Una política del árbol

Todos los tucumanos debemos entender la importacia que estos especímenes tienen para el medio ambiente.

07 Junio 2004
Con motivo de la Semana del Medio Ambiente, la Municipalidad de Tucumán ha organizado diversas actividades tendientes a estimular la valoración de los árboles. El programa prevé plantaciones de ejemplares y conferencias, y un concejal ha propuesto que la comuna elabore un diagnóstico exhaustivo sobre el patrimonio vegetal con que cuenta nuestra capital, donde se lo cuantifique y se establezca su estado. Sería deseable que la propuesta fuera implementada, dada la carencia, en nuestro medio, de una política coherente respecto de los árboles. Tal vez por la extraordinaria facilidad con que los ejemplares crecen en el suelo tucumano no los hemos valorado como corresponde. Ello, a pesar de que la generación fundadora de nuestra cultura superior (hablamos de Miguel Lillo, de Juan B. Terán, de Ernesto Padilla y figuras similares), no se cansó de insistir en la urgencia de destinar a la naturaleza una preocupación constante y manifestarla en hechos concretos de creación y de protección.
El tucumano no cuida los árboles, ni se preocupa por replantarlos cuando faltan. En múltiples ocasiones hemos deplorado el destrozo intencional de ejemplares colocados en la calle, para no hablar de las talas subrepticias efectuadas en las avenidas (Mitre, por ejemplo), o de la indiferencia con que vemos esfumarse la magnífica avenida de árboles de La Rinconada, que constituía uno de los espectáculos más bellos de esta zona de la provincia. Inclusive, a comienzos del siglo pasado, el destacado médico y sociólogo Augusto Bunge escribió que, en su visita a Tucumán, había llegado a percibir un curioso "odio al árbol" entre nosotros.
Todo esto hace necesario que en nuestra ciudad y en la provincia se instaure una política del árbol, cuyas pautas se cumplan con rigor y sin modificaciones. Esto quiere decir proceder a un metódico arbolado de todas nuestras arterias, acentuando ello especialmente en la zona sur, que es la más desprovista a pesar de que la ciudad crece de modo notorio en esa dirección. Al mismo tiempo, hablamos de replantar todos los ejemplares abatidos por tormentas o por el peso de los años, que han creado apreciables claros en muchas calles y plazas urbanas. Esto es imprescindible porque, a pesar de que la Municipalidad habla con frecuencia de plantaciones, la realidad es que estas no se perciben, al menos en la proporción necesaria.
Resultaría coherente con las posibilidades del suelo de Tucumán una actitud de esta índole. Es singular que no la hayamos adoptado hasta ahora, a diferencia de otras capitales argentinas, en las que cada día el arbolado es más abundante. Un ejemplo ilustrativo presenta Córdoba. En su peatonal céntrica el sol se filtra a través de magníficas copas y enredaderas, mientras que en la peatonal de Tucumán el sol hiere al transeúnte sin ninguna protección. Pero nada de esto será realizable, por intensa que sea la preocupación municipal, si no se logra crear, entre la población, esa conciencia de respeto y de cuidado del árbol, indispensable para que este crezca sin obstáculos y se expanda. Mientras continúen actuando en nuestro medio personas capaces de destrozar o de talar ejemplares no será posible modificar la realidad.
Debe realizarse una intensa campaña, que se inicie en las escuelas y colegios, de manera de imprimir en la mente del tucumano la noción elemental de que un árbol constituye algo valioso, y que es deber de todos cuidarlo y protegerlo. La autoridad debe implementar un sistema de sanciones efectivas para quienes transgredan esta norma. Mientras no se lo entienda así, todos los esfuerzos destinados a multiplicar los árboles en Tucumán resultarán inútiles.

Tamaño texto
Comentarios