Goyeneche, americano pero realista

General en jefe de las fuerzas del Rey en el Alto Perú, lo espantó la derrota, en Salta, de su primo Pío Tristán

09 Sep 2018

José Manuel de Goyeneche se llamaba el militar peruano que mandó en jefe las primeras fuerzas realistas dispuestas a terminar con nuestro Ejército del Norte. El personaje, a pesar de ser americano, repudió siempre la causa de los patriotas y obró contra estos con tanta violencia como crueldad.

Goyeneche había nacido en 1775 en la ciudad peruana de Arequipa, hijo del militar Juan Crisóstomo de Goyeneche y Aguerrebere y de María Josefa de Barreda y Benavidez. A los veinte años fue enviado a España, para seguir la carrera de las armas. Empezó como capitán de granaderos y adquirió rápido prestigio; en 1808, la Junta de Sevilla le dio grado de brigadier y lo envió al Río de la Plata para proclamar la guerra contra la invasión napoleónica.

Represión en La Paz

En agosto de ese año llegó a Buenos Aires, donde gobernaba el virrey Santiago de Liniers. Partió en setiembre al Alto Perú, con el cargo de presidente interino de la Real Audiencia de Cuzco. Cuando se produjo, en 1809, el alzamiento de Domingo Murillo en La Paz, el virrey del Perú, Fernando de Abascal, encargó a Goyeneche y a Juan Ramírez y Orozco la represión de los revolucionarios. Los jefes realistas cumplieron su misión a conciencia. Derrotados los patriotas en Chacaltaya, entró Goyeneche triunfante en La Paz, donde restableció el gobierno del Rey con durísima mano: fusilamientos, prisiones, destierros, confiscación de bienes.

MEDALLA DE HOMENAJE. Anverso y reverso de la pieza de plata que acuñó para Goyeneche la ciudad de Potosí, en 1811.

Meses más tarde, estallaba la revolución del 25 de mayo de 1810 en Buenos Aires, y poco después la Primera Junta enviaba al norte del ex virreinato la fuerza llamada Ejército Auxiliar del Perú, conocida como Ejército del Norte. Este penetró en la región altoperuana a las órdenes del general Antonio González Balcarce y del vocal de la Junta, doctor Juan José Castelli. Dos ciudades, Cochabamba y Oruro, se plegaron a la nueva causa.

Triunfo de Suipacha

El virrey Abascal adoptó rápidas medidas. Anexó a su jurisdicción las provincias del Alto Perú que pertenecían al Río de la Plata. Simultáneamente, nombró a Goyeneche presidente de esas regiones y jefe del ejército que se formó con premura para enfrentar a los patriotas. Dicha fuerza, sabedora del avance del Ejército del Norte, tomó posiciones en el punto de Santiago de Cotagaita. El 27 de octubre de 1810, González Balcarce resolvió imprudentemente atacarla, pero fue rechazado con escasas bajas y la pérdida de dos cañones.

JOSÉ MANUEL DE GOYENECHE. Algo de siniestro sugiere este rostro de mirada despectiva, pintado por Madrazo.

Mucha mejor suerte tendría el ejército patriota pocos días después, en la batalla de Suipacha, el 7 de noviembre. Allí batió a los realistas, logrando la primera victoria de la revolución. Fue celebrada con enorme entusiasmo. Las provincias altoperuanas se plegaron a la revolución, y Castelli pudo pasearse en triunfo por Chuquisaca, La Paz, Oruro y Potosí.

Desastre en Huaqui

Pero después de ese éxito, el Ejército del Norte se dejó estar. Acampado en la margen sur del río Desaguadero, se relajó su disciplina, tanto entre los oficiales como entre los soldados. Esto además de aflorar graves disensiones internas entre los generales González Balcarce y Juan José Viamonte. Mientras, Goyeneche recibía refuerzos y se fortificaba, al punto que llegó a contar con un elenco de 8.000 hombres y 20 cañones.

AMPULOSA RÚBRICA. La firma de Goyeneche

Castelli, sintiéndose dueño de la situación, acordó con Goyeneche (mayo) la suspensión de las hostilidades por cuarenta días. Esto permitió al realista seguir adiestrando y aumentando sus tropas. Acampó en Vilavila, en la cercanía de los patriotas, y varias veces destacó avanzadas para hostigarlos. Con ese pretexto, el 18 de junio Castelli dio por disuelto el armisticio.

El 20, Goyeneche atacó al Ejército del Norte en Huaqui y lo derrotó completamente.

Repliegue patriota

También batió a la vanguardia de Viamonte en Yuraicoragua y a Eustoquio Díaz Vélez en Nazareno. Además, sometió a las ciudades de La Paz y Oruro; se impuso a los patriotas de Cochabamba en la primera batalla de Sipe Sipe, y luego ocupó Potosí.

