En primera persona: cómo es la odisea de vivir con un apellido impronunciable

Portar apellido polaco, sueco o armenio, entre otros, no es fácil en la Argentina. Pero tampoco lo es ser Pérez o García. De identidades

26 Nov 2017
1

- Disculpe, ¿está la doctora que tiene el apellido difícil? Chivili o algo así...

En el hospital de Niños están acostumbrados a esa pregunta. Y saben perfectamente a quién se refieren los pacientes: la pediatra Marcela Djivelekian.

Ella también está habituada a todo lo que ocurre cada vez que pronuncia su nombre completo. Primero: hay que enfrentar la cara de sorpresa de quien lo escucha, seguido de la frase “qué raro, ¿de dónde es?”. Luego, hay que deletrearlo. Después, decir cómo se pronuncia. Unas dos o tres veces. Y finalmente descubrir que no lo escriben ni lo dicen bien.

Seis consonantes y dos vocales. Parece imposible de pronunciar Czytajlo sin equivocarse. “Cuando me llaman generalmente dicen cualquier cosa. Pocas veces los corrijo. Pero si lo hacen bien... quedo asombrada”, confiesa Jessica. Siempre le preguntan de dónde proviene el apellido. Ella cuenta que es polaco, aunque no sabe bien su significado. De cuando era chica, Jessica recuerda que llevaba a todos lados una tarjetita plastificada con su apellido en mayúsculas y en letra de carta. Así era más fácil para poder copiarlo y aprenderlo a escribir sin errores.

En un país con muchos inmigrantes (se estima que a principios del siglo pasado llegaron unos 4,2 millones de personas de todo el mundo) sobran casos de personas que tienen que enfrentar el desafío de vivir con un apellido difícil. Puede dar fe de ello Lucía Dzienczarski. Cada vez que la joven actriz dice su nombre, terminan llamándola de otra manera o pidiendo que deletree con mucha paciencia Dzienczarski unas cinco veces (mínimo).

“Y eso siempre trae la historia de contar cómo aprendí a escribirlo, de dónde viene y mi orientación religiosa. Por eso, salvo que sea muy necesario, a veces directamente digo que me llamo Lucía González. Es el apellido de mi mamá y confieso que es mi segunda identidad”, revela.

En la escuela, en la Facultad, y en muchos otros ámbitos en los que no tiene más remedio que dar su identidad completa es normal que terminen acortando su apellido. “De la mano de los apodos o los despistes, para mis amigas de la escuela y de la facultad soy Lu Dz, Dzetona, Zinsasky o, por modificación, judía. Por la complicación o similaridad con otros apellidos también vinieron los chistes... Stanislavski, Kandinsky. Prima de tal o cual. La mejor simplificación es el silencio incómodo del que no sabe cómo empezar a pronunciar la mezcla Dz... Y en ese silencio raro entiendo que me llaman a mí. Eso siempre pasa en el médico o con algunos profesores ante la sorpresa del apellido”, cuenta la joven de 22 años, y aclara que el apellido es polaco. “Mi abuelo nació allá y se vino a Buenos Aires por la Segunda Guerra Mundial y la persecución judía. Si mal no recuerdo significa hijo del sol del Zar”, cuenta.

“¿Lo bueno de tener un apellido complicado? Nunca hay dos iguales. O en su defecto somos todos familia”, explica Lucía, antes de contar la situación más desopilante que vivió hace algunos años en la Facultad: “estábamos en una clase de Historia y la profesora pasando asistencia, como no podía pronunciar el apellido, directamente dijo: ‘Polonia, Lucía’. Fue lo más original que escuché...”

¿Qué dice la ley?

La legislación argentina permite cambiar la forma de escribir el apellido para acercarlo a la fonética española. La abogada Malena Kareen Totino Soto explica a LA GACETA que la ley de nombres de personas (número 18.248), en su artículo 7°, prevé que los extranjeros, al solicitar la nacionalización argentina, podrán pedir a la autoridad la adaptación gráfica y fonética al castellano de sus apellidos de difícil pronunciación.

El nuevo Código Civil y Comercial de la Nación es el que regula este tema y establece que el cambio de nombre se debe hacer ante el juez competente, quien hará lugar a la solicitud si por su criterio existieran “justos motivos”. Teniendo en cuenta el caso concreto, entre los que se encuentran están aquellas personas que son más conocidas por su sobrenombre.

“También puede ser por cuestiones de carácter cultural y religioso; y aquellos casos en que se afectare la personalidad del interesado, caso de nombres que fonéticamente pudieran sonar extraños o chistosos”, explica el abogado José María Posse.

De todas formas, casi no hay personas que hayan usado el recurso legal. Tal vez porque en la mayoría de los casos el apellido difícil se convirtió en una marca personal que aprendieron a llevar con orgullo. Si bien está cansada de dar explicaciones, Marcela se siente feliz de su herencia. “Nunca sos uno más. Seguro te distinguís entre la multitud y eso me encanta. Me hace distinta”, cuenta. Y Lucía remata: “a veces una tiene ganas de tener un apellido común y corriente... Cada tanto. Cuando una se cansa de que todos los papeles burocráticos se demoren porque se equivocaron entre i o y, s o z... Pero después pasa y una vuelve a sentir orgullo y pertenencia por el apellido. Al fin y al cabo, también nos hace lo que somos, aunque sólo sean algunas letras”.

