La Aguadita mató a su constructor

En 1900, cuarenta días después de inaugurado el dique La Aguadita, un accidente en la flamante obra se llevó la vida del ingeniero Eliseo Anzorena, quien la proyectó y dirigió.

08 Jul 2018 Por Carlos Páez de la Torre H

Es conocido que desde 1895 hasta 1904, los gobiernos sucesivos del doctor Benjamín Aráoz, del teniente coronel Lucas Córdoba, del doctor Próspero Mena y luego de Córdoba nuevamente, se caracterizaron por la cantidad e importancia de las obras públicas que llevaron a cabo. De gran trascendencia fueron las relativas al agua corriente domiciliaria y las destinadas a controlar el curso de los ríos de la provincia y expandir el riego.

Una recomendación

El gobernador Aráoz, ni bien inició el mandato –truncado por su repentina muerte- encaró con entusiasmo el tema del agua corriente. Su necesidad se había marcado en la epidemia de cólera de 1886-87, al advertir que la enfermedad se propagaba por el agua contaminada de pozos que bebía la población.

Buscó entonces el concurso del ingeniero César Cipolletti, que era la máxima autoridad del país en esos temas, y lo contrató de inmediato. El 16 de octubre de 1894, Cipolletti sugería a Aráoz, en una carta, que requiriera también los servicios del ingeniero Eliseo Anzorena. Lo describía como “joven serio y laborioso, el cual trabaja conmigo desde hace tres años, y actualmente me representa en la provincia de San Juan”. Consideraba que era perfectamente capaz de realizar los estudios preliminares sobre las fuentes del líquido en la serranía de Tucumán, hasta que él pudiera ir personalmente.

En Tucumán

Así fue como Anzorena llegó a nuestra ciudad. Había nacido en Mendoza el 13 de julio de 1871, en una familia cuyana tradicional. Se graduó de ingeniero en la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires. Luego, partió a Gran Bretaña, para perfeccionarse en el Instituto de Ingenieros Civiles de Londres, al lado de distinguidos profesionales en la materia hidráulica. Volvió al país en 1894, y pronto se incorporó al equipo de Cipolleti, para trabajar en diversas obras de su especialidad.

Ni bien arribado, el joven ingeniero demostró su valía. Participó no solamente en la magna obra de las aguas corrientes, sino también en la construcción de la represa de El Cajón y en los canales de riego del departamento de Burruyacu. Esto además de conducir otros trabajos, como el proyecto y construcción del Gimnasio Escolar, edificado en la manzana que ocupa hoy el Hospital Centro de Salud.

La Aguadita

La juventud y el buen carácter de Anzorena lo rodearon de espontáneos amigos en todos los grupos de la ciudad, a cuya vida se adaptó sin esfuerzo. Pero, de tanto en tanto, regresaba a Mendoza: tenía allí su novia y esperaba casarse en poco tiempo más. Según narra el diario “El Orden”, era “un espíritu emprendedor, progresista y a la par expansivo, lleno de ideales elevados y nobles”. En suma, “un hombre de corazón y de cerebro.

El diseño y la dirección del dique de La Aguadita constituyó su gran tarea. La “Revista de Tucumán” la calificaba como “una obra maestra de la ciencia, proyectada y realizada por un muchacho de 28 años”. Anzorena puso todo su entusiasmo en esos trabajos. Los atendía personalmente día y noche, y era común verlo dando instrucciones a la multitud de obreros que allí trajinaban.

El dique concluido

Finalmente el dique estuvo terminado. Fue recibido con gran alborozo por todos lo que advertían la señalada importancia que tenía –en aquellos tiempos- para el sistema de control de las aguas del Salí y el riego en el departamento de Cruz Alta. La ceremonia de inauguración se efectuó el 6 de diciembre de 1899, bajo un sol de fuego.

En ese momento, el ingeniero Anzorena se desempeñaba como director de Obras Públicas de la Provincia, cargo en el cual había sucedido a su maestro Cipolletti. Pero su intención era ya regresar a Mendoza, dando por clausurada la etapa tucumana. Solamente esperaba una gran creciente del Salí, para comprobar definitivamente la solidez del dique de cuya construcción era responsable.

La tragedia

Llegaron las lluvias de enero de 1900 y con ellas la esperada creciente del río. El dique resistió la correntada, pero en esos días ocurrió -el 14 de enero- un trágico accidente que terminó con la vida del ingeniero Anzorena. La tragedia consternó a la ciudad y la prensa no dio detalles precisos sobre lo sucedido. El ingeniero Carlos Wauters, en su publicación “El Negro Bamba en el cañón de El Cadillal”, narra que Anzorena murió al caerle una roca en la cabeza, cuando se encontraba en una fosa de la zona de obra.

El diario “El Orden” se limitó a hablar de “la fatalidad”. Circularon, al parecer, algunos rumores. Así pareció indicarlo, días después, el párrafo sugestivo de un suelto del mismo diario. “Se quiere explicar el misterioso enigma de la muerte y los arcanos impenetrables de ultratumba dando, a motivos humanos, la razón de lo que no es sino efecto de causas fatales”, decía.

El Gobierno dispuso colocar una placa de mármol en la pared del dique. La leyenda decía “Obras proyectadas y construidas bajo la dirección del Ing. Eliseo Anzorena + el 14 de enero de 1899”. Todavía se conserva, aunque bastante deteriorada, según la fotografía que debo a la gentileza del ingeniero Aníbal Comba.

El homenaje

Los restos de Anzorena estuvieron durante casi tres décadas en el mausoleo de la familia del doctor Vicente García, en el Cementerio del Oeste. Durante su primer gobierno, el doctor Miguel Campero valoró la figura del infortunado ingeniero y le hizo construir una tumba. Llevaba una placa de mármol, con las fechas de nacimiento y muerte de Anzorena, y la leyenda “Tucumán guarda sus restos como un homenaje de gratitud a su memoria”. Arriba, un relieve en bronce reproducía el paredón de La Aguadita.

Se la inauguró el 27 de diciembre de 1927, en un acto al que concurrió el doctor Campero con su gabinete y altos funcionarios. Estuvieron, especialmente invitados, familiares del ingeniero, entre ellos sus hermanas Victoria Anzorena de Acuña y Juana Anzorena de Gutiérrez.

El ministro de Gobierno, ingeniero Tomás Chueca, fue el orador de la ceremonia. Recordó los antecedentes biográficos de Anzorena y encomió sus servicios en Tucumán, prestados hasta que “la muerte lo sorprendió en plena labor, al pie mismo de la obra”, en “un accidente de trabajo”. Recalcó que La Aguadita, “obra ejecutada dentro de las exigencias de la técnica y completada luego con los canales de riego sobre la margen naciente del río Salí, ha transformado el departamento de Cruz Alta”. Y dijo que, al colocar el relieve del dique en la placa de esa tumba, se cumplía “la suprema aspiración del ingeniero Anzorena: que el dique La Aguadita vele su sueño eterno”.

comentarios