Así fueron los días de Belgrano en Tucumán

“Yo quería a Tucumán como a la tierra de mi nacimiento”, confió el creador de la bandera a su amigo José Celedonio Balbín en nuestra ciudad

20 Jun 2018 Por Carlos Páez de la Torre H

HACE 198 AÑOS

Los 198 años que hoy –Día de la Bandera- se cumplen de la muerte del general Manuel Belgrano, hacen oportunas un par de miradas sobre el prócer. Una, a los testimonios sobre su aspecto físico, y otra a las temporadas que pasó en Tucumán entre 1812 y 1820: temporadas que fueron bastante largas, sumando meses y años.

Hay que contar, primero, desde setiembre de 1812 hasta fines de enero o comienzos de febrero de 1813, como victorioso jefe del Ejército del Norte. Luego, tras su relevo por José de San Martín y la misión a Europa, volvió a asumir esa jefatura en agostó de 1816, con asiento en Tucumán. Permaneció entonces entre nosotros la etapa más larga, hasta enero de 1819, cuando se le ordenó mover la fuerza hacia Santa Fe, para apoyar al gobierno central contra los caudillos. Tras dimitir el mando, regresaría en octubre de 1819. Estuvo hasta febrero de 1820. Ese mes partió, ya muy enfermo, a Buenos Aires, donde terminaría su vida el 20 de junio de 1820.

Escasos retratos

Sobre el aspecto y hábitos de este hombre tan allegado a Tucumán, los iconógrafos han establecido que sus retratos fieles y de época son apenas tres: las dos pinturas al óleo atribuidas a C. Carbonier y la miniatura de José Alejandro Boichard, todos ejecutados en Europa en 1815. Además, está la curiosidad de ese ojo izquierdo del prócer pintado minuciosamente sobre una plaquita de marfil y que se atribuye a otro artista francés, Juan Bautista Goulú.

El general Bartolomé Mitre, su máximo biógrafo, requirió testimonios de quienes lo habían conocido. Lo describe como hombre “de regular estatura, de ojos grandes, de color azul sombrío, de cabello rubio y sedoso, de color muy blanco y algo sonrosado “. Dice que su fisonomía “era bella y simpática, y el carácter que prevalecía en ella era el de una grave serenidad”. Su cabeza era “grande y bien moderada”. Tenía una nariz prominente, “fina y ligeramente aguileña, prolongándose su perfil en la dirección de la inclinación de la frente”. En cuanto a la boca, era “amable y discreta, y la barba ligeramente saliente y acentuada por un pliegue, indicaba en su conjunto una voluntad tranquila, sin violencia y sin debilidad”.

Contextura delicada

En los años de la guerra de la Independencia, la calvicie empezó a afectarlo, sí bien la disimulaba con ese peinado hacia delante que muestra el óleo de Carbonier. Belgrano era “escaso de barba, no usaba bigote y llevaba la patilla corta a la inglesa”. El viajero inglés Samuel Haigh dice que tenía “un fino aspecto italiano”. Su amigo José Celedonio Balbín cuenta que “tenía una fístula bajo un ojo, que no lo desfiguraba porque era casi imperceptible”, y que “su cara era más bien de alemán que de porteño”.

Cuando caminaba era difícil seguirlo, pues sus zancadas casi alcanzaban “la medida del paso gimnástico de los soldados”.

El general era de una “contextura delicada y su educación física no lo había preparado para los trabajos de la guerra”.

Rechazaba Balbín aquella afirmación del general José María Paz, de que regresó de Europa con hábitos de elegancia desusada. Asegura que “se presentaba aseado, como lo había conocido yo siempre, con una levita de paño azul con alamares de seda negra, que se usaba entonces, su espada y gorra militar de paño”.

Activo y vigilante

El general Tomás de Iriarte, en sus memorias, ofrece un testimonio sobre los días de Belgrano en nuestra entonces aldeana capital. Esa vida, narra, “era tan activa y vigilante como si estuviera acampado enfrente del enemigo. Una gran parte del día la destinaba al descanso; la otra, al estudio. Por la noche, no dormía; montaba a caballo acompañado de un ordenanza, recorría los cuarteles y patrullaba la ciudad, por ver si encontraba algún individuo del ejército. Sí tal sucedía, la corrección era fuerte, porque todos estaban obligados a dormir en La Ciudadela”.

Iriarte cuenta que lo acompañó “algunas veces en esas excursiones nocturnas”. Añade que “gustaba mucho de mi trato y solía invitarme a largas conferencias, en las que le daba mis ideas y noticias sobre el ejército español y sus principales jefes”. Esto porque Iriarte, aunque criollo, se había iniciado en la milicia en España. “Como yo entonces acababa de salir del seno de los liberales españoles, entre los que me había educado, los creía sinceros; pero Belgrano me repetía: ‘Desengáñese usted, amigo Iriarte, los liberales son tan enemigos nuestros, o más, que los mismos serviles’. El tenía razón, yo lo he conocido después”.

