Nicanor Parra, el poeta que abandonó el paraíso del tonto solemne para subirse a una montaña rusa

El vate chileno, uno de los mayores orfebres de la lengua castellana, murió a los 103 años. Ganó el Cervantes, entre otros premios

24 Ene 2018
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“Durante medio siglo / la poesía fue / el paraíso del tonto solemne. / Hasta que vine yo / y me instalé con mi montaña rusa. / Suban, si les parece. / Claro que yo no respondo si bajan / echando sangre por boca y narices”, escribía en 1962 Nicanor Parra. Miembro del clan más emblemático de la cultura chilena, Parra, que fue uno de los íconos mayores de la literatura hispanoamericana, murió en la madrugada de ayer a los 103 años en su casa del balneario de Las Cruces, en Chile.

Irreverente, singular y eterno candidato al Nobel, construyó una sólida obra poética integrada por “Cancioneros sin nombre” (1937), , “La cueca larga” (1958), “Manifiesto” (1963), “Obra Gruesa” y “Ecopoemas” (1982). Su consagración unánime llegó en 1954 con la publicación de “Poemas y Antipoemas” (1954), texto caracterizado por un enfoque narrativo, mayoritariamente en torno a un antihéroe y con un lenguaje coloquial en el que se destacan el humor y la ironía.

Nicanor fue el hermano mayor de una estirpe de creadores geniales -como la cantautora y artista Violeta Parra- y último sobreviviente de una generación de poetas chilenos integrada por Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Vicente Huidobro y Gonzalo Rojas.

Definido alguna vez por Ricardo Piglia como “el mayor poeta de la lengua después de Vallejo”, también fue reivindicado por el mítico escritor chileno Roberto Bolaño, quien lo reconoció como uno de sus mentores: “el que sea valiente que siga a Parra. Sólo los jóvenes son valientes, sólo los jóvenes tienen el espíritu puro entre los puros. Pero Parra no escribe una poesía juvenil. Parra no escribe sobre la pureza (...) Parra escribe como si al día siguiente fuera a ser electrocutado”.

Nicanor Segundo Parra Sandoval fue el mayor de nueve hermanos. Nacido en San Fabián de Alico, el 5 de septiembre de 1914, el hijo de un profesor y músico y de una modista, estudió Matemáticas y Física en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile.

A los 23 años debutó en la literatura con el poemario “Cancionero sin nombre”, título del que renegaría con los años, a pesar de que el ejemplar se adjudicó el Premio Municipal de Santiago y le valió que Gabriela Mistral lo señalara como “el futuro poeta de Chile”.

A comienzos de los 40 asumió como director interino de la Escuela de Ingeniería de la Universidad de Chile. A fines de esa década, en la Universidad de Oxford, becado por el Consejo Británico, realizó un doctorado en Cosmología, mientras entre lecturas de Shakespeare y Newton comenzaba a perfilar el libro que cambiaría el rumbo de la poesía hispanoamericana: “Poemas y antipoemas”.

El texto cimentó el proyecto de la antipoesía y produjo futuros elogios, como los del crítico norteamericano Harold Bloom. “Parra nos devuelve una individualidad preocupada por sí misma y por los demás”, apuntó el autor de “El canon occidental”.

En 1969 recibió el Premio Nacional de Literatura, aunque todavía no habían aparecido dos obras cruciales: “Artefactos” (1972) y “Sermones y prédicas del Cristo de Elqui”(1977).

En 1991 obtuvo en México el Premio de Literatura Juan Rulfo, en 2001 el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana y en 2011 fue reconocido, a los 97 años, con el Premio Cervantes. A mediados de los 90 el poeta se instaló en el balneario de Las Cruces, y desde entonces su residencia se convirtió en peregrinaje inevitable, desde escritores a políticos, como la presidenta chilena Michelle Bachelet. (Télam-DPA)

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