LA GACETA en Japón: tristezas y esperanzas del último gran terremoto - LA GACETA Tucumán

LA GACETA en Japón: tristezas y esperanzas del último gran terremoto

Los testimonios de los sobrevivientes reflejan la idiosincrasia japonesa en las situaciones límite.

23 Sep 2018 Por Pablo Hamada
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SOBREVIVIENTES. La ecuatoriana Guadalupe y Tadashi, su marido. Foto: Fernando Matsumoto

(De nuestro enviado especial) Cuando todo comenzó a sacudirse, Guadalupe estaba manejando. Frenó de golpe, salió del auto y en lo primero que pensó fueron sus dos hijos, que todavía estaban en el colegio. A ese 11 de marzo lo lleva tatuado por dentro y llora cada vez que recuerda el terremoto de 2011.

Se encontró con los chicos y se fueron a casa, pero no se animó a entrar por miedo a que hubiese una réplica. Había menos de tres grados afuera, pero igual decidieron aguardar en el auto a que llegara su esposo, Tadashi.

Se habían conocido hace 25 años en Ecuador haciendo un voluntariado. Él enseñaba mecánica a comunidades agricultoras y ahí aprendió a hablar español. Dos años después se fueron a Japón y allí se quedaron. Viven en Morioka, prefectura de Iwate. Ella dice que todavía le cuesta integrarse, que no puede leer todas las variantes de las escrituras japonesas y que es Tadashi quien ayuda a sus hijos con los deberes.

El día del terremoto, cuando se encontraron en casa, no había luz, tampoco agua. Pero tomaron valor y decidieron dormir adentro. Sí tenían teléfono. Por ese motivo, durante varios días, los vecinos peregrinaron al hogar de Tadashi y Guadalupe para poder comunicarse con sus familiares.

“A pesar del desastre, los japoneses fueron educados”, cuenta ella. “La gente dirigía el tráfico para que no hubiese choques y se asistían entre sí en los supermercados”, agrega después de secarse las lágrimas.

A los pocos días, la familia tuvo que separarse. El consulado ecuatoriano les había ordenado que se fueran, porque no había comida ni transporte. Ella y sus hijos se subieron a un avión que fue pagado por el Gobierno venezolano. Tadashi se quedó en Iwate para trabajar en la reconstrucción.

“En realidad tuvimos suerte; tengo una amiga que vivía en la costa y lo perdió todo por el tsunami”, dice Guadalupe. Reconoce, además, que todavía vive con miedo y que se estremece cuando su celular dispara alertas automáticas que anuncian movimientos sísmicos.

Cuando termina el relato de Guadalupe, otros japoneses cuentan sus experiencias. Son recuerdos tristes, pero también se refieren a la esperanza. Junya, por ejemplo, recuerda que durante tres semanas hicieron un periódico escrito a mano, porque la redacción en la que trabajaba no tenía luz. Repartieron noticias en los autos de los 100 trabajadores y priorizaron que los habitantes de la costa estuvieran informados. Desde el terremoto, todos adquirieron la costumbre de colectar víveres. El joven periodista tiene 50 litros de agua en su casa y latas de conserva que renueva cada año.

Guadalupe reconoce el gran sentido de comunidad que tienen los japoneses. Las zonas afectadas fueron reconstruidas en tiempo récord y el Gobierno removió más de 6.100 millones de toneladas de restos del desastre; en tres años todo quedó limpio. “Eso no es algo que se enseña, es algo histórico, que se vive”, explica mujer. Los japoneses, incluido su esposo, no se envanecen. Miran para abajo, saben que el futuro es incierto y que no están exentos de otra catástrofe. Sin embargo, están tranquilos porque podrán contar el uno del otro para salir adelante.

Diario de viaje en Japón: día 6

Después de kilómetros de concreto, las ventanas del tren bala dejan ver montañas y hermosas parcelas de cultivo de arroz. Son terrenos teñidos de verde y amarillo que pasan tan rápido como un silbido, como ráfagas de otoño que bañan de color a Japón.

Cuando llegamos al norte de la isla, nos subimos a una camioneta y nos internamos aún más en el interior del país. Aquí también ha llovido y las nubes están tan bajas que envuelven los techos de las construcciones más tradicionales. La madera, la piedra y el acero están presentes en modestas viviendas que forman parte de la escenografía local.

Dormir en esta parte del mundo es como dormir en una película, algunas de las tantas que vi para llegar hasta aquí por lo menos a través de historias ajenas. El jetlag todavía se siente; fueron días intensos, pero asumo que todavía vienen emociones fuertes, aunque la cuenta regresiva ya esté en marcha.


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