironía y su exquisitez, dijo de Cortázar: ‘este muchachito escribe bien’”.

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