El 48% de los chicos vive en la pobreza y a nadie parece importarle

07 Dic 2018

En la Argentina viven más de 12 millones y medio de niños y adolescentes, de 0 a 17 años. Casi la mitad de ellos (6,3 millones, el 48%) se hacina bajo el paraguas de la pobreza. Son cifras de Unicef, brazo de la ONU exento, en el país de las suspicacias, de alguna clase de intencionalidad política al momento de divulgar estadísticas y relevamientos. Es más, para elaborar el informe fueron indispensables los datos aportados por el Indec. El trabajo lleva otras firmas: la ONG Equidad para la Infancia, el Instituto de Estudios Laborales y del Desarrollo Económico de la Universidad de Salta y la Universidad Nacional de General Sarmiento. La conclusión es que la mitad de los chicos argentinos son víctimas de lo que llaman “pobreza multidimensional”.

La noticia operó con el efecto cañita voladora en los medios. ¿Cómo es eso? Apenas divulgado el informe (“Pobreza monetaria y privaciones no monetarias”) subyugó con la contundencia del encabezado. “Según Unicef, el 48% de los niños argentinos vive en la pobreza”, titularon, palabras más, palabras menos, webs de toda laya. La espuma bajó velozmente en los portales, básicamente porque nadie del Gobierno abrió la boca y la oposición está demasiado ocupada en cosas serias como para andar pensando en la pobreza infantil. Los titulares y la foto clásica (un niño, preferentemente de espaldas, chapoteando en el barro) fueron bajando y en cuestión de horas se habían licuado en el fondo de la tabla. La cañita subió, estalló en un chisporroteo de colores y al ratito nadie se acordaba de ella.

“La política en el siglo XXI - Arte, mito o ciencia” es el libro que Jaime Durán Barba y Santiago Nieto publicaron el año pasado y toma la forma, imprecisa pero esbozada al fin, de lo que podría llamarse un think tank del Gobierno nacional. “Nuestro objetivo no es el de que los electores se convenzan de una idea, sino el de que asuman posiciones. Estamos en el campo de lo motivacional, que está cargado de elementos emocionales”, confiesan Durán Barba y Nieto. Este es el corazón de la (hasta aquí) exitosa estrategia de Cambiemos: el reemplazo del sustrato ideológico por el eslogan. El escritor y ensayista Juan José Becerra desmenuza “La política en el siglo XXI…” en otro libro (“Fenómenos argentinos”) y va al hueso. El Gobierno de Mauricio Macri, sostiene, jamás entregó los palotes de un plan elemental de acción por el que se pudiera imaginar la dirección y el territorio social de sus beneficios y sus daños. A cambio enunció lo imposible: “pobreza cero”. Jamás explicó el Presidente –ni algún miembro de su equipo- cómo pensaba o piensa conseguirlo.

Como de costumbre, es la realidad el muro contra el que se hacen añicos los discursos. De la mano de la desigualdad social, la pobreza estructural no deja de crecer. Cuando toma el rostro de un niño conmueve un poco más a la sociedad del entretenimiento, pero lo único que le asegura a la cañita voladora es un poco más de margen para un vuelo que no deja de ser efímero. ¿Qué es para Unicef vivir en la pobreza durante la infancia? “No asistir a la escuela ni aprender, saltar una de las comidas o ir a dormir con hambre, no tener zapatos o vestimenta digna, estar privado de atención médica y estar expuesto a enfermedades, vivir en un hogar sin agua potable o electricidad, en espacios inseguros y en condiciones de hacinamiento o enfrentarse a muchas otras carencias”. Con una, varias o a todas estas situaciones convive a diario la mitad de los chicos argentinos.

El desagregado por regiones subraya que en el norte (NOA y NEA) las carencias en materia de infraestructura -vivienda y servicios- son tan profundas como otro flagelo endémico en la zona: el trabajo infantil. Este punto no toca sólo la cuestión económica, sino que se sumerge en cuestiones culturales. Hay un razonamiento perverso (“si no estudia, que trabaje”) respaldado en la falsa creencia de que los niños son objetos de tutela antes que sujetos de derecho. Si un padre dice “a mi hijo lo educo como quiero y por eso lo mando a trabajar” está vulnerando el derecho de ese niño a la educación. No, antes que las decisiones unilaterales de los padres está la obligación del Estado de asegurar que los chicos vayan a la escuela. Esto, que parece una perogrullada, no encaja en vastas zonas del pensamiento, fronteras adentro y afuera de la provincia.

Unicef mostró la foto y metió el dedo en la herida con un comentario de Sebastián Waisgrais, uno de sus especialistas en Inclusión Social. “Dada la inflación, seguramente en 2019 habrá una suba de cinco puntos en los niveles de pobreza general”, advirtió. Ya se sabe que vamos a estar peor, aunque a nadie parece importarle demasiado. Y si la pobreza infantil, una topadora que avanza, no mueve la aguja en la mesa de quienes toman las decisiones, ¿qué queda para el resto? Pero como viene un año de elecciones habrá un festín de promesas. Ninguna podrá alcanzar la potencia de un horizonte de “pobreza cero” (¿quién no tomaría partido por semejante santo grial?) pero los candidatos se ufanarán por lucir preocupados por el tema. Tal vez se les podría preguntar, por una vez, cómo piensan abordar el tema y esfumarlos de la pantalla (como con aquella “cama trampa” de “El lado oscuro del corazón”) cada vez que apelen a un lugar común en la respuesta.

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