El amarrete o la pobreza de espíritu

Un personaje que forma parte del zoológico humano. ¿La mezquindad puede ser también una estrategia?

28 Nov 2017 Por Roberto Espinosa
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Mirada que se sonroja. Se incomoda. Mirada mirada por los otros. Mirada que busca una excusa. Disfraza los nervios. Rastrea el atajo. Con un pie en el plato y otro afuera. Mirada inadvertida que hace mutis por el foro. Donde todos ponen, ella saca. Donar sangre le parece un desperdicio. Tras un análisis, es capaz de pedirle al laboratorio que le reintegren su orina. No se lava las manos para que no se gasten. Todo por dos pesos es su consigna. Que lo caro salga barato. ¡Que se haga dólar el picolé! A burro regalado no se le miran las orejas. Desvalijada de espíritu, mezquina de dignidad, avara de solidaridad, tacaña de amor, esa mirada amarretea vida con la esperanza de que la muerte, generosa y democrática, la deje contrabandear unos óbolos para enterrar en el ropero de la nada. Después de todo, al bolsillo del amarrete quién le quita lo acumulado.

Que escatima excesivamente en el gasto. Que se resiste o se muestra reacio a dar o gastar. Poco dispuesto a gastar dinero, e incluso renuncia a tener comodidades básicas. Puede ser una persona adinerada y codiciosa que vive en la miseria con el fin de ahorrar y tener más dinero. Se lo conoce como avaro o tacaño y se ha ganado un lugar en el diccionario y en la literatura. Y si bien es un hijo de aquellos, el amarrete es un personaje de la vida cotidiana, que pulula por todos los ambientes del zoológico humano. A la hora de hacer una “vaquita” con fines solidarios, gastronómicos, busca cualquier excusa: que no tiene plata en ese momento, que luego pondrá, que este mes cobró de menos, que tuvo muchos gastos... Pero no duda en sacar beneficio de los otros, con lo cual sube al escalón de los “ventajeros”. ¿Ser tacaño es una de las condiciones para ser rico? ¿El amarretismo es sinónimo de ahorro? ¿Es una virtud o un defecto? ¿Una estrategia? Dicen que era tan amarrete que nació creyendo que la gente le debía plata.

> El ventajismo

Darío Albornoz | Daguerrotipista

Primero me quiero referir a una forma de amarretismo y paralelamente al ventajismo que se relaciona con los afectos. Permanentemente las personas que aman a otras necesitan una respuesta de la misma magnitud. Cuando la respuesta no se materializa, o desigual en magnitud, se produce un saqueo, un arrebato. De ese modo te sacan ventaja, entienden el amor y la generosidad como una debilidad. Ahora bien, este mecanismo, se repite en variados ámbitos de nuestra vida cotidiana. Creo que el otro aspecto muy evidente es el relacionado con el conocimiento y la educación. La grandeza de este país, se basó siempre en los proyectos de educación pública que llevaron adelante los gobiernos que se defenestran puesto que se los tilda de populistas. Cuando se considera que la educación privada y que llega solamente a los que la pueden pagar, es la más apropiada, es cuando se comienza un nuevo despojo. Es cuando unos pocos sacan ventaja de la mayoría, despojándolos de las posibilidades de desarrollo de toda la comunidad. Cuando en la educación, la salud, la ciencia y la tecnología, la alimentación, las clases más pudientes se aprovechan y sacan ventaja de las clases sociales que ellos mismos empobrecen con sus políticas públicas, se produce un desequilibrio muy difícil de encausar. Pues entonces, la única posibilidad de disminuir de manera contundente las consecuencias de estas actitudes, es la solidaridad, lo que quitará de poder al ventajero de turno.

> Poderoso caballero

Eugenia Flores de Molinillo | Docente-Escritora

Nada como la ficción para señalarnos los perfiles más o menos obvios de la realidad. No olvidemos, sin embargo, que quien crea ficción alimenta su imaginación con la realidad sin aderezos, subrayándola, claro, para conseguir sus fines. La figura del individuo obsesionado por conservar a toda costa sus posesiones materiales tiene un largo camino. Ahí está Plauto, un par de siglos antes de Cristo, con su Euclio en la comedia Aulularia. Más acá en el tiempo Shakespeare dotará a Shylock de razones para que percibamos los motivos de su avaricia, y vendrá luego Molière y su Harpagón, en El Avaro, con algunas deudas a Plauto. Ya en tiempos victorianos, el inglés Charles Dickens creará a su Ebenezer Scrooge para su bello relato Canción de Navidad, con una vitalidad que hizo que “scrooge” se incorporara al idioma inglés como sustantivo. El “Tío Patilludo”, de los Estudios Disney, se llama en inglés “Scrooge MacDuck”, gastando así una broma, como de paso, a los escoceses y su larga fama de ser, digamos, demasiado ahorrativos. Rasgo humano desde tiempos inmemoriales, conoce gradaciones, desde quien prefiere no participar en una “vaquita”, hasta el acumulador insaciable que ignora leyes y normas… robando, bah. Basta con leer los diarios… ¿para qué lo hacen? ¿Para construir una aparente superioridad? ¿Para ser más? “Poderoso caballero es Don Dinero”, dijo Fray Luis de León, hace unos cuantos siglos. Ebenezer Scrooge, redimido ya de su avaricia por las tres milagrosas visitas que recibe en la Nochebuena, piensa que la gente se reirá de su recién estrenada generosidad, pero no le importa: “Su propio corazón reía y con eso le bastaba”.

