Hijo del cañaveral y de las cuatros cuerdas del viento

El violinisto Justino Méndez partió al silencio a los 93 años

22 Nov 2017 Por Roberto Espinosