En Tucumán, la violencia escolar se ha convertido en un flagelo tan grave como la falta de presupuesto o los bajos sueldos docentes. De hecho, los especialistas coinciden en que los episodios violentos se multiplican en forma proporcional a la disminución de presupuesto. Es decir: cuanto menos se invierte en educación, más incidentes violentos se registran. El Servicio de Asistencia Social Educativa (SASE), que el año pasado recibió unas 220 consultas provenientes de docentes y padres de alumnos, tuvo que atender este año unas 80 denuncias en sólo tres meses. Esta situación demuestra que el fenómeno tiene un alcance gigantesco.
Pero ¿cuál es la razón de semejante brote? Para encontrar una respuesta habría que analizar primero las estadísticas. Según datos del Indec, sobre una población adolescente (15 a 19 años) de 1.083.000 habitantes, 87.322 (el 8%) son desocupados, pero a esa cifra hay que agregarle 135.375 (12,5%) que no estudian ni trabajan ni buscan empleo ni colaboran en tareas del hogar. Es el segmento que los especialistas definen como "inactivos absolutos" y que involucra otros problemas, como la drogadicción. Si se suman los desocupados y los inactivos absolutos, queda comprendido el 20,5% de los adolescentes. Pero, además, en la última década la desocupación entre los jóvenes que egresan del nivel terciario viene aumentando a un ritmo superior al promedio. El proceso paradójico que se vive bajo el régimen social actual, según los expertos, no es la falta, sino el exceso de capacitación. "Tres de cada cuatro jóvenes están sobreeducados y terminan desempeñando funciones muy inferiores a su calificación y títulos, como repositores en un mercado o en una casa de comidas rápidas", según lo admite el mismo ministro de Educación Daniel Filmus. Así, sólo el 20% de los estudiantes universitarios tiene un trabajo acorde con su formación. Y es precisamente de los hogares formados por estos jóvenes insatisfechos de donde salen muchos niños con problemas de conducta escolar.
Frente a este panorama, no debería sorprender que las escuelas y colegios secundarios se estén convirtiendo en una suerte de "aguantaderos" en cuyo interior cada vez es más difícil contener los antagonismos sociales. Es que la atmósfera se hace más irrespirable para aquellos adolescentes que no sólo viven un presente desesperante sino que, por sobre todo, no perciben un porvenir ni avizoran posibilidades de progreso. Al parecer, ya no existen los templos del saber, sino ollas de presión en las que repercuten la pérdida de valores y la falta de horizontes. Se trata de escuelas abarrotadas de alumnos, sin los espacios, ni el personal, ni el material didáctico adecuado, y en las que impera el caos por la aplicación de reformas educativas en las que se experimenta, con alumnos y docentes, como si fueran conejillos de laboratorio.
Esto se agrava por el hecho de que no existen planes oficiales destinados a contener o frenar la violencia en los chicos. Muy por el contrario, a menudo el sistema educativo se ve fracturado por la conducta irrefrenable de los alumnos que no encuentran una autoridad que opere como referente.
Muchas veces los docentes son también las víctimas. Claro que este fenómeno tiene una dimensión mundial. En Estados Unidos, el 3,5 % de desempleo que afecta a los adultos contrasta con el 10,3 % que perjudica a la juventud. Para los jóvenes son los empleos con los sueldos más bajos, los trabajos más precarios y en negro, los contratos basura, sin cobertura médica ni social y con las condiciones laborales más denigrantes y retrógradas. No es casualidad, entonces, que sea en la principal potencia del mundo donde la llamada violencia escolar ha llegado a los límites más escalofriantes. La Argentina y Tucumán aún tienen tiempo de aprender de los errores ajenos.
10 Junio 2004 Seguir en 
Por Gustavo Martinelli







