¡El enano no se rinde!

13 May 2018 Por Roberto Espinosa

TEMA LIBRE

Ser y parecer. Parecer y no ser. Ser y dejar de ser. Creer que se era y descubrir que ya no se es. ¿Soy porque los otros me dan credibilidad o por lo que soy? Seguramente, algunas de estas preguntas filosóficas deben estar aún planteándose él y sus habitantes, luego que de un plumazo y tras largas horas de debate, ellos, con total insensibilidad, decidieron en 2006 quitarle el estatus dignamente ganado a través de 76 años. Al fin y al cabo, sigue siendo un dios, aunque no goce de prestigio y sea temido por todos los humanos, porque como dice el tango, “en el horno se encontramo”.

Él admite que su tarea siempre fue muy desagradable -y lo sigue siendo- pero alguien tiene que hacerse cargo de ella. No es fácil lidiar con las almas en queja en los sótanos de la oscuridad. Es consciente de que es el albacea de la muerte. Por eso se sentía cómodo reinando en el fondo del universo, como el Amadeo Carrizo atajando los penales de la vida.

Luego vinieron las reivindicaciones. Apareció en libros científicos en los manuales de las escuelas; los astrónomos se ocupaban esporádicamente de él, y pese a que poco lo tenían en cuenta porque la mayor atención estaba centrada en sus otros colegas, se sentía cómodo navegando sobre el ombligo de los agujeros negros. Los astrólogos comenzaron a interesarse por él; consideraron que tenía injerencia en el curso de los acontecimientos terrestres y en el destino de los escorpiones y de los escorpianos.

Siempre altaneros, los humanos decretaron que en su reino no había vida. Ignoraban que esos seres gaseosos que lo habitaban también buscaban un lugar bajo el sol o bajo la luz, que era, por cierto, exageradamente escasa, casi nula. Como los hombres, también luchaban por tener estatus. Había, por ejemplo, gasiferitos que pasaban su existencia tratando de vivir en un country volátil, mientras otros soñaban con adquirir una estufita porque estaban hartos del frío y de la inconsistencia de las cosas. A las palabras no se las llevaba el viento, sino los gases.

Amuleto de los flatulentos, lo calificaban a menudo como oscuro, frío, distante, extremo, pequeño, sombrío, pero degradarlo a enano, ¡ya era un exceso! Que le dijeran que era un vividor porque usaba la órbita de su hermano Neptuno para dar la vuelta al Sol, le parecía una profunda falta de respeto. Tal vez, algunos de los pocos que festejaron esta pérdida de estatus fueron Blancanieves y los siete enanitos... ¡Pero al perro de Disney no le hizo mucha gracia! Quería creer que no todos iban a quedarse en silencio y aguardaba con esperanza masivas manifestaciones de protestas de escorpianos y de adivinos en todo el planeta Tierra.

Pensó que una cosa es descender de estatus por decisión propia y otra que sean unos pocos autoritarios impertinentes quienes lo decidan. “Pobres humanos, que luchan más por el parecer que por el ser, y creen que sólo el dinero es el que nos da estatus y poder en la vida. Sería bueno que el amor, la dignidad, la decencia, el honor y el conocimiento fueran los valores dominantes. Al fin y al cabo, nada material pueden llevarse ellos cuando descienden al reino de mi mundo. En febrero he soplado 88 velitas desde que el cumpa Clyde Tombaugh se dio cuenta de que existía. Los astrólogos no se animaron a cepillarme… claro, la estantería se les venía abajo. ¡Vayan sabiendo que este enano no se rinde…! Si arrastré por este mundo la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser...”, se consoló Plutón, el troesma del infierno, con la indignación cuesta abajo en este cambalache de la humanidad.

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