Preludio a la siesta de Monsieur Corchea

Se recuerda hoy un siglo de la partida de Claude Debussy, compositor francés, que transformó la música de su tiempo.

25 Mar 2018 Por Roberto Espinosa
1

Una gota de luz se desviste en el aire. Racimos de ecos se desbarrancan. Navegan intermitentes destellos. Las ondas abrazan y dejan escapar misterios sonoros. Se propagan. Se contraen. Pudor. Tensión. Intensidad. Cascada de pasión. Estrépito. Sílabas de rocío desbordan ansiedad en círculos. Sosiego que se despereza en un charco hasta ahogar los reflejos en el agua. Un horizonte de cielo, viento y mar se extravía quizás en Saint-Germain-en-Laye, en la periferia de París, ese 22 de agosto de 1862. El verano le está dando la bienvenida a un changuito. La alegría crepita en las almas de Manuel y Victorine.

Poco habla de sus padres y de sus hermanos, cuando chico su tatita lo lleva con frecuencia a ver óperas. Una de Verdi, El Trovador, lo estremece. A los ocho años el piano le abre el corazón. Madame Mauté de Fleurville, alumna del mismísimo Chopin, lo prepara y sus diez años entran en el Conservatorio de París. El talento no tarda en sobresalir, también la rebeldía. Los premios sobresaltan gratamente a Lavignac, Marmontel, Durand y Guiraud, sus maestros, mucho más cuando descuelga del Sol mayor un precoz trío con piano.

1880. Viuda, rica, melómana, mecenas de Tchaikovsky, Nadezhda von Meck lo contrata para que desburre musicalmente a sus hijos. En Viena los hechizos wagnerianos de Tristán e Isolda lo seducen. Y en Moscú, al año siguiente, siempre como pedagogo, se familiariza con las obras de los Cinco Rusos.

Pero la mente del muchacho no se queda quieta; sus pulsiones bombean con fuerza. Él calza 19. Ella, 32. La mirada de Marie Blanche Vasnier le desata las urgencias juveniles. Además es casada, dos hijos; su marido es su amigo y protector. Las contradicciones no los amedrentan. Le dedica canciones: “A Mme. Vasnier, estas melodías, concebidas en cierto modo por su recuerdo, por lo que no pueden sino pertenecerle, como le pertenece el autor”. La bohemia es su mejor compinche. Se vuelve habitué de la tertulia de los martes en casa del poeta Stéphane Mallarmé. Paul Claudel, Oscar Wilde, André Gide, Paul Valéry, James Whistler, son sus cumpas.

El Gran Premio de Roma está en su mira. 1883, con la cantata El gladiador se apodera del segundo premio y un año después, con la cantata El niño prodigio gana la beca y la estadía de tres años en Villa Médicis. Se aburre en la Ciudad Eterna. Descubre la música de Palestrina. Conoce a Liszt y a Verdi. Se aísla. Noctámbulo, a menudo antipático, de gestos estrambóticos, se gana el mote de “El príncipe de las tinieblas”.

En París, los ojos verdes de Gabrielle Dupont le encienden sus extravagancias. La bohemia los abraza durante ocho años. Lo convencional de la música lo hastía. Desconcierta a sus colegas y mentores. Es criticado. La naturaleza lo seduce. Incita su sensibilidad. Un claro de luna arropa sus insomnios y alumbra una Suite Bergamasque. Las sonoridades javanesas lo atrapan. “Todo mi placer se desvaneció. En un instante vislumbré el aburrimiento, las molestias que ineludiblemente acompañan al más mínimo reconocimiento oficial. Además, sentí que ya no era libre. Quiero escribir mis sueños musicales con un espíritu de desapego absoluto. Quiero cantar mis visiones interiores con la candidez y sinceridad de un niño”, dice.