> Era tan pobre…

Gabriel Fulgado | Productor de espectáculos

Como un extraño rey Midas, (pensando que su “don” es la capacidad de ahorro, cuando en realidad, su pesadilla es la avaricia), el amarrete vive obsesionado por el temor a perder todo lo que no tenga en sus manos, lo que no amarre, lo que no guarde para sí. Aferrado a esa impotencia, es incapaz de dar o compartir. Se apega a cosas materiales, especula con ampliar al máximo la permanencia de los bienes a su alcance y a la vez, sufre por el temor a perderlos y convive con la imposibilidad de disfrutar de ellos. En realidad, es una persona desconfiada, que duda de la posibilidad de recibir algo de los demás y lo peor, como en un espejo invertido, en su afán de apropiarse de las cosas, refleja su temor a verse capaz de generarse bienestar y felicidad. Puede llegar a tener riqueza, pero por su forma de ser, cada vez que consigue algo, se topa nuevamente con la sombra de aquel rey del mito que le aleja la posibilidad de disfrutar lo que tiene. Como escribió alguna vez Joaquín Sabina: “Era tan pobre que no tenía más que dinero”.

> La inseguridad

Carlos Duguech | Escritor-Periodista

El amarrete tiene algún grado importante de inseguridad. De eso se trata. El que vive en una casilla endeble, a la hora de estar en medio de una tormenta se siente inseguro. Por eso mismo coloca piedras sobre el techo de chapas y construye taludes de tierra apisonada para morigerar el acoso a su vivienda de las aguas abundantes del verano. En tiempo calmo pervive en él la inseguridad. Y actúa. Es un previsor. El amarrete, no es un “previsor”; sí un inseguro. Acumula lo que no gasta invitando un café a casi nadie. Se cuida de llevar siempre monedas, no billetes, en un bolsillo para propinas o limosnas que le tranquilizarán la conciencia. Guarda, siempre guarda lo que sabe que no dilapidó ni en cafés ni en regalos importantes a nadie. Sufre el pavor de “no tener” (dinero) más adelante y -amarrete- acumula, entonces. Se autoaísla de la solidaridad que puede resultarle costosa. No deja en el plato cuando come “ni para las almas del purgatorio” (abuelas de antes, dixit). Guarda ese resto. Hasta en su salud, por amarrete -y porque le han dicho que igual sirven hasta cierto tiempo- utiliza remedios vencidos. No vive la vida a pleno, por inseguro, por amarrete. Se priva de esa sana alegría de dar. Y cuando atisba el final, por amarrete también, se guarda hasta el último suspiro.

> Viuda y sin hijos

Ana María D’Andrea de Dingevan | Docente-Escritora

Bajita y con muchos años encima. Viuda. Sin hijos. Todas las mañanas salía con la bolsa vacía. La hostia de la primera misa en San Roque le daba aliento para su caminata diaria. El aroma mañanero del primer pan la acercaba a la panadería donde el trato familiar -“buen día, Doñita”- le tenía reservados su preferido (el francés) y los bollitos del día anterior que, según su boca y su bolsillo, sabían mejor que los recién salidos del horno. En su recorrido, aspiraba con placer el aroma del café de algunos bares y solía detenerse sin apuro a saborear mentalmente los bombones rellenos, los postres, tortas y masitas que lucían las vidrieras de las confiterías. Últimamente la vista le estaba fallando, “para qué anteojos”, “un gasto más en el presupuesto”. Con el cobro de su pensión acrecentaba los dineritos que su marido le había dejado en el banco. A fin de mes envolvía los pesitos ahorrados en un pañuelo que disimulaba entre la ropa: “Jesús, que nadie ose poner ahí la mano”.

El mediodía era la hora en que la esperaban en la mesada de un reconocido negocio los recortes de quesos y fiambres que se iban en la bolsa, confraternizando con el pan. Amarrocaba. Amaba esta tierra y esta vida. No soñaba cruzar el charco hasta España. Tampoco hacía obras de caridad. Que hicieran caridad con ella. Se le fue la vida amarrocando. Y un amanecer, se fue para siempre, sin el dinerito del banco y sin las monedas, escondidas en el jardín.


> PUNTO DE VISTA

Los constipados

MARTA GEREZ AMBERTÍN | POSDOCTORA EN PSICOANÁLISIS

Freud afirma que “el hombre de cultura trata los asuntos de dinero de idéntica manera que los sexuales, con igual duplicidad, mojigatería e hipocresía”. No hablamos de dinero sin posar o fingir un poco, más aún, se relata a amigos, psicoanalista, sacerdote o amante gustos o preferencias sexuales, pero no cuánto dinero hay en la caja de seguridad o en plazo fijo. El dinero se disfruta como un helado: en soledad; y se trata con más apertura las cuestiones sexuales que las monetarias.

