Graves imputaciones conspirativas

Abandonar el discurso crispado es un requerimiento ineludible de la paz social.

05 Junio 2004
El presidente de la Nación ha formulado graves denuncias acerca de presuntos intentos de desestabilizar al Gobierno, imputando a sectores de la Policía, políticos y económicos. Las manifestaciones del jefe del Estado se produjeron durante distintos actos oficiales con difusión simultánea a todo el país, por lo que alcanzaron singular repercusión. Por añadidura, Kirchner advirtió en una de esas ocasiones que en el futuro "van a pasar otras cosas", tras cuya incógnita alienta un pasado provocador de inquietudes que hasta ese momento parecían desterradas. Las sorpresivas alusiones presidenciales fueron secundadas sin mayores precisiones por colaboradores inmediatos, si bien pudo advertirse que las circunstancias denunciadas son hasta el momento estimaciones derivadas de un climax político que en ciertos casos no es favorable a la gestión gubernamental. "El Presidente -ha dicho el ministro del Interior, Aníbal Fernández- procuró advertir a la población de una situación que todos consideramos intencionada, pero cuyos autores aún no pueden ser mencionados, pues no tenemos pruebas de que hayan cometido algún delito". Otras consideraciones del ministro corroboraron que las preocupaciones presidenciales -salvo las presunciones relacionadas con las numerosas depuraciones en las Policías federal y bonaerense- provienen de una confusión de intenciones conspirativas, con lo que tan sólo representa una manifestación propia de la oposición democrática.
Son múltiples y variados los factores y circunstancias testimoniales de que Kirchner -más allá del conjunto de graves problemas que debe resolver y de las formas no siempre compartidas conque los encara con sus colaboradores- goza de un elevado índice de opiniones favorables, si bien ello ocurre en una sociedad bastante más contestataria que en el pasado, donde también la oposición política es sometida al exigente juicio público.
Salvo episodios aislados en que ciertos funcionarios oficiales descalifican a los medios de comunicación, no es menos cierto que en el país impera una libertad de información y opinión que se corresponde con la pluralidad democrática que distingue a la comunidad nacional. Tampoco es posible hallar motivos de inquietud en las instituciones militares o en las organizaciones sindicales, como tampoco en los sectores más representativos del empresariado que, precisamente, en ocasión de esas denuncias presidenciales, expresaron un apoyo decidido a decisiones gubernamentales que les conciernen.
El tema de la inseguridad y su relación con las depuraciones de cuadros policiales conlleva necesariamente el fundado temor de que el delito halle en él, estímulo suficiente para agudizarlo, exigiendo mejor empeño en la represión. Sin embargo, esa realidad concreta no debió ser relacionada por el Presidente con tan severa descalificación de la oposición política y económica, dando lugar a un nuevo deterioro del diálogo necesario entre el oficialismo y la oposición, cuyo espacio no es únicamente el Congreso sino, y mucho más, la relación formal e informal que habilita el diálogo, elemento imprescindible del sistema democrático. Según aclaró el ministro del Interior, tan inoportunas y ambiguas denuncias han respondido al temor de que se intente modificar las orientaciones del Gobierno, lo cual sería más coherente si se tratara de defender la tesis del pensamiento único. Pero ese sentimiento autoritario no pasa de ser un mero giro dialéctico y quienes tienen la responsabilidad de gobernar son conscientes de ello.
Abandonar el discurso crispado es un requerimiento ineludible de la paz social, mas para ello es necesario dejar de ver conspiradores donde sólo hay adversarios en la competencia de ideas y propuestas, propia de una sociedad libre y democrática.

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