28 Mayo 2004 Seguir en 
El diálogo es un alimento esencial de la democracia, y todo lo que lo perturbe representa una conspiración contra su vigencia plena. Esa debe ser una conclusión lógica de la severa homilía del cardenal primado, monseñor Jorge Bergoglio, en ocasión del 25 de Mayo. "Nos hallamos en nuestros discursos y contradiscursos, dispuestos a acusar a los otros antes que a revisar lo propio", expresó el prelado como centro de una reflexión sobre nuestra crisis de valores, donde el protagonismo de la clase política ha sido dominante y la tolerancia de la sociedad, por indiferencia o tolerancia, factor coadyuvante. "O elegimos el espejismo de la adhesión a la mediocridad que nos enceguece y nos esclaviza -es la alternativa ineludible- o nos miramos en el espejo de la historia, asumiendo también todas sus oscuridades y antivalores, con nombre y apellido". Hacía mucho tiempo que no se escuchaba un pensamiento tan testimonial sobre el prolongado proceso de descomposición de nuestra vida pública. "No pocas veces, -expresó igualmente monseñor Bergoglio- el mundo mira asombrado un país como el nuestro, lleno de posibilidades, que se pierde en posturas y crisis emergentes, y no profundiza en sus hendiduras sociales, culturales y espirituales; que no trata de comprender las causas, que se desentiende del futuro".
Un orden forzoso de destinatarios señala a quienes desempeñan los poderes máximos de la Nación, siguiendo los órdenes jerárquicos de la política y las dirigencias con gravitación en las decisiones públicas. No es el actual gobierno federal el responsable mayor de la encrucijada histórica, pero sí el más inmediato para superarla, procurando convocar al esfuerzo común sin persistir en confrontaciones más propias del pensamiento único que de una causa genuinamente republicana. "Lo sabio -se ha señalado en la homilía del día patrio- es añejamiento de vida donde campean la prudencia, la capacidad de comprensión, el sentido de pertenencia. Lo ilustrado, en cambio, puede correr el riesgo de dejarse empapar de ideologías, no de ideas, de prejuicios, de facciosidad". Consecuencia de ese estilo cerril de hacer política a partir de la seducción corruptora del poder mediante la demagogia o el dinero público; es el desprestigio de las dirigencias que vanamente tratan de desprenderse de un pasado del que fueron parte, sin advertir que el juicio de la sociedad, escasa en líderes, ha comenzado a ser fuertemente contestatario.
El pueblo tiene esperanzas, como se ha dicho en ese mensaje, "pero no se deja ilusionar con soluciones mágicas nacidas en oscuras componendas y presiones del poder. No lo confunden los discursos; se va cansando de la narcosis del vértigo, del consumismo, el exhibicionismo y los anuncios estridentes". Por cierto que la creencia en las instituciones de la Constitución y la militancia en ellas es el mejor testimonio de un sentimiento patrio, donde la convivencia y el rechazo de la intolerancia son valores irrenunciables. Mas, así lo deben asumir y hacerlo evidente en sus decisiones y palabras quienes tienen las responsabilidades de gobierno, a partir del Presidente, cuya investidura no sólo es formal, sino ética y moral, por representar los intereses de toda la sociedad y no tan solo de una parte. La autocrítica, sin necesidad de renunciar a la dignidad de la función, es una exigencia que todo gobernante debe aceptar ante el pueblo que lo reconoce. Sin su cumplimiento es muy difícil, seguramente imposible, como en tantas ocasiones quedó demostrado, enfrentar con éxito los graves problemas que agobian a la República y demandan proyectos claros, previsibles, que exijan continuidad y compromiso de todos los actores de la sociedad.
Un orden forzoso de destinatarios señala a quienes desempeñan los poderes máximos de la Nación, siguiendo los órdenes jerárquicos de la política y las dirigencias con gravitación en las decisiones públicas. No es el actual gobierno federal el responsable mayor de la encrucijada histórica, pero sí el más inmediato para superarla, procurando convocar al esfuerzo común sin persistir en confrontaciones más propias del pensamiento único que de una causa genuinamente republicana. "Lo sabio -se ha señalado en la homilía del día patrio- es añejamiento de vida donde campean la prudencia, la capacidad de comprensión, el sentido de pertenencia. Lo ilustrado, en cambio, puede correr el riesgo de dejarse empapar de ideologías, no de ideas, de prejuicios, de facciosidad". Consecuencia de ese estilo cerril de hacer política a partir de la seducción corruptora del poder mediante la demagogia o el dinero público; es el desprestigio de las dirigencias que vanamente tratan de desprenderse de un pasado del que fueron parte, sin advertir que el juicio de la sociedad, escasa en líderes, ha comenzado a ser fuertemente contestatario.
El pueblo tiene esperanzas, como se ha dicho en ese mensaje, "pero no se deja ilusionar con soluciones mágicas nacidas en oscuras componendas y presiones del poder. No lo confunden los discursos; se va cansando de la narcosis del vértigo, del consumismo, el exhibicionismo y los anuncios estridentes". Por cierto que la creencia en las instituciones de la Constitución y la militancia en ellas es el mejor testimonio de un sentimiento patrio, donde la convivencia y el rechazo de la intolerancia son valores irrenunciables. Mas, así lo deben asumir y hacerlo evidente en sus decisiones y palabras quienes tienen las responsabilidades de gobierno, a partir del Presidente, cuya investidura no sólo es formal, sino ética y moral, por representar los intereses de toda la sociedad y no tan solo de una parte. La autocrítica, sin necesidad de renunciar a la dignidad de la función, es una exigencia que todo gobernante debe aceptar ante el pueblo que lo reconoce. Sin su cumplimiento es muy difícil, seguramente imposible, como en tantas ocasiones quedó demostrado, enfrentar con éxito los graves problemas que agobian a la República y demandan proyectos claros, previsibles, que exijan continuidad y compromiso de todos los actores de la sociedad.