1894, 22 de diciembre. La siesta se ha mirado en la voluptuosidad. La flauta libera ensoñaciones en un preludio. Un rumor, tal vez de lascivia, se cruza en los pensamientos de un pastor. Las busca. Los velos huyen. Las hojas esconden la castidad de las doncellas. El deseo las espía. Las ilusiones mitológicas se despliegan en el bosque. Bastan solo diez minutos de murmullos vaporosos para paralizar París. El Preludio a la siesta de un fauno está soleando una ventana de la música. Una ópera desvela sus trasnoches. Le cuesta llegar a buen puerto. Diferencias con Maurice Maeterlinck, el autor del texto, y otros incidentes lo desalientan. El lenguaje y el enfoque desconciertan. Tumulto en el estreno de Pélleas y Melisande. La crítica y los académicos le pegan en los tobillos del alma. No logran intimidarlo. Un grupo de adeptos lo defienden, lo enfrentan también con Maurice Ravel. “Ver un amanecer es más útil que escuchar la Sinfonía Pastoral, de Beethoven. Para un músico, la sabiduría es no escuchar consejos de nadie, sino del viento que pasa y nos cuenta la historia del mundo”, los desafía.

Rosalie Texier, modista, seduce sus ensoñaciones. Se casa. La Mer ya fluye por sus sentidos. Como Monsieur Corchea, el antidiletante, despliega su mordacidad en críticas musicales en revistas y expone sus pensamientos. La seducción mina las defensas de la esposa de un banquero, Emma Bardac, que ya antes había ejercitado los amores del maestro Gabriel Fauré. El intento de suicidio de Rosalie no impide el abandono. Los amantes traen al mundo en 1905 a Claude-Emma. La pequeña Chouchou será la destinataria de la suite El rincón de los niños.

El legado de Chopin se posa en sus dedos y brotan 24 preludios que dejan boquiabiertos al piano y a la música. Detesta que lo llamen impresionista: “La música es una matemática misteriosa cuyos elementos participan del infinito y es responsable del movimiento de las aguas, del juego de curvas que describen las brisas cambiantes… Solo los músicos tienen el privilegio de captar toda la poesía de la noche y del día, de la tierra y del cielo, reconstruir su atmósfera y poner ritmo a su inmensa palpitación”.

1910. Un cáncer de intestino ha comenzado a tejer lentamente el adiós en sus entrañas. Viaja. Éxitos y aplausos son una caricia para su desdicha. Se reencuentra con un ardor juvenil, una muchacha con los cabellos de lino. “Hemos cambiado mucho”, le dice la princesa Galitzine. “Nosotros, no, madame. Somos los mismos de entonces, es el tiempo el que ha cambiado”, le responde.

Juegos de olas, pagodas, diálogos de viento y mar, colinas, catedrales sumergidas, fuegos de artificio, neblinas, silbidos de pájaros, golpean a la puerta del vino y encienden los colores, las imágenes de sus pentagramas. “La belleza debe apelar a los sentidos, nos debe proporcionar un goce inmediato, nos debe impresionar e insinuar sin ningún esfuerzo de nuestra parte. No hay nada más bello que una puesta de sol musical”, explica.

Su depresión se hunde un poco más con La Gran Guerra. 1918, lunes 25 de marzo. Una secuencia de sirenas despierta tal vez ensoñaciones en la siesta. Grillos ebrios solfean en el vino pasiones libertinas. Rumores de gotas tañen el arpa del silencio que lo va envolviendo en una luz cada vez más tenue. No ha compuesto con notas, sino con brisas, lluvia, relámpagos, quimeras, peces de oro, con vida. Después de todo, “el arte es el más bello de todos los engaños”. Intuye quizás que ha sembrado un jardín para que la música contemporánea crezca. El horizonte danza el vals La plus que lente. Claude Debussy siente ahora que su mirada es apenas reflejo del agua. Alguien lo toma de la mano. La muerte ha abandonado sus pasos en la nieve.


Obras principales 

- Preludio a la siesta de un fauno

* Suite Bergamasque

* Peleas y Melisenda

* La plus que lente

* Imágenes

* Preludios

* El rincón de los niños

* Estampas

* Estudios

* Nocturnos para orquesta

* Iberia

* El mar

* Petite Suite


> Obras principales
- Preludio a la siesta de un fauno
* Suite Bergamasque
* Peleas y Melisenda
* La plus que lente
* Imágenes
* Preludios
* El rincón de los niños
* Estampas
* Estudios
* Nocturnos para orquesta
* Iberia
* El mar
* Petite Suite

Comentarios