Deuda con Ibatín

San Miguel de Tucumán estuvo 120 años en ese sitio.

01 Junio 2004
El nuevo aniversario de la primera fundación de San Miguel de Tucumán hace oportuno tocar un tema relacionado con esa fecha y en el que están involucrados varios otros. Tales son la conveniencia de una investigación científica de nuestro pasado y la posibilidad de aumentar los atractivos turísticos locales. Como se sabe, aquella fundación se produjo en el lugar denominado Ibatín, ubicado a poco más de 60 kilómetros al sudoeste de la capital donde vivimos. San Miguel de Tucumán estuvo 120 años en ese sitio, hasta que en 1685, invocando una serie de razones -económicas, sobre todo- se resolvió trasladar la ciudad hasta el lugar del actual emplazamiento. Abandonada por sus pobladores, la primitiva San Miguel fue lentamente tapada por el monte. En 1944, la Provincia expropió las 140 hectáreas centrales de ese predio. Gran parte fue desmontado -sin demasiados miramientos- en 1965, con motivo del IV centenario.
En 1972, la ley 3891 declaró "monumento histórico provincial" a las ruinas de Ibatín, y dispuso que, "a los efectos de los trabajos de investigación, excavación, restauración y reconstrucción de las mencionadas ruinas", estas pasarían a jurisdicción de la Secretaría de Turismo, la que quedaba autorizada a firmar los respectivos convenios con la UNT, para aquellas tareas especializadas. Pasaron los años. Recién en 1980, la Provincia suscribió un convenio con la UNT y con la Universidad de Buenos Aires, denominado "Proyecto Ibatín", para la ejecución de las labores previstas, que costearía un subsidio de Turismo de la Nación y aportes locales. Los trabajos se iniciaron en 1981, pero al poco tiempo fueron suspendidos por falta de fondos. Una amplia nota de LA GACETA del 8 de octubre de 1995 expresaba que desde 1982 "la desidia se apoderó del sitio" y que "el olvido es el peor castigo para Ibatín".
Se proyectaba la excavación arqueológica del lugar, a fin de poner al descubierto lo que pudiera estar bajo el subsuelo, y valorizarlo adecuadamente, además de instalar un museo. Nada de eso se hizo, finalmente. No puede negarse, entonces, que estamos ante una significativa asignatura pendiente con nuestro patrimonio histórico y con el atractivo turístico que se desprendería naturalmente de realizaciones de ese tipo.
Cabe recordar que el primitivo San Miguel de Tucumán no fue un poblamiento efímero, sino una ciudad que permaneció un siglo y dos décadas en esa ubicación. Tuvo una activa vida comercial durante largo tiempo y, según los cronistas de la época, varios de sus edificios tenían destacada importancia. Es decir que una investigación arqueológica (realizada, por cierto, llenando todos los requerimientos científicos) podría arrojar resultados en extremo interesantes, que vendrían a esclarecer y valorizar nuestros orígenes. En realidad, constituye un hecho singular que, conociendo fehacientemente el sitio donde estuvo nuestra primitiva capital, ningún gobierno haya encarado la tarea de sacar a luz sus vestigios.
Nos parece que sería hora de modificar tal inercia, replanteando los convenios universitarios dirigidos a ese propósito. Sin duda que se trata de algo que requiere partidas presupuestarias que no estamos en condiciones de costear; pero ellas bien podrían ser aportadas por la Nación. De ese modo Ibatín dejaría de ser un terreno llano con una cruz y algunas placas, para mostrar lo que sin duda está bajo la tierra como testimonio de esa ciudad que tuvo extensa y significativa vida en los siglos XVI y XVII.
Puesto que nuestro medio cuenta con instituciones científicas capaces de planificar un verdadero y serio rescate de Ibatín, corresponde poner manos a la obra. Nos parece que es algo que debemos a esos antepasados que, desafiando incontables dificultades, iniciaron allí la historia de San Miguel de Tucumán.

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