Claudia Solans: “detrás del paisaje, en Tafí del Valle hay un presente complejo”

Ese es el escenario en el que transcurre la historia de “La visitante”, novela que presentó la escritora. Una vida marcada por Tucumán

20 Mar 2018
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PREMIADA. “El desentierro del diablo” proyectó la figura de Solans. LA GACETA / FOTO DE HÉCTOR PERALTA.-

La escritora y traductora Claudia Solans, oriunda de Buenos Aires pero tucumana por adopción, regresó a la provincia para presentar su primera novela: “La visitante”. El libro transcurre entre los paisajes de Tafí del Valle y mezcla en sus páginas el pasado y el presente de una localidad cargada de misterio e historia.

Según explicó Solans, el libro nació de su necesidad por ampliar “El desentierro del diablo”, un volumen de cuentos que ganó en 1995 el primer premio del Fondo Nacional de las Artes. En esta oportunidad, la trama gira en torno a Fátima Morán, una ingeniera que llega a Tafí del Valle para terminar su tesis doctoral. Aunque su propósito es pragmático, el lugar la invita a develar sus más antiguos secretos y, en el proceso, ocurre un replantear de conciencia. “La visitante” es un relato de cruces y entrecruces culturales que atrapan a la protagonista y la llevan a cuestionar su identidad.

- La novela está cargado de descripción, experiencias de vida y un toque de romance pero, ¿cuál es la columna vertebral del relato?

- Desde el comienzo quise mostrar cómo la historia de un lugar repercute en la vida de las personas. Cuando empecé a investigar el pasado de Tafí del Valle me topé con varios huecos significativos, períodos enteros donde no se sabía nada, y sentí que, a pesar del vacío, ese espacio misterioso estaba representando un microcosmos de la Argentina. Al llegar por primera vez al valle quedé sorprendida por la riqueza del espacio y la superposición de culturas, había algo en ese terreno que me llevó a desentrañar sus reliquias. También, el trasfondo de la narración destaca las diferencias de enfoque y la forma en que se mira a las culturas vinculadas con lo nativo. En un momento de la novela, Fátima habla sobre los pueblos oprimidos y sus pérdidas y su jefe, Serafín Bórquez, le pone los puntos. Quise remarcar que la cuestión es otra, se trata de entender quiénes somos más allá de las mezclas o las purezas.

- Y dentro de estos cambios de perspectivas, ¿cómo es la evolución de los personajes y sus relaciones?

- Existe un juego de invención constante en la protagonista a partir de la influencia del otro. Hay personajes que mueven la mirada de Fátima hacia interrogantes que sería incapaz de entender por sí misma. Al final, la protagonista se da cuenta de que el presente es más complejo que la mirada calculadora y científica de un laboratorio. Esa sensación la viví al conocer Tafí del Valle, detrás de la sencillez de un paisaje existe un presente complejo, hay capas de civilizaciones y costumbres que se superponen.

- No obstante, pese a que hablás de culturas y relatos pasados, la obra no pertenece al género histórico. ¿Hay elementos mágicos en el relato?

- La dimensión mágica está dada en la realidad, busco que esa misma realidad tenga sus secretos por descubrir. Por ejemplo, uno de los personajes se llama Carola y padece una discapacidad mental, por lo que mira, escucha y siente el mundo de manera distinta. Ella le habla a Fátima sobre los muertos que están de fiesta y tiene un vínculo distinto con la propia naturaleza, a Carola jamás la pican los mosquitos y no mata a las hormigas. Es curioso, porque en las lecturas previas lo primero que me acercaron fueron las leyendas y los mitos de la zona, pero decidí quitar el foco de ese terreno. Lo que me interesó fueron las historias personales y la conducta que genera en los pobladores una determinada creencia.

- Además de su investigación, la protagonista emprende una búsqueda personal que es interpelada por los secretos del valle. ¿Qué relación existe entre esa mirada y tus propias experiencias?

