Aprender a argumentar ayuda a ser científico, pero también a buscar soluciones no violentas

Conviene empezar muy temprano, con los niños, la enseñanza del pensamiento crítico. Formar docentes y estimular alumnos.

18 Abr 2018 Por Claudia Nicolini
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CONSTRUYENDO ARGUMENTOS. De entre las tareas del equipo que dirige Padilla se destaca el libro para el Taller de comprensión y producción textual. LA GACETA / FOTO DE JOSÉ NUNO.-

¿Para qué sirve investigar en Letras? Para cambiar la sociedad a través de la palabra bien puede ser una respuesta.

Constanza Padilla es, entre muchas otras funciones, profesora titular de Lengua Española, materia fundamental de primer año de Letras y no sólo por su contenido: la pone en contacto con jóvenes que comienzan a definir su futuro profesional. Y si bien iniciar una carrera no significa que “la suerte está echada”, la sensación de fracaso de quien debe abandonar a veces parece indicarlo. El equipo que dirige constata a diario las dificultades de los estudiantes universitarios para no limitarse a reproducir casi en automático lo que les dicen. “Y eso dificulta la construcción genuina de saberes científicos”, afirma. Es indispensable que sean capaces de utilizar argumentos y desarrollar pensamiento crítico, añade, pero -destaca- con frecuencia eso no ocurre. “Y es una pena, porque no sólo lo necesitan para llevar adelante sus estudios. El pensamiento crítico y su puesta en práctica, la argumentación, permiten visibilizar problemas, entenderlos y buscar soluciones desde la palabra”, explica.

En muchos casos el problema viene desde la secundaria; incluso antes. “Pero también es fundamental que los docentes no seamos dogmáticos, y no obturemos su capacidad de pensar”, reflexiona. Y con fundamento: una encuesta a los alumnos obtuvo respuestas como estas: Es sabido que si uno se atreve a contradecir a un profesor lo más probable es que no apruebe la materia. // Se corre la voz sobre cuál profesor toma las diferencias como un aporte y cuál como una amenaza a su autoridad. // Prefiero callar porque el discurso que circula en la Facultad, contrariamente a lo que se pretende, no admite réplicas... prefiero evitar el choque.

Aprender haciendo

Desde 2005 Padilla también está a cargo del Taller de comprensión y producción textual, otra de las asignaturas de primer año, con el que se intenta revertir estas dificultades (de estudiantes y de docentes) que están relacionadas -aunque pueda parecer exagerado- con los modos de alfabetización.

Pero no es exagerado: alfabetización es la adquisición de la lectura y la escritura. “Para las concepciones neoconductistas es sólo enseñar a decodificar: saber a qué sonidos corresponde cuál letra; y la comprensión del texto se da por añadidura -señala-. Pero leer y escribir son más que eso: son prácticas sociales que dependen de contextos significativos”.

Entonces, podemos hablar de alfabetización inicial, académica, digital... El mundo y sus códigos son cambiantes; todos estamos, todo el tiempo, alfabetizándonos.

Mover el mundo

De todos los aspectos que esta definición incluye, lo que más le preocupa -insiste- son las dificultades para la argumentación y destaca que el punto de partida es dejar claro “de qué hablamos cuando hablamos de argumentación”, porque hay que funcionar en un mundo de puntos de vista diferentes, de prejuicios -incluidos los no conscientes-, de pasiones que dificultan los procesos racionales...

“Existen divergencias en los criterios de abordaje, pero eso no es negativo: permite armar un mapa de diversos aspectos teóricos y prácticos implicados, que exigen tratamiento interdisciplinario”, afirma Padilla.

Apoyándose en conceptualizaciones del filósofo estadounidense Richard Paul (por ejemplo, que el razonamiento consta de ocho elementos: propósitos, preguntas, información, inferencias, suposiciones, puntos de vista, implicaciones y conceptos), Padilla destaca que no es un mero proceso de construcción lógica. “En el pensamiento crítico entran en juego aspectos emotivos, éticos, actitudinales”, explica y describe, como ejemplo, el coraje y la empatía intelectuales. “Consisten en analizar lo más objetivamente posible (conscientes de que no se será objetivo) los diferentes puntos de vista, prestando especial atención a esos que nos generan emociones negativas”, señala.

Aprender para cambiar

Padilla retoma entonces la reflexión del principio: aprendiendo a argumentar no sólo construimos saber científico. “Si lo hiciéramos como Paul lo propone, otro sería el mundo. Seríamos capaces de resolver, hablando y escuchando a los demás, cuestiones para las que hoy recurrimos a la violencia, a la injusticia, a la maledicencia...”, enumera. Lo sintetiza uno de los testimomios de los alumnos del taller: aprendí a valorar opiniones y no “cerrarme” en mi propia idea...

Está contenta con los resultados del taller, pero no deja de preocuparle que ese aprendizaje recién esté llegando en la universidad. Por eso una de las tareas que implementa el equipo es la formación docente en esta área: “es un tema transversal; es decir, idealmente, todas las personas que estén al frente de un aula deberían poder enseñar a argumentar, como modo de reflexión sobre la realidad, como modo de resolver conflictos, como modo de aprender...”

“Es una pena que no aprovechemos la ‘edad de los por qué’: los chicos quieren saber las razones de las cosas, son curiosos, no suelen ser fáciles de contentar... -apunta Padilla-. Deberíamos poder estimular esa actitud a la largo de toda la vida”.

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