Dos maneas hechas con piel humana

Profanación de los cadáveres de Genaro Berón de Astrada, en 1839, y de Marco Avellaneda, en 1841.

06 May 2018

Durante casi todo el siglo XIX, la hoy República Argentina estuvo atravesada por luchas cargadas de impresionante encono: ya Joaquín V. González habló de la “ley del odio” como constante de nuestro pasado. Primero fueron los patriotas contra los realistas, después los unitarios contra los federales y después los confederados contra los porteñistas. Todos estos enfrentamientos, no se ignora, costaron mucha sangre. Mirando con cierta detención la forma en que se expresaron, aparecen, a los ojos del lector contemporáneo, horripilantes rasgos de crueldad. Los practicaron ambos bandos, sin excepción.

En estas líneas, nos interesa enfocar la lupa en solamente dos de ellos. Uno acaeció en 1838, en Pago Largo, Corrientes, y su víctima fue el coronel Genaro Berón de Astrada. El otro ocurrió en 1841, en Metán, Salta, y su víctima fue el doctor Marco Manuel de Avellaneda.

A ambos casos está vinculado cierto elemento ancestral del ajuar del jinete criollo: la manea. Se trata de “una pieza de cuero que sirve para abrazar y mantener juntas las manos o las patas traseras de la cabalgadura o de otro animal, a fin de que no se escape”, según define con precisión el “Diccionario de argentinismos”, de Diego Abad de Santillán.

Berón de Astrada

El coronel Genaro Berón de Astrada tenía 34 años en 1838, cuando asumió el gobierno de Corrientes y luego se plantó frente al todopoderoso Juan Manuel de Rosas. Su provincia retiró al dictador porteño el manejo de las relaciones exteriores. Berón de Astrada iba más allá: tenía el propósito de derrocarlo.

Firmó un tratado con Fructuoso Rivera, presidente del Estado Oriental, y luego acordó con este que tropas uruguayas y correntinas empezarían por batir al gobernador rosista de Entre Ríos, Pascual Echagüe. Quedó convenido que Berón de Astrada avanzaría con su ejército hasta la frontera entrerriana y que Rivera atacaría por la retaguardia. Pero Rivera no cumplió ese movimiento. Entonces Echagüe, reforzado por Justo José de Urquiza, se lanzó contra el jefe de Corrientes con un impresionante ejército de 6.000 soldados.

El encuentro fue en Pago Largo, el 31 de marzo de 1839. En una sangrienta y larga batalla librada bajo un sol de fuego, los correntinos fueron derrotados. Quedaron muertos unos 1.900 de sus hombres, de los cuales más de 800 fueron bárbaramente degollados.

Las versiones

Berón de Astrada cayó ultimado a lanzazos. A su cadáver le sacaron una lonja de piel de la espalda y con ella hicieron una manea que, ornamentada con argollas y virolas de plata, fue regalada a Juan Manuel de Rosas, según el historiador Manuel Mantilla. En un detenido artículo sobre Pago Largo, ha compilado Antonio Castello las versiones sobre este acto de barbarie.

Según algunos, fue obra del oficial Calventos. Según otros, del coronel jujeño Bárcena, y no faltó quien afirmara que el autor tenía órdenes de Urquiza. Diez años después, en 1849, el luego vencedor de Caseros, en conversación -editada en folleto- con el coronel Ángel Elías, negó indignado toda participación en aquella salvajada. Afirmaba que no se hizo ninguna manea, sino que un soldado -por su cuenta y sin que nadie se lo mandara- arrancó la piel de Berón de Astrada y la puso en el pescuezo de su caballo. Inclusive, como el soldado seguía a sus órdenes, lo interrogó en presencia de Elías para corroborar su versión. Agregaba Urquiza que él se enteró del asunto tres días después de la batalla, y que esa piel “no hace mucho que se conservaba en Gualeguaychú, en casa de D.N. (¿?) en el cajón de una cómoda...”

