Nicanor Parra le devolvió al lenguaje poético su lado más visceral

Martín Aguirrez, licenciado en Letras

24 Ene 2018

El lector toma de la cintura el poema y lo pone cerca de sí. Lo huele, lo siente, escucha cada palpitación, escruta todos sus movimientos. Por momentos, la palabra poética forcejea en el intento de escapar de ese lector acechante que aprieta con más fuerza su cintura. El cuerpo del poema hipnotiza el cuerpo del lector y en esa fascinación el lenguaje adquiere brillo, vértigo, adrenalina. Poema abierto a la dinámica incesante de la voz y la conversación, la poesía del chileno Nicanor Parra es interpelación e irreverencia constantes a un lector hechizado por los vaivenes de la montaña rusa. Fui ese lector la primera vez que me acerqué a sus textos en la cátedra de Literatura Latinoamericana de la UNT. No lo conocí sino recién allí a través de “Poemas y antipoemas” (1954), puerta entornada que me llevó a sus otros poemarios, forcejeos constantes con poemas de cintura ancha que constantemente querían huir de mis manos.

A los 103 años, el antipoeta se despide de su casa junto al mar en Las Cruces. Sin embargo, la muerte lo encuentra con una vasta obra literaria renovadora del lenguaje poético latinoamericano del siglo XX. Nos dice Parra en “Advertencia al lector”: “Los pájaros de Aristófanes/enterraban en sus propias cabezas /los cadáveres de sus padres. /(Cada pájaro era un verdadero cementerio volante.)/A mi modo de ver/ha llegado la hora de modernizar esta ceremonia/¡Y yo entierro mis plumas en la cabeza de los señores lectores!”.

Como uno de esos pájaros de Aristófanes, el chileno ha forjado un alfabeto propio, plumas que se atoran en el recuerdo de quienes leímos y recorrimos sus textos con la incomodidad de quien lanza el aura de la poesía por la ventana más próxima. Porque en Parra se explicita un compromiso con la palabra ruptura que le devuelve al lenguaje poético su lado más visceral, en un homenaje constante a Huidobro, padre de la vanguardia chilena. El gesto de enterrar las plumas en las cabezas lectoras no es más que la intención de hacer de las palabras puro cosquilleo que estimula el cuerpo del lector desde el cuerpo del poema: “Jóvenes/escriban lo que quieran/en el estilo que les parezca mejor/ha pasado demasiada sangre bajo los puente/para seguir creyendo -creo yo/que sólo se puede seguir un camino:/ en poesía se permite todo” (“Cartas del poeta que duerme en una silla”).

Esa apuesta a la incomodidad del cuerpo es una constante de su escritura. En ese sentido, la tarea poética es una continuidad de su trayectoria vital. En Nicanor Parra, los antipoemas tienen su correlato en escenas de irreverencia y provocación. La entrega del premio Cervantes en 2011 -a la que no asiste y envía a su nieto Cristobal Ugarte a recibirlo- es escena performática en la que Parra vuelve a quitarle el aura al poema y recrea una entrevista imaginaria en la voz de su nieto : “¿Se considera Ud. acreedor al premio Cervantes? Claro que sí. Por qué. X un libro que estoy X escribir”.

Antipoesía y vida se entretejen a tal punto que escribe su epitafio en las hojas de sus poemarios. Parra no morirá en París con aguacero como el cholo Vallejo. La muerte se escribe en su caso en el “entre”, en ese intersticio entre el poema y su anti: “Fui lo que fui: una mezcla/de vinagre y de aceite de comer/ ¡un embutido de ángel y bestia!”. Se queda a vivir en la mezcla, en el embutido. Como en un mapa del tesoro, allí donde se unen Las Cruces (X) ha enterrado sus plumas para que lo busquen una y otra vez sus lectores.

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