Luego de vencer en cinco sets a Cilic, Federer sumó su 20° Grand Slam a los 36 años - LA GACETA Tucumán

Luego de vencer en cinco sets a Cilic, Federer sumó su 20° Grand Slam a los 36 años

29 Ene 2018
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TODOS LOS ÁNGULOS. Federer se retira del estadio Rod Laver con el trofeo. Desde arriba, también se captó su felicidad. reuters

“No hay que jugar para ganar sino para que te recuerden”. La frase de Sócrates, crack del fútbol brasileño, aplica con absoluta justeza al momento deportivo de estos días. Roger Federer ganó su 20° título de Grand Slam, llevando su carrera a una siguiente dimensión. La victoria sobre Marin Cilic en la final del Abierto de Australia (6-2, 6-7, 6-3, 3-6 y 6-1) llegó tras un partido que poco tuvo de inolvidable y que Federer pareció poner bajo total control cuando, después de ganar el tercer set, consiguió un rápido quiebre de servicio al iniciar el cuarto.

Pero el desarrollo se volcó y los números también. Así se llegó a un primer game del quinto parcial en el que el suizo levantó dos amenazantes break points. Superado el trance, gestionó el momento mucho mejor que su rival y ganó con relativo margen. “Estuve nervioso todo el día, el partido completo, con eso del 20 siempre en mi cabeza”, reconoció. Ya en la sala de prensa aparecieron las palabras para entender sus vaivenes durante el juego.

Lo que siguió al ojo de halcón que despejó las dudas del último punto es absolutamente inolvidable. Como le ocurriera en 2009 en ese mismo escenario tras perder contra Rafael Nadal, Federer no pudo terminar las palabras previstas para la ceremonia de premiación. Lágrimas felices, distintas de las que aquella vez inundaron su rostro, ahogaron su voz y humanizaron la leyenda. Instantáneamente, desde cada lugar del planeta, surgieron espontáneas expresiones de gratitud y admiración. Es difícil afirmar que Federer sea el deportista que mayor empatía genera. Sí. Tan difícil como sostener que no lo es.

Su capacidad técnica, la limpieza de sus ejecuciones y la armonía al desplazarse son argumentos de seducción. Su imagen familiar, la elegancia, el gesto suave, la sonrisa cómplice y su caballerosidad extrema, hacen el resto. Nadie (casi) queda inmune al hechizo de que el hombre le ponga tono de embajador a sus declaraciones en múltiples idiomas.

Los números hacen su parte, claro, y aportan al combo pero quedan cortos para explicar el fenómeno. A continuación, apenas una pocas referencias que ojalá ayuden a encuadrar la dimensión de lo conseguido por Federer. La Era Abierta del tenis comenzó en abril de 1968, hace casi 50 años. Desde entonces Roger, él solito, ganó el 10% de los torneos de Grand Slam disputados. La marca de 14 de Pete Sampras, esa que durante tanto tiempo creímos insuperable, parece pequeña ahora. Los 20 de Federer significan un 42,85% más que los del estadounidense. Por último, hay que ir más de nueve años hacia atrás (US Open 2008) para encontrar al suizo defendiendo con éxito el título de alguno de los cuatro grandes.

¡Fuera números! Son fríos, estructurados, distantes. Federer es casi todo lo contrario. Contagia una pasión cercana y a la vez singular, un amor por lo que hace indudablemente trascendente. Más allá de sus golpes, de su mente, de su genialidad. Más allá del calendario y de la inigualable vigencia a sus 36 años, existe algo más que convierte a Federer en el fenómeno que maravilla al mundo entero. Es un factor, un elemento central. Roger ama el tenis, lo ama como ningún otro sabe hacerlo. Allí, en su corazón, está el secreto de su leyenda. Y mientras ese corazón siga latiendo amor por lo que hace lo tendremos dentro de la cancha compitiendo. Y ganando. ¿Más aún? ¿Y por qué no?

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