Casi balean a Pellegrini en Tucumán

En 1893, desde un cantón revolucionario estaban a punto de dispararle, cuando un grito detuvo la descarga.

27 May 2018 Por Carlos Páez de la Torre H

Al gran estadista Carlos Pellegrini (1846-1906), le tocó estar en Tucumán en circunstancias dramáticas, que inclusive pusieron en imprevisto riesgo su vida. Ocurrió en 1893, después de haber terminado su presidencia de la República. Como se sabe, ese año, un golpe revolucionario derrocó, tras varios días del tiroteo entre el 7 y el 21 de setiembre, al gobernador de Tucumán, doctor Próspero García.

Alzamientos similares habían estallado, entre julio y agosto de ese año, en la provincia de Buenos Aires, en Corrientes, en Santa Fe y en San Luis. Obra todos de la Unión Cívica Radical, eran expresión de la abierta rebeldía de ese partido contra la presidencia de Luis Sáenz Peña y en reclamo de la pureza del sufragio.

Una sedición

Alguna vez nos hemos ocupado en detalle del episodio. Al empezar las hostilidades, García había logrado más o menos controlarlas con el piquete provincial. Había llegado el Regimiento 11 de Línea que, de acuerdo a instrucciones del Ministerio del Interior, se limitaba a custodiar los edificios federales sin intervenir en el conflicto. Pero sucedió que, posteriormente, los oficiales de esa unidad militar –muchos de ellos radicales- se sublevaron contra su jefe, coronel Ramón Bravo, acusándolo de favorecer a García, y se pasaron a los revolucionarios.

Esto quitó al gobernador toda posibilidad de resistir. Fue depuesto por una Junta Revolucionaria que designó gobernador al doctor Eugenio Méndez, y ministros a los doctores Martín S. Berho y Manuel Paz. Fue entonces cuando el Gobierno Nacional consideró que se encontraba ante una sedición. El ministro del interior, doctor Manuel Quintana, dispuso sofocarla sin pérdida de tiempo. Envió entonces una fuerza militar para que reprimiera el alzamiento con toda la violencia necesaria.

Imponente fuerza

El encargado fue el general Francisco M. Bosch, al mando de una división de 1.200 hombres, armada hasta con baterías de cañones. Era la primera vez que, desde la Organización Nacional, rumbeaba a Tucumán un contingente militar de tanta magnitud.

Carlos Pellegrini, presidente del Banco Hipotecario Nacional, en ese momento no desempeñaba cargos políticos, pero tenía un enorme prestigio. Eso lo llevó a apoyar personalmente una acción que buscaba sostener el gobierno frente a la insurrección de los radicales. Se convirtió así, en jefe civil del contingente, cuyo mando compartía con su gran amigo el general Bosch.

En su conocida semblanza de Pellegrini en “Los que pasaban”, decía Paul Groussac que “no se ha borrado del recuerdo popular su arriesgada expedición a Tucumán, por entre poblaciones hostiles que habían destruido la vía férrea, y llevando a sus órdenes la división de Bosch que ambos jefes, civil y militar, sentían corroída por el virus sedicioso y dispuesta a sublevarse, al modo de un arma oxidada que se teme haga explosión en la primera descarga”.

Pellegrini cabalga

Bosch, Pellegrini y las tropas llegaron a Tucumán en varios trenes, donde viajaban soldados, cañones y caballos, el 25 de setiembre. Descendieron en Alderetes, y desde allí se prepararon a avanzar sobre la Cárcel Penitenciaría, ubicada entonces en la esquina de 25 de Mayo y avenida Sarmiento. En ese local funcionaba el cuartel general de los revolucionarios radicales.

Según testimonios de la época, Pellegrini procedió a montar un caballo rosillo, que le prestó don Mateo Mendilaharzu. A su lado, cabalgaba un flamante abogado tucumano, Ernesto Padilla. Sin sospechar que una década más tarde sería gobernador, Padilla también había querido acompañar al contingente de Bosch. Cuando los soldados iniciaron el avance, Pellegrini resolvió que Padilla, como conocedor del terreno, fuese indicando el camino a la columna. El general Bosch era un militar renombrado por su severidad y por la forma tajante y resuelta que utilizaba para solucionar cualquier conflicto.