En estos temas la mayoría mantiene un comportamiento dual. Tal doblez remite a “la codicia primitiva del lactante” que procura apoderarse de todos los objetos y que deja una huella indeleble en la subjetividad. La operación de la ley de la cultura no expulsa esa codicia (más bien la intensifica), lo cual produce múltiples retoños en la vida psíquica donde se despliega un abanico que va desde la avaricia desmedida hasta la postrada abnegación.

En tal sentido, la cuestión del amarretismo tiene allí sus orígenes y puede afirmarse que es estructural a la subjetividad: unos más, otros menos hay una tendencia en el humano a querer apropiarse de todo lo que pueda, o su contra faz: desprenderse defensivamente de todo. Un exceso de retener o un exceso de deponer.

Ahora bien, el amarrete es aquel que se resiste al intercambio y no sólo de dinero sino también de otros valores. Las quiere a todas para sí y parece haber nacido creyendo que todos le deben algo, por tanto, no puede intercambiar nada, ni tiempo, ni ideas, ni un café, ni siquiera “figuritas” con lo cual, si bien su estrategia es no perder nada, termina perdiendo sus lazos sociales, de amistad, amorosos, y queda solo, acumulando hasta la nada.


> PUNTO DE VISTA

> Acerca de los amarretes

ALBERTO CALLIERA | HUMORISTA

* En la Grecia clásica un comerciante de mucha fortuna quiso contratar a un filósofo para que educara a su hijo. Pero le pareció mucho lo que pretendía cobrar el profesor. -Con el dinero que quieres podría comprarme un burro. -En ese caso tendría dos burros.

* El multimillonario John Rockefeller llegó a un lujoso hotel y un empleado corrió a abrirle la puerta del auto. Estiró la mano… ¡y recibió 25 centavos de dólar de propina! - Perdone señor, pero su hijo siempre me da un dólar. -Es que él tiene un padre rico, yo no.

* A los avaros no les interesa si hay un más allá, sino si “allá hay más”.

* El lema de los tacaños dice: La salud va y viene, lo importante es la plata.

* Un conocido avaro que estaba muy enfermo le preguntó al cura: “¿cuando morimos, los ricos vamos a un Paraíso Fiscal?”

TAL PARA CUAL

“El médico me dio un mes de vida. Pero como yo le debía honorarios y órdenes de consulta, me otorgó seis meses más”.

DE LA VIDA REAL

Mi amigo Samuel, dueño de una importante perfumería, tenía un cliente muy cargoso que siempre pedía descuento y más descuento.

Un día compró una loción carísima y preguntó el precio.

- Nada, se la regalo -hizo una pausa y agregó: -ah, esta vez lo embromé. -¿Por qué? -¡No pudo pedirme descuento!

* El avaro, y además corrupto, multiplica así: 3 por 7, 21… ¡Pongo uno y me llevo 20!

* Un adolescente le dice a un amigo:

- Mi viejo es muy amarrete. Cuando le pido plata me da consejos. Pero cuando le pido consejos nunca me da plata.

(D. A. Calliera)

P/D. No escribo Donato Alberto para no gastar tinta.


> PUNTO DE VISTA

El único amor de su vida

NELSON GONZÁLEZ | ACTOR

Personifiqué a Harpagón en “El avaro”, de Molière. Es un personaje extraordinario, es muy miserable, es un tipo que no tiene términos medios, el único amor de su vida es el dinero, él tiene una caja de dinero que cuando se la roban, se quiere matar. Su vida es eso, por la forma que vive, que viste, es un tipo enfermo por la avaricia. Lo que llega uno como actor a ver para poder personificarlo es estudiar su psicología como todos los personajes por más chicos que sean, pero este no tiene amor por nadie, no ama a nadie, tiene una hija a la que no le permite que se ponga de novia, él le tiene preparado uno que tiene una buena posición, siempre anteponiendo el dinero. Hay otros personajes que tienen defectos grandes, pero adentro tienen algo rescatable o bueno, este no tiene nada para rescatar.

El actor busca una faceta distinta, pero este no la tiene, además es un tipo repelente, una rata, no tiene cordialidad, simpatía con nadie, tenés que sentirlo, la desesperación de él cuando ve que no tiene la cajita de monedas de oro, entonces no le importa nada, y cuando la encuentra, viene el delirio, la locura. El amarrete tiene un problema psicológico, no tiene amigos, se va a hacer invitar, es calculador, viendo siempre no gastar o gastar lo mínimo, si se le casa la hija el día de mañana, tiene la plata y puede regalarle algo como la gente, pero anda buscando lo menos que puede gastar. Es un miserable, pero no al extremo de lo que es Harpagón.

Cuando yo trabajaba en el ferrocarril, tenía un compañero que vivía con mameluco lleno de grasa, cuando era la hora del café, todos nosotros comprábamos tortillas; él se subía a los coches que llegaban y pan duro que quedaba lo agarraba para comer. Ese ya es un enfermo. En cambio hay otros que son simpatiquísimos, entradores, pero igualmente son tacaños.

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