Primeras imágenes de Tucumán

Hasta ahora, sólo se conocen tres de las primeras representaciones gráficas de nuestra ciudad: una acuarela de 1846 y dos dibujos de 1858.

24 Jun 2018 Por Carlos Páez de la Torre H

Existen dibujos y pinturas notablemente fantasiosos que quisieron registrar la ciudad de San Miguel de Tucumán en los siglos remotos. Por ejemplo, la tantas veces reproducida pluma “La Ciudad de Tucumán”, de Felipe Guaman Poma de Ayala, del siglo XVI; o la que consta en el óleo “San Francisco Solano como protector de Tucumán y del Paraguay”, del siglo XVII, que conserva la Academia Nacional de la Historia; o el aguafuerte “San Francisco Solano”, de 1783, del Museo Histórico Provincial “Nicolás Avellaneda”, de Tucumán.

Deben existir otras similares. Todas representan una ciudad amurallada, con altas torres de templos y apretada edificación. Lo cual, como bien se sabe, distaba mucho de ser realidad en la humilde aldea de aquellos tiempos.

Dejando de lado esas elucubraciones sin asidero, puede decirse que son solamente tres las primeras representaciones gráficas que se conocen de San Miguel de Tucumán, hasta la fecha. Una de ellas genera dudas.

Acuarela de 1846

Cronológicamente, se inician con una acuarela que el pintor tucumano Ignacio Baz (1820-1887) ejecutó en el álbum de doña Nicéfora Posse de Vallejo. Como se sabe, desde mediados del siglo XIX hasta comienzos del XX, era usual que las señoras tuvieran un álbum de hojas blancas y que solicitaran, a las personas importantes, que dejaran escritos allí un poema, o un “pensamiento”, o estamparan una ilustración.

Sucede que en el álbum referido pintó Baz una alameda, que firmó y fechó en Tucumán el 25 de noviembre de 1846. Muestra la perspectiva de una larga avenida flanqueada por álamos. Caballeros vestidos de negro con altas galeras conversan en grupo, o sentados en los bancos, bajo los árboles. Algunos dialogan con damas de vestido largo y mantón en los hombros. Por ahí cruza también un sacerdote con su sombrero de teja. En el fondo de la acuarela, la alameda culmina en lo que parece ser una fuente. La imagen fue reproducida en blanco y negro por Rodolfo Trostiné en su “Ignacio Baz. Pintor tucumano del siglo XIX”, de 1952, y a todo color por Bonifacio del Carril, en la “Monumenta Iconographica” de 1964.

Alameda inubicable

La acuarela plantea algunos interrogantes. ¿Donde se hallaba esa alameda? Trostiné apunta que puede ser “quizá la que iba entre la Ciudadela y la casa de Belgrano”. Se basa en la “Memoria descriptiva” de Juan Bautista Alberdi, de 1834. Pero la “Memoria” no habla, en el párrafo mentado, de esos dos edificios. Dice que la pirámide (la llama “de Mayo”), o sea la que erigió Manuel Belgrano en 1818 en homenaje a la batalla de Maipú, “terminaba una alameda formada por una calle de media legua de álamos y mirtos”.

Además, Alberdi escribía lleno de nostalgia y en tiempo pasado, como si en 1834 esa alameda ya no existiera. Y ocurre que la acuarela se pintó en 1846. Esto salvo que Baz haya querido reconstruir históricamente aquel paseo. Además, sí lo que se divisa al fondo es una fuente, ¿qué fuente podía existir, en una ciudad servida por aguateros y pozos de balde? No podía instalarse, en el Tucumán de 1846, un artefacto de ese tipo y de ese porte. Y también debe recordarse –me decía el arquitecto Raúl Torres Zuccardi- que Tucumán carecía de “una tradición de jardinería urbana”, al estilo de la que tienen Lima o México.

¿Será Tucumán?

No deja de resultar muy curioso que ninguno de los viajeros que describieron a Tucumán en la década de 1820 (Joseph Andrews, Edmond Temple, J. Anthony King, John Scrivener) dedicaran una sola línea a un paseo que, según la acuarela, era tan importante, tan frecuentado y con una fuente como punto de llegada.

Y la duda final. Vistos esos reparos, la acuarela de Baz, ¿representaba una alameda de Tucumán, o era simplemente una ilustración cualquiera, con la que se le ocurrió decorar el álbum de la señora?

Así, la alameda de Baz queda en el terreno de lo dudoso como primer testimonio gráfico de nuestra ciudad. Esto sin perjuicio de que valga mucho por constituir, cronológicamente, la primera obra conocida de nuestro pintor.

Palliére

Las otras dos representaciones gráficas pioneras de Tucumán, sobre las que no podemos tener duda alguna, se ejecutaron doce años más tarde. Fueron obra del pintor y dibujante, de origen francés pero nacido en Brasil, Juan León Palliére (1823-1887), quien residió en la Argentina desde 1855 a 1866.