> Habituarse a tener un apellido simplificado

Karen Sparr-Hofstedt es otra de las portadoras de apellidos difíciles que, si bien nunca se cansa de dar explicaciones, se siente feliz de su herencia. Como su apellido -de origen sueco- es compuesto ocurrió lo que era previsible: la gente terminó por acortarlo. Y aunque a ella no le guste llamarse Karen Sparr a secas, terminó por acostumbrarse. “En el colegio, en la Facultad, en el trabajo... Todos me llaman así. Parece que se asustan cuando ven todo el apellido, con tantas consonantes y pocas vocales”, dice la licenciada en Administración de Empresas. Ahora que está por inaugurar su propio emprendimiento en Yerba Buena (un local para venta de ropa y de cosméticos), Karen enfrentó un dilema importante. Soñaba con ponerle a su local el nombre completo, mucho más teniendo en cuenta que algún día podría desarrollar su línea de productos. Pero, como experta en Marketing, es consciente de que si le pone su apellido tal cual es la gente no podrá memorizarlo fácilmente. Así que se decidió por simplificarlo una vez más. Pasajes de avión con errores, DNI que no coinciden con su apellido y que la obligan a hacer el trámite una y otra vez... “Lo que padecés por tener un apellido difícil es mucho”, dice Karen, que en los próximos meses viajará a Suecia para cumplir con otro anhelo: que la gente sepa pronunciar bien su nombre; o sea, sentirse “en su salsa” por una vez en la vida.



No es tan fácil ser José Díaz
Hay personas que no tienen que deletrear nunca sus apellidos, pero sí reniegan porque cargan con el nombre más común de los tucumanos. No todo es tan fácil para un José Díaz. Entre otras cosas, nunca dice “yo” al primer llamado, está acostumbrado a las confusiones y más de una vez tiene que estar probando que es él y no uno de los 700 y tantos hombres que se llaman de la misma forma en la provincia, según el padrón electoral. Como si fuera poco, muchos de ellos también comparten el apodo: “Pepe”. Díaz aparece como el apellido más popular: lo llevan en la provincia 21.891 personas. Le siguen los González: son 18.817. 


> No es tan fácil ser José Díaz

Hay personas que no tienen que deletrear nunca sus apellidos, pero sí reniegan porque cargan con el nombre más común de los tucumanos. No todo es tan fácil para un José Díaz. Entre otras cosas, nunca dice “yo” al primer llamado, está acostumbrado a las confusiones y más de una vez tiene que estar probando que es él y no uno de los 700 y tantos hombres que se llaman de la misma forma en la provincia, según el padrón electoral. Como si fuera poco, muchos de ellos también comparten el apodo: “Pepe”. Díaz aparece como el apellido más popular: lo llevan en la provincia 21.891 personas. Le siguen los González: son 18.817. 


> PUNTO DE VISTA

Perder la identidad

JOSÉ MARÍA POSSE | Abogado / Escritor / Historiador - Cofundador del Centro de Estudios Genealógico de Tucumán.-

Argentina, durante fines del siglo XIX y las primeras décadas del XX, recibió a cientos de miles de personas que emigraban atraídas por el generoso y extenso territorio, un país que abría sus brazos a “todos los hombres de buena voluntad” que quisieran habitarlo.

Por circunstancias diversas: hambrunas, persecuciones políticas o religiosas, búsqueda de oportunidades, etc; nuestro país fue una de las mecas americanas más buscadas.

El caso que nos toca de cerca a los tucumanos se dio con la llegada de los árabes, principalmente sirios y libaneses, quienes buscaban otros horizontes, asfixiados en sus países por la opresión de los turcos, quienes ejercían violento dominio sobre sus territorios y perseguían a los cristianos de aquellas regiones. Al desembarcar, mostraban el pasaporte que les emitía Turquía y de allí el equívoco, de nombrar como “turcos” a los descendientes de aquellos laboriosos árabes, que tanto colaboraron para enriquecer la Nación argentina. Ello molesta aún hoy a una comunidad tan arraigada entre nosotros. Se calcula que en la actualidad más de un cuarto de la población tucumana tiene esta sangre, que tan rápido se hizo “nuestra”, como su cultura, sus comidas, su música y costumbres.

El tema fue que para la fonética del criollo muchos apellidos sirios o libaneses eran difíciles de pronunciar; y qué decir de escribir. Hubo casos en los que funcionarios de Migraciones, que no eran a veces personas instruidas, literalmente cambiaron el apellido de los inmigrantes como forma de hacerlo más “entendible” o “criollo”, lo que hoy resulta indignante. Así, muchos perdieron el nombre de su linaje, varias veces centenario. Ello les produjo también una crisis de identidad, que debieron afrontar, junto con la adaptación a los cambios culturales.

Apellidos conocidos en Tucumán como Mitre, Leiro, Herrera, Moreno, Salomón, Moises, Bouhlensen por nombrar algunos, fueron cambiados totalmente. Otros sufrieron modificaciones: Monayar por Monayer, Chahla por Chaila, Apas por Abbas, Ilias por Elías, Jacobo por Yacoob, entre muchos más.

Comentarios