Temporal en Salta: se subió a un colectivo para ser evacuada pero tuvo que bajar para dar a luz

El cuarto hijo de Graciela Salas nació de forma imprevista en el paraje Santa María cuando ella intentaba escapar de la crecida del Pilcomayo.

03 Feb 2018
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FELICIDAD. Graciela con su bebé en brazos. FOTO LA GACETA

Las intensas lluvias y la crecida histórica del río Pilcomayo azotan al norte provincial. Pero entre tanta pena y amargura también hay espacio para la vida.

Graciela Salas es oriunda de El Quebracho una comunidad ubicada dos horas al sur de Santa Victoria Este, en Salta. Con el objetivo de poder tener a su cuarto hijo en ese municipio, ella pagó $2.000 para que una camioneta la traslade junto a su hermana, una sobrina y una vecina, el martes pasado.

Pero las constantes precipitaciones y el temor a que el río siga subiendo su caudal generaron que Graciela deba tomar la decisión de evacuar la zona como ya lo hicieron más de 700 personas.

“Yo estaba en el colectivo para ser evacuada a Tartagal, pero cuando subí sentí que mi bebé ya nacía, le conté a mi hermana y decidí ver a una enfermera así que me subieron a una ambulancia”, relató.

Pero el periplo de esta mujer de 36 años no terminó ahí. Las complicaciones del camino dificultaron el andar de la ambulancia que tenía previsto llevarla hasta el hospital de Aguaray o Tartagal.

Graciela no aguantó más y el bebé, que pesó 3,300 kilogramos, nació en el Paraje Santa María a unos cuantos kilómetros de Santa Victoria Este.

Esta buena nueva es casi un secreto familiar porque su esposo y los otros tres hijos quedaron en El Quebracho y la escasa señal en las comunicaciones imposibilita anoticiarlos. “Ellos quedaron ahí y no tengo contacto. A mi hermana le pedí que mande un mensaje por la radio para que se puedan enterar que nació el bebé”, contó.

Mirá cómo viven los evacuados en el norte salteño

Desde la habitación 111 del hospital Juan Domingo Perón, Graciela detalló en diálogo con LA GACETA que ahora su casa debe estar encerrada por el agua, entre la inundación y los brazos del río que atraviesan la comunidad donde viven ocho familias criollas.

“Antes vivíamos más cerca de la costa y hace unos años atrás el río ya nos bañó y nos sacó las cosas y los animales con los que vivimos. Es muy triste”, afirmó.

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