La vida social

El memorialista narra también que “por la mañana, era yo el único que lo acompañaba a almorzar; y entonces se presentaba el general Cruz (Francisco Fernández de la Cruz) a recibir órdenes; alguna vez que otra, entraba el coronel La Madrid (Gregorio Aráoz de la Madrid), que era su predilecto”. Y por la noche, después de comer con los edecanes del servicio, el general “iba a recrearse al jardín y sólo yo lo acompañaba: allí hablábamos del país, del estado de la guerra, y eran estas ocasiones cuando me favorecía confiándome sus secretos sobre asuntos tan importantes a la causa pública”. Iriarte le obsequió un galón dorado para que decorase su gorra en las fechas en que usaba el uniforme completo.

El general hacía vida social y se la fomentaba a los oficiales. “He establecido que vengan por días a mi casa los cuerpos, a emplear un par de horas en conversación”, narraba en carta a San Martín. De acuerdo a Balbín, “gustaba mucho del trato con señoras” y le confesó que “algo de lo que sabía lo había aprendido en sociedad con ellas”. Quería que los oficiales frecuentasen a las damas porque, decía, “en el trato con ellas los hombres se acostumbran a los modales finos y agradables, se hacen amables y sensibles”. Le parecía que quien disfruta esa compañía, “nunca puede ser un malvado”.

Danzas y amores

No desdeñaba asistir a las fiestas. Según testigos catamarqueños, le gustaba bailar “la condición”, y esa danza de una sola pareja con algo del minué y de la gavota era su preferida. Sabido es que, entre las casas que visitaba, estaba la de don Victoriano Helguero y su esposa María Manuela Liendo. Y que con una de sus hijas, María de los Dolores Helguero, tuvo un romance del que nació una hija, Manuela Mónica Belgrano, en 1818.

Se preocupaba por estimular la educación. Puso en marcha una escuela en Tucumán, y Juan Bautista Alberdi recordaba haber recibido allí las primeras letras. En diciembre de 1818, escribía a Tomás Guido que la escuela, con el sistema Lancaster, “también está establecida, y no me contentaré si para el 25 de mayo no tenemos 500 hombres, por lo menos, sabiendo leer y escribir”.

Se sostiene que vino a Tucumán en el primer carruaje tipo “volanta” que aquí se conoció. Pero en un acta del 25 de marzo de 1813, de la Hermandad Esclavitud del Santísimo Sacramento, el teniente de gobernador José Gascón informaba que su jefe Belgrano, “al coche tomado en la gloriosa defensa de esta ciudad, del mayor general del ejército enemigo D. Pío Tristán, lo ha donado para el servicio del Santísimo Sacramento, cuando va a suministrarse por Viático a los enfermos, u otras funciones de este mismo ministerio”.

Humilde casa

Cuando recién llegó a Tucumán, una tradición afirma que se habría alojado en el altillo de la casa que existía en el solar del hoy Teatro Mercedes Sosa. Pero en 1816 edificó, a un cuadra de La Ciudadela (allí acampaba parte del Ejército y otra parte en Lules), en un terreno del Cabildo, una humilde casa para alojarse.

Según Balbín, “era de techo de paja” y su ajuar consistía en “dos bancos de madera, una mesa ordinaria y un catre pequeño de campaña con delgado colchón que estaba siempre doblado”. El 16 de noviembre de ese año, el Cabildo le donó, “por su grande mérito”, esa “cuadra en circunferencia donde tiene labrada la casa para su habitación”. En 1884, el apoderado de su familia, Marcelino de la Rosa, expresaba que el predio “se encuentra al sur y a continuación de la Casa de Jesús”, edificio este donde luego instalaron su colegio inicial las Hermanas Esclavas. Al formarse la plaza Belgrano, le expropiaron una porción que dejó su traza irregular.

Enormemente austero en sus gastos, Balbín cuenta que “lo he visto tres o cuatro veces, en diferentes épocas, con las botas remendadas”, y que estaba por lo general corto de dinero: “muchas veces me mandó a pedir cien o doscientos pesos para comer”.

Adiós a Tucumán

En aquellos últimos meses tucumanos (octubre 1819 a febrero 1820) salía a caballo a la tarde, hasta que la hidropesía lo fue inmovilizando en la cama por ratos cada vez más largos. El Gobierno le debía años de sueldo y no se los pagaba. Es sabido que la noche del 11 de noviembre de 1819, el alzado Abraham González intentó arrestarlo, atropello que impidió el médico José Redhead.

“Yo quería a Tucumán como a la tierra de mi nacimiento, pero han sido aquí tan ingratos conmigo, que he determinado irme a morir a Buenos Aires, pues mi enfermedad se agrava cada día más”, confió a Balbín. Gracias a la generosidad de este, pudo partir en una galera, acompañado por Redhead, el capellán Villegas y sus dos fieles amigos y ex oficiales, los coroneles Gerónimo Helguera y Emidio Salvigni. En cada posta, lo bajaban cargándolo en brazos. Corría mayo cuando llegó a Buenos Aires para morir.

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