Marco Avellaneda

El doctor Marco Manuel de Avellaneda, nacido en Catamarca, se había afincado en Tucumán hacia 1834. Tenía 27 años en 1840 y era presidente de la Sala de Representantes cuando ésta decidió quitar a Juan Manuel de Rosas la representación de las relaciones exteriores. Esa actitud, como se sabe, fue el origen de la Liga del Norte contra Rosas, integrada por Tucumán, Salta, Jujuy, Catamarca y La Rioja. El dictador porteño envió al general Manuel Oribe para sofocarla, y la coalición terminó aplastada en las sucesivas victorias federales de Quebracho Herrado, de Famaillá y de Rodeo del Medio.

Luego del contraste de Famaillá, Avellaneda intentó escapar a Bolivia. Pero fue traicionado y entregado a Oribe, quien lo hizo degollar en su campamento de Metán, sin forma alguna de juicio, el 3 de octubre de 1841, junto con los oficiales José María Vilela, Lucio Casas, Gabriel Suárez, José Espejo y Leonardo Souza.

“Quiero una manea”

Otras veces hemos reproducido el testimonio que el coronel García, del ejército de Oribe, asentó horrorizado en su diario personal. Narraba que “seis soldado con sus cuchillos en mano les cortaron la cabeza estando de pie; los cuerpos cayeron, el de Avellaneda, con la cabeza completamente separada, se afirmó las manos apenas cayó y por largo rato estuvo como quien anda a gatas. Mientras tanto, la cabeza separada y tomada por un soldado de los cabellos, hacía las más extrañas gesticulaciones: los ojos se abrían y cerraban girando de izquierda a derecha y viceversa y echando de frente, sin apagarse, mientras el labio inferior se colocaba muchas veces debajo de los dientes, con un movimiento natural y poco forzado, como cuando la idea nos hace contraer de ese modo la boca”.

El relato sigue. “La cabeza vivió de este modo doce minutos y el cuerpo del mismo, después de estar inmóvil, presentó otro fenómeno de vitalidad. Un tal Bernardino Olid, capitán allegado al general Oribe y uno de los hombres más feroces y carniceros, sacó el cuchillo y observando la blancura y delicada cutis de Avellaneda, de este cuero, dijo, quiero una manea, y dando un tajo todo a lo largo del cuerpo del decapitado señaló la piel, haciendo correr por el lomo lentamente el cuchillo”.

Para Oribe

Entonces, “el cadáver se enderezó nuevamente apoyado en la palma de las manos y hasta donde le es posible un hombre vivo levantarse en esa actitud, se mantuvo por más de tres minutos; finalmente Olid corrió nuevamente el cuchillo y sacó la lonja para la manea; el cadáver y ya no se movió”.

En nota de García al pie de su texto, apunta que “la manea fue sobada, le colocó una argolla de plata en las marchas, e hizo presente de ella al general Oribe, y no aceptándola este, le mandó conservarla mucho aplaudiendo la idea”.

El testimonio de Adolfo Esteban Carranza que cita José María Ramos Mejía en “Rosas y su tiempo”, narra que Olid se paseaba por la plaza de Tucumán “sobando una lonja que decía era sacada de la espalda de ese salvaje”.

Muchos años después, desde Montevideo, Domingo Faustino Sarmiento informaba que hacía diligencias para adquirir “el fiador y la manea de cuero que se encuentra en poder de Bernardino Oliden, jefe político de Maldonado, a fin de mandarlos al Museo de París para vergüenza de los sostenedores de Rosas”. El doctor Juan M. Méndez Avellaneda, en su excelente obra de 1977, “Alejandro Heredia I. Marco Avellaneda II”, se ocupa de este asunto con detalle. Comenta que, cuando terminaba su libro, le llegaron rumores de que la macabra manea había vuelto a Tucumán.

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