Manuel Rosenthal, el último discípulo de Maurice Ravel

Recuerdo del encuentro con el prestigioso director y compositor francés que tuvo lugar en París hace 20 años.

22 May 2018 Por Roberto Espinosa

> Una vida inolvidable

De preso nazi a conductor de orquesta 
Manuel Rosenthal nació en París el 18 de junio de 1904 y murió el 5 de junio de 2003, pocos días antes de cumplir 99 años. En 1928 obtuvo el Premio Blumenthal. En 1940, durante la Segunda Guerra Mundial, fue hecho prisionero por los nazis. Tras su liberación en 1944, se convirtió en el director titular de la Orquesta Nacional de París. Luego condujo la Orquesta Sinfónica de Seattle y la de Lieja, y fue profesor en el Conservatorio de París. Compuso óperas, ballets, piezas para orquesta, obras para piano y corales, música de cámara y piezas para voz y piano. Es autor del libro “Ravel”.


1998. Abraza con la sonrisa. Serena, cálida, la voz me da la mano en la mañana parisina de ese lunes 23 de marzo. La simpatía en sol mayor de una cantante lírica retirada, su esposa, me saluda. El aroma a café persuade hasta al más flemático. Una hora antes, mi amigo Yves Haguenauer me ha comentado que su famoso vecino vive al lado de su casa, en la Rue Moulin des Prés. Acuerda una cita y una hora después, el músico nos abre la puerta. De solo pensar que conversaré con un prestigioso director orquestal francés, compositor y el último discípulo de Maurice Ravel, me emociono. Sus 93 años titilan en el pentagrama de los recuerdos, al escuchar la palabra Argentina, un lugar donde Manuel Rosenthal ha sido feliz en el despertar de la década de 1950. El afecto y admiración por el autor del “Bolero” se reflejan en el libro sobre su maestro que escribió años después, y que preside un pequeño escritorio de la sala.

- ¿Cómo se gestó su romance con Buenos Aires?

- Di conciertos en el teatro Colón, a través de la Sociedad Wagneriana y tenía un departamento a mi disposición en la avenida Corrientes. Ello fue en la temporada comprendida entre 1950 y 1955. Los recuerdos de Buenos Aires comienzan con una aventura curiosa. Había sido contratado por el empresario Bernardo Iriberri que tenía una gran casa de música y una agencia de conciertos. En ese momento yo estaba en los Estados Unidos. Tuve que enfrentar una nueva orquesta y la hice tocar durante 30 minutos para saber qué se podía hacer. No me gustó mucho. Estaba contratado por 12 conciertos. Me parecía que debía ser sincero y fui a hablar con Iriberri para decirle: “Contrate otro director porque no soy la persona adecuada para dirigir esta orquesta”. Entonces él me dijo: “¡Ah!, estoy contento de verlo porque acabo de recibir la visita de la comisión de la orquesta y están muy contentos con usted”. Finalmente fue todo formidable porque dimos un concierto magnífico, a tal punto que hubo una cosa muy rara. Luego del ciclo, Iriberri me dijo si podía quedarme para dirigir uno más porque la orquesta se lo había pedido y ella misma me pagaría mi cachet. Acepté con la condición de que tocáramos una obra que no hubiese sido antes interpretada en Buenos Aires. Tocamos una partitura muy difícil: La consagración de la primavera, de Igor Stravinsky. Y fue un gran suceso que tuve que salir a saludar 25 veces. Fue extraordinario.

- ¿Conoció a algún compositor argentino?

- A Alberto Ginastera (mi mujer cantó sus canciones en el salón de Ediciones Ricordi), a un violonchelista formidable, cuyo nombre ya he olvidado; había ganado una beca de Evita Perón para venir a estudiar a Francia y tenía mucho talento. También conocí a un crítico de un diario importante que se llamaba Roberto García Morillo y me hice de muchos amigos en la Argentina.

- ¿En qué circunstancias conoció a Ravel?

- Mi encuentro con él fue azaroso; yo tenía 18 años. Cuando edité mis primeras obras no estaba seguro de tener realmente un talento compositivo. Entonces envié estas piezas para piano a Darius Milhaud, a Albert Roussel y a otros músicos; me contestaron muy gentilmente, pero Ravel nada y naturalmente, era el que más me interesaba. Pasaron dos años y tuve que hacer el servicio militar. Un día que tenía permiso, un pianista amigo me invita a cenar. Fui a su casa pero no estaba. Espero media hora, 45 minutos, una hora… Entonces dije: “Se olvidó”. Y cuando me iba a ir, él llegó muy agitado. “A la siesta estuve en Montfort-l’Amaury -la casa de Ravel, a 40 kilómetros de París- porque tenía que acompañar a una cantante en unas melodías de él. Y luego del ensayo, Ravel nos dijo si queríamos quedarnos a cenar. Entonces le dije que no podía porque había invitado a un joven músico. Ravel me preguntó quién era. Le dije que nadie lo conocía y como él insistía, entonces le dije: Manuel Rosenthal. ‘¡Ah!’ -dijo Ravel-, tengo que pedirle disculpas porque me envió unas obras de piano y una carta que perdí. Pero dígale que está muy dotado, pero que debe trabajar más’”. Yo no tocaba el piano, pero sí el violín.

