Manuel J. Castilla: Los cantos barbados de un gozante

El poeta salteño nació hace un siglo. Zambas y vidalas con el "Cuchi" Leguizamón y el “Chivo” Valladares. El grupo La Carpa.

12 Ago 2018 Por Roberto Espinosa
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En su barba sueña el tiempo, el monte en alas galopa, sus pupilas son corzuelas amanecidas en coplas. Los pájaros se le cuelan en los ojos, agitando un murmullo de sueños. En las cumbres del sosiego abrevan sílabas de metáforas. Un pedregal de soledad late en los rumores del pueblo. Es la hora en que las horas se detienen a amasar la vida en un acullico. Ecos de voces se cuelgan de sus manos y le enduendan el vino de la ternura. “Soy una brizna viva en medio de su enorme derrumbe, menos que un bicho, menos que una espina, casi una gota de hombre. Y cuando voy pisando su silencio que enciela suavemente los ojos del guanaco, le siembro mis raíces en su arena y crezco noche arriba como un cardón que envuelven las babas de los astros”, piensa.

Las nubes se detienen en Cerrillos ese 14 de agosto de 1918 para que Ricardo, jefe en la estación de trenes, y Dolores, directora de escuela, festejen el nacimiento de un poema changuito. “Madre, ya viene el tren con su alegría y el crisantemo de humo que desgrana... Oh, padre, adiós perdido entre los trenes, nadie despide a nadie en los andenes, donde no sé por qué yo siempre espero, nadie despide a nadie hasta que un día en un remoto tren de Alemanía adolescente, con ustedes, muero”, escribirá.

“La calandria”, de Luis Franco, le puebla de versos las venas; tiene unos ocho años. “Ya más tarde, hacia los 15 años, borroneaba tenazmente cuartillas muy malas. Pero mi madre pensaba que eran geniales y me pagó una edición de apenas 20 ejemplares. Más tarde, cuando llegaron horas tristes por la muerte de mi hermano, se fue ahondando esa necesidad de escribir. Andaba mucho tiempo solo. Había dejado de lado el deporte porque era una jugarreta para niños. Estaba muy agrandado. Y me largué a escribir desesperadamente. Hacía tres poemas por día y hasta les ponía hora a cada uno”, evoca.

Un largo primer año en el Colegio Nacional: “la ociosidad ocupaba mi cabeza”. Cansancio de madre. Sale a buscar trabajo. Ya es cadete en el diario El Intransigente. De cafetero a periodista. “Pajita” García Bes es pintor y hermano de senderos. Con los títeres caminan La Paz, Oruro, Cochabamba, Arequipa, Lima. La barba desciende al infierno de las minas y se acullica en el dolor de los humildes. Esos seres cobrizos de la tierra alimentan su propia “Copajira”.

Desvelos y fechorías

El “Cuchi” Leguizamón, duende de la carcajada y el vino, se vuelve cofrade de desvelos y fechorías. “Si andando, andando, niña, un día mis ojos te ven llorar, el llanto que voy llorando por los senderos florecerá...” Un pañuelo en zamba sella la partida de una larga zafra de canciones.

Años ‘40. Raúl Galán, jujeño, funda La Carpa en Tucumán. Voces de norteñas provincias unen sus latidos en metáforas. “El grupo se había formado con la idea de defender al Norte, la tierra”, dice. Los poemarios van desmalezándole la barba: “Fue triste poseerte en el sueño, entrabas en mi cuerpo como un agua, un ala y otra se besaban, esperábamos, carne contra carne se encontraban, yo poseía a la nada, era tu nada la que me llamaba”, escribe.

Con el “Chivo” Valladares se trenza en zambas y vidalas, debajo de un sauce solo. “Cuando llora el lapacho de la quebrada, la acequia lleva a lo lejos agua rosada. Penita del lapacho, penas de nada, en el aire se deshoja, enamorada...” En Iruya, el cosmos se sienta a meditar las esperanzas de los pobres, mientras el barbudo corazón detiene por un instante el tiempo: “Me dejo estar sobre la tierra porque soy el gozante. El que bajo las nubes se queda silencioso. Pienso: si alguno me tocara las manos se iría enloquecido de eternidad, húmedo de astros lilas, relucientes... A veces un lapacho me corona con flores blancas y me bebo esa leche como si fuera el niño más viejo de la tierra… De cara al infinito siento que pone huevos sobre mi pecho el tiempo”. La barba escribe Luna Muerta, Copajira; La tierra de uno; De solo estar; Bajo las lentas nubes; Posesión entre pájaros; Cantos del gozante; El triste de la lluvia… Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores, Primer Premio Nacional de Poesía... las distinciones no lo envanecen. El mercado municipal, el contacto con el pueblo, su costumbre cotidiana.

Solo si Dios es grande...

“Por favor, no me llame don Manuel porque me siento una despensa”, le dice a su interlocutor. Manuel huye de los reportajes. “Hablo solo cuando me desborda la compañía de la amistad o el vino. De poesía no acostumbro a hablar porque no hay soledad más grande que la del poeta frente al papel en blanco. Ahí te salvas solo si Dios es grande. En ese momento, todo lo que se habla, escucha o lee, no sirve para nada”.

Bohemia de zambas y chacareras. Amigos del paisaje le titilan en el pelo. La bondad le crece en los silencios y la ternura se trepa al cigarrillo lento. Una diabetes le ha venido incomodando las entrañas. “Qué lindo cuando me muera y vengan mis amigos a mirarme los ojos. Estaré ya lejano, llenas de un sueño quieto mis pupilas...” 1980. En el pasaje Sargento Cabral 978, ese 19 de julio las nubes se detienen para robarle los versos y envolverlos en su poncho de eternidad. El vino es ahora un grillo sabio que alborota su silencio, Manuel Castilla despena su barba enamorada, en los ojos de la muerte ya carnavalea su alma.

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