- Me siento relacionada con Fátima desde la perspectiva de una búsqueda interna. En la novela se producen dos viajes: las caminatas por el cerro Muñoz para descubrir un misterio y, en paralelo, un recorrido de autodescubrimiento donde la protagonista intenta averiguar cuál es su lugar en el mundo. Me es imposible despegarme de la historia porque considero que los escritores, al narrar, usamos todo nuestro armamento interno con los miedos y las certezas que traemos encima. No me gusta la literatura condescendiente, prefiero escribir para generar preguntas y no brindar respuestas. Por otro lado, también me siento identificada en la mirada inicial que Fátima tiene sobre la localidad. Así fue como miré a Tucumán cuando llegué, había vivido en Mendoza por un tiempo y, en comparación, creía que la ciudad era vieja; cargada con sus adoquines y un piano de cola en la casa de mi abuela.

- Tus otras publicaciones, como el premiado libro de relatos “Desterrados” (2000), ¿también están influenciadas por la región?

- Mis cuentos se relacionan con historias que me impactaron de alguna manera cuando estaba en Tucumán. Al llegar a Tafí siento que vuelvo a la vida, el valle me llena la cabeza y me gusta su silencio para escribir. Las historias pueden ocurrir en cualquier parte pero estoy marcada por los recuerdos que tengo de la provincia. Viví en el barrio Obispo Piedrabuena hasta los 19 años e hice toda mi secundaria en el colegio Santa Rosa. Tengo memorias mágicas de esa época, como escaparnos por la noche y sacar el auto para ir al dique El Cadillal. Aunque, lamentablemente, esas añoranzas también están atravesadas por la dictadura y un clima histórico turbulento.

- Pasando a tu vida personal, fuiste una escritora que emigró a la capital y comenzó a publicar desde ahí. ¿Cuál es tu opinión sobre el mercado editorial local y su evolución a través de los años?

- En mi caso el premio que ganó “El desentierro del diablo” fue el que me abrió las puertas a la publicación. En aquel momento se imprimía menos, no había tanta masividad en las producciones. En cambio hoy con las redes sociales la visibilidad que tiene la literatura es impresionante. Hay una gran cantidad de blogs, premios y convocatorias que antes no había. En Buenos Aires hay una movida imponente de editoriales independientes que hacen ciclos de lectura, sería bueno si se replicara acá el movimiento. Creo que de alguna manera la cuestión editorial se vive como islas: tenés el mercado de Buenos Aires y, en paralelo, los mercados regionales. El problema es que, en las provincias, se conoce lo que produce la capital pero no tanto al revés.

En detalle

Solans vive desde los años 80 en Buenos Aires, donde cursó sus estudios universitarios. Es licenciada en Letras por la UBA, profesora de un taller de lectura y crítica literaria y traductora de portugués para la editorial Adriana Hidalgo.

Como todo amante de las letras, Solans tiene sus manías: ella escribe mientras camina. A su próxima novela, que todavía no tiene título, la estructuró paseando por los lagos de Palermo. Además, en su tiempo libre le gusta ver películas clásicas (que compra a viejas distribuidoras) y sacar fotografías. Al escribir “La visitante”, la cámara fue su aliada para describir objetos como los menhires, las bandejas quirúrgicas y las herramientas que le eran desconocidas.

- ¿Cómo surge tu inclinación por el universo de las letras?

- Mi tío abuelo tenía una biblioteca con un enorme escritorio apartada de la casa. Un día, cuanto tenía 7 años, él abrió la antigua puerta de hierro y vidrio y me dio la llave. Me pasé meses enteros devorando libros, jamás voy a olvidar el olor de esa habitación y los gigantes tomos que tenía dentro.

-¿Pudiste recrear esa biblioteca de tu infancia en Buenos Aires?

- En mi casa no sólo tengo una biblioteca personal en la que escribo sino que incluso invadí la habitación de mi hijo y mi cuarto, hay libros apilados en cada rincón. Me di cuenta de que el lugar de una mujer es donde deja la cartera, yo llego a casa y me voy al dormitorio donde está la biblioteca.

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