Dibujó en 1858, en su viaje al norte, dos de las veredas que enfrentaban la plaza Independencia: la de las calles 24 de Septiembre y 25 de Mayo actuales.

Ambos trabajos fueron adquiridos por don Miguel Alfredo Nougués, quien los donó generosamente, en 1977, al Museo Histórico “Nicolás Avellaneda” de Tucumán. Allí están hoy. Pero tan borrosos por alguna desdichada exposición al sol, que pueden apreciarse mucho mejor en la excelente reproducción que -por suerte- hizo de ellos Del Carril, años antes de la donación, en la “Monumenta Iconographica”. También se debe a Del Carril el rescate de páginas del diario de viaje de Palliére, que se omitieron en la edición Peuser de 1945.

“Me voy a dibujar”

En esos folios recuperados, narra el pintor su permanencia de dos días en Tucumán, con interesantes detalles de colorido: el mercado, las casas de un solo piso y “como incrustadas en un bosque de naranjos”, las carretas, la belleza de las mujeres y un calor espantoso, entre muchos otros testimonios de interés.

Un breve párrafo se refiere a los dos dibujos. “Me levanto con las primeras horas del día. La atmósfera es de una completa dulzura y me encamino, bajo los naranjos, hacia el pozo, con mi toalla bajo el brazo para hacerme la toilette matinal, mientras que por el trayecto como unas naranjas. Tomo mis cartones y me voy a dibujar la Catedral y el Cabildo. Este último me recuerda todos los que he visto, ya sea en Buenos Aires o en Salta; la iglesia es moderna y no está terminada; tiene pinturas sobre los pilares que soportan la cúpula; su arquitecto es francés”.

Dos imágenes

Uno de los dibujos representa a la Iglesia Matriz (que sería Catedral recién al crearse el Obispado, en 1898). Aparece tal como la vemos hoy, aunque sin el relieve del frontis, ni el reloj. A la derecha, unos trazos esbozan las dos plantas de la casa de Mendilaharzu-Saravia (luego de Soldati-Zavalía, transformada dos veces, la última en 1912 y demolida en 1980) y se esbozan cuatro puertas de una vivienda aledaña.

En el otro dibujo, el Cabildo aparece ya con su torre y con sus catorce arcos. Hacia el izquierda, hay trazos de la puerta de una vivienda (solar donde se alzó luego la casa del gobernador Próspero García, demolida en 1908 para dar espacio a la Casa de Gobierno). Hacia la derecha, se divisa el viejo templo de San Francisco (tal como lo registran las fotos de Ángel Paganelli, de mediados de 1860 o comienzos de 1870, o sea antes de la gran demolición y reforma iniciadas en 1875). También se ve la esquina actual de 25 de Mayo y San Martín, con la casa de altillo donde la tradición quiere que se haya alojado un tiempo el general Manuel Belgrano (es decir, el solar donde se edificó la casa de Padilla-Nougués, demolida para construir el cine Plaza, hoy teatro Mercedes Sosa).

La pirámide rosista

Como decimos, el Cabildo, el viejo templo y la esquina, fueron registrados luego en fotografías. Pero el gran valor documental del dibujo de Palliére, está a la izquierda y en la plaza. Es la columna -que no aparece en ninguna foto- que, por disposición del gobernador Celedonio Gutiérrez luego del triunfo rosista de Famaillá (19 de setiembre de 1841) se levantó como tributo al general vencedor, Manuel Oribe. El bombástico decreto respectivo se publicó por bando y lo proclamó el doctor José Serapión de Arteaga, con aclamaciones, “repiques, música, embanderamiento general y otras demostraciones de patriotismo federal”.

La pirámide tenía un aspecto muy parecido al que tuvo (una vez recubierta por mármoles) el obelisco de homenaje a Maipú, levantado por Belgrano en 1818 en el espacio que ocupa hoy la plaza que lleva su nombre y que se ha conservado. La pirámide rosista estuvo en la plaza Independencia dos décadas, hasta 1862. Ese año, el gobernador José María del Campo ordenó demolerla porque era, consideró en un decreto, el “recuerdo de oprobio, cuya permanencia lástima el honor de Tucumán”. Fue derribada el 13 de julio.

Lo ilegible

No deja de ser interesante, en ambos dibujos de Palliére, el hecho de que el artista anotó, con letra muy pequeña, unas observaciones al lado de los locales que esbozaba. Acaso se refería a algún detalle que quiso retener, para el caso de que los bosquejos le sirvieran posteriormente para acuarelas o para óleos. Hoy, no se puede leer esas líneas ni siquiera con lupa, por lo desvaído de los originales.

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