Cañonazos y fin

Así, de llegada, lanzó un cañonazo anunciando a los revolucionarios que entraba en acción. Por cierto que no podía compararse, de manera alguna, la potencia de la fuerza recién llegada con los rifleros acantonados en la Penitenciaría. En realidad, el tiroteo se prolongó solamente por una escasa media hora.

Los nuevos cañonazos de Bosch habían abierto grandes boquetes en los paredones de la Penitenciaría, y los revolucionarios optaron por alzar bandera blanca de rendición. Hubo un pequeño conflicto sobre quién entraba primero al penal: si Bosch, como general en jefe, o el coronel Pedro Toscano, quien invocaba su condición de tucumano.

El asunto se resolvió con la intervención de Pellegrini, quien fue finalmente el primero en ingresar. Las autoridades presas, encabezadas por el gobernador García, fueron liberadas de inmediato. Bosch puso en prisión a todos los cabecillas revolucionarios rendidos y a los que pudo atrapar en las calles. El grupo acantonado en la finca de Augusto Alurralde, en el Alto de la Pólvora, fue rápidamente sometido. Además, el general envió soldados con orden de arrestar a los oficiales rebeldes del 11 de Línea, que habian huído hacia todos los rumbos de la región.

¡No tiren!

Zanjado el asunto, Pellegrini, Padilla y otros acompañantes avanzaron a caballo desde la avenida Sarmiento y 25 de Mayo, rumbo al Cabildo que, como se sabe, se alzaba donde hoy está la Casa de Gobierno. No sabían que los apostados en algunos de los varios cantones revolucionarios, todavía no estaban enterados de la rendición y continuaban con los fusiles aprestados.

Uno de esos cantones permanecía alerta en una azotea de calle San Juan. Cuando vieron avanzar al grupo de jinetes, lo apuntaron con los fusiles, dispuestos a disparar. Fue en ese momento que uno de los revolucionarios, Clímaco de la Peña, reconoció a la distancia a Padilla. “¡No tiren, es Ernesto Padilla!”, gritó entonces a sus compañeros, quienes sacaron entonces el dedo de los gatillos.

De esa manera, vino a evitarse una descarga que, muy probablemente, hubiese dado muerte tanto a Padilla como al famoso Carlos Pellegrini que tan confiado avanzaba hacia el centro de Tucumán.

Después

El ex presidente estuvo muy poco tiempo. Bosch asumió el mando de la provincia y, pocos días más tarde, el 28, lo delegó en el coronel Salvador Tula. Hecho esto, partió con Pellegrini y las tropas rumbo a Santa Fe, donde restablecería velozmente la normalidad. En el informe titulado “La campaña de los diez días”, que se publicó en “La Nación”, Bosch proporcionaría un amplio informe de su éxito en la misión que se le había confiado.

En cuanto a la situación de Tucumán, la provincia estuvo varios meses bajo el extraño régimen de ocupación militar. Recién al terminar diciembre el Congreso sancionó la ley de intervención federal a la provincia, misión que se puso a cargo del doctor Domingo T. Pérez.

Pellegrini sería elegido senador nacional por Buenos Aires en 1895. Es conocido que en 1901 se produjo su ruptura con el general Julio Argentino Roca. La situación lo transformó en un tenaz enemigo de la política de este, a quien empezó a combatir abiertamente. Claro que no pudo evitar que el tucumano neutralizara sus propósitos de ser elegido presidente por la “Convención de notables” de 1903. Tres años después volvería al Congreso como diputado, ya con su salud carcomida por la dolencia que clausuró su vida en 1906.

Pellegrini tenía varios amigos políticos en Tucumán, entre ellos el doctor José Frías Silva y Pedro Alurralde. Hemos consultado muchas cartas que envió a este último, donde exponía con franqueza propósitos que la muerte le impidió concretar.

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