Quedaba así desbaratada la primera campaña libertadora al Alto Perú. Los restos del Ejército del Norte se retiraron penosamente hasta Jujuy. Como esa fuerza tan disminuida carecía de importancia, Goyeneche tenía la intención de batirla sin esfuerzo, penetrar en el territorio de las Provincias Unidas y no detenerse hasta tomar Buenos Aires. Lo hubiera intentado, acaso con éxito, si no fuera que debió acudir a sofocar la nueva insurrección de Cochabamba.

El Ejército del Norte quedó bajo el mando de Juan Martín de Pueyrredón, y marchó rumbo a Tucumán. El 27 de marzo de 1812, asumió su jefatura el general Manuel Belgrano y ordenó retrogradar a Jujuy. Allí estuvo hasta terminar agostó, fecha en la cual dispuso replegarse hacia el sur, no sin antes dejar a los realistas la tierra arrasada, sin hombres ni provisiones. Fue el famoso “éxodo jujeño”.

Tucumán y Salta

A todo esto Goyeneche, firme en la intención de invadir, designó jefe de su vanguardia al general Pío de Tristán y Moscoso, su primo hermano. Le dio 2.000 infantes, 1.200 jinetes y diez cañones, para que iniciara la invasión, entrando por Salta. Desde el campamento de Suipacha, empezó su avance Tristán. Entretanto, Belgrano había recibido órdenes del Triunvirato de retirarse hasta Córdoba.

Es conocido que en La Encrucijada -ya dentro del territorio tucumano- recibió a la comisión encabezada por Bernabé Aráoz, que le pidió que se detuviera y presentase batalla, variante que aceptó. Es sabido también que venció a los realistas en el Campo de las Carreras de Tucumán, el 24 de setiembre de 1812, y que luego, en Salta, logró la completa victoria del 20 de febrero de 1813.

Goyeneche asustado

Este triunfo patriota espantó a Goyeneche, porque significaba el derrumbe de todos sus sueños de invasión. Instaló su cuartel general en Oruro (marzo de 1813) mientras volvían a alzarse Chuquisaca, Potosí y Santa Cruz. Se le unieron los soldados rendidos en Salta, y logró que los arzobispos de Chuquisaca y La Paz los relevaran del juramento que habían hecho, ante el vencedor Belgrano, de no volver a tomar las armas contra los revolucionarios.

Goyeneche obtuvo de Belgrano cinco semanas de tregua. Pero, al ver la enorme deserción que carcomía a su ejército, no quiso saber más del comando en jefe. En realidad, había renunciado desde Potosí, ni bien se enteró de la derrota de Salta. Insistió en su dimisión ante el virrey Abascal y, como este no la resolvía, alegó estar enfermo y apesadumbrado por la reciente muerte de su padre.

Vuelta a España

Ante tal planteo, Abascal aceptó la renuncia, reemplazándolo por Joaquín de la Pezuela. Además, ordenó que Pío Tristán fuera apartado del ejército. Al parecer, por esa época Goyeneche había enviado a Tristán un sable, para que lo hiciera reparar. El ingenio popular acuñó una copla irónica, cuyo estribillo decía: “Ahí te mando primo el sable/ no va como yo quisiera/ es de Tucumán la vaina/ y de Salta la contera”...

Goyeneche partió a España en el “Castilla”, que zarpó de El Callao rumbo a Cádiz el 4 de octubre de 1814. El rey Fernando VII, ni bien vuelto al trono, le dio el grado de teniente general de los Reales Ejércitos. Recibiría más honores durante el reinado de Isabel II, quien le otorgó la dignidad de Grande de España, para él y sus descendientes. Ya nunca más regresó a América y falleció en Madrid, el 10 de octubre de 1846.

Retrato

Existen varios retratos de José Manuel de Goyeneche. Entre ellos se destacan el óleo del famoso pintor Madrazo, que lo muestra con esplendoroso uniforme y cargado de condecoraciones. Hay algo de siniestro en ese rostro de grandes ojos que miran con frialdad, y en el diseño despectivo de esa ancha boca de labios gruesos.

Bernardo Frías, en sus “Tradiciones” y en la “Historia de Güemes”, lo llama “astuto y artero, de modales distinguidos, de trato afable”. Poseía “dotes para agradar y engañar” y se reía “de toda promesa como cosa de necio”. Era “cruel con los vencidos” y había tomado “al temor y la sangre por sistema de escarmiento”. Vestía con elegancia su traje de brigadier, a la última moda europea. Lucía “el calzón color claro, de la más fina gamuza, sujeto a la corva por botas granaderas de vueltas color paja”, en un uniforme “con presillas rojas y con galones y borlas de oro”.

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