- ¿Qué enseñanzas le dejó?

- Ravel me enseñó no solo composición, sino cómo ser alguien, cómo ser un artista y una persona. Él era tolerante, justo, tenía un buen corazón, sufría mucho con las injusticias, por los pobres... No era tímido, sino reservado; hablaba mucho conmigo, escuchaba a los otros. Tenía una vida afectiva mediocre y desdichada. Un día, paseando por Auteuil, me dijo: “Un artista debe ser muy prudente antes de decidir casarse porque está incesantemente preocupado por su labor creativa y eso puede no ser divertido para su compañera. Por eso hay que pensar bien si uno se quiere casar”.

- ¿Existió realmente una enemistad o un enfrentamiento con Claude Debussy?

- Ambos se admiraban mutuamente. Debussy era mayor que Ravel. Se veían muy poco y un día le pregunté si estaban enojados y él me dijo: “No. Los otros son los que están enojados: los debussystas y los ravelianos”. En otra ocasión lo escuché decir que el único fragmento de música perfecto era el “Preludio a la siesta del fauno”. Ravel era admirador de Schumann, Chopin, Mozart y Liszt, no así de Beethoven o de Bach. Con Gershwin tuvo un simpático encuentro. Se habían conocido cuando Ravel fue a Estados Unidos en 1928. Gershwin le pidió que le diera clases, entonces le respondió: “Usted está en un error, es mejor que haga un buen Gershwin y no un mal Ravel, que es lo que le sucederá si trabaja conmigo. Soy yo el que debería tomar clases con usted para saber cómo se gana tanto dinero haciendo música”.

- Usted vivió una época gloriosa de notables artistas franceses como Erik Satie, François Poulenc o Milhaud…

- Satie era un hombre difícil; tuvo una influencia enorme en Ravel, en Milhaud y especialmente, en Debussy. Poulenc provenía de una familia muy rica, particularmente su tío. Tenían un castillo en Touraine y un departamento en París. Poulenc era muy amarrete (se ríe). Siempre se las ingeniaba para tomar un taxi con un amigo y cuando había que pagar se excusaba diciendo que solo tenía billetes grandes, de 10.000 francos. A Milhaud lo conocí hasta el fin de su vida; su mujer fue una gran amiga.

- Marguerite Long le estrenó a Ravel varias obras para piano. ¿La frecuentó? También usted estudió con Nadia Boulanger…

- A Long la conocí personalmente; ella parecía una persona muy interesada... Boulanger, en cambio, tenía una enorme influencia, era una música formidable. Todos los miércoles había un té en su casa de tres horas, en la Rue Ballu. Había una gran mesa con té, chocolate, café y siempre había jóvenes músicos que sabían que no tenían necesidad de estar recomendados. Uno iba los miércoles, se presentaba a Nadia. Allí conocí a Igor Markevitch, Jean Françaix... Ella tenía un grupo coral que interpretaba a Monteverdi... Era un centro musical muy importante, venían de todos los países a estudiar con ella. Esos miércoles también servían para encontrarse con otros.

- ¿Cómo fue su debut en la dirección orquestal?

- Me convertí en director a causa de Ravel. Yo no tenía interés en ese momento en convertirme en director. Quería ser compositor. En 1928, Ravel me aconsejó dar un concierto con mis obras y las suyas. En el primer ensayo, todo iba bien, nada catastrófico. Luego descendí del estrado y me encontré con Désiré-Emile Inghelbrecht, quien fundó en 1934 la Orquesta Nacional de Francia. Y me preguntó: “¿Hace cuánto tiempo dirige?”. “Desde hace una hora”, le respondí. “¡Felicitaciones! Usted es muy talentoso”, me dijo. Cuatro años después me convertí en su asistente.

- Webern, Schoenberg, Berg, ¿la música llamada contemporánea lo atrajo en algún momento?

- La música serial ya pasó, hay un retorno a la armonía, a la melodía necesario. Henri Dutilleux prosiguió con un lenguaje tonal.

- ¿De qué habla su música?

- Mi música es muy libre; hay de todo. El minimalismo no me gusta. Ya no compongo más porque no veo bien, tengo problemas en mi retina, necesito una lupa para leer o escribir. Antes era muy difícil la composición; siempre solo delante del piano, en la mesa. Y luego para escuchar lo que se escribe hay que disponer de una orquesta, de un teatro, se necesitaban muchas cosas. Ahora hay discos, casetes, está el cine, hay sintetizadores…

- Ravel y Debussy en pocas palabras.

- El don esencial de Ravel era saber expresar siempre una inmensa ternura. Creo que Ravel era el músico de la ternura, Debussy el músico enamorado, violento, desconfiado, celoso. En toda su música, en todas las épocas de su vida, se encuentra en Ravel esos arranques de ternura exquisita. Como todos tuvo enfermedades, pasó por la guerra, tuvo la pena de perder a sus padres, a sus amigos, pero la ternura jamás lo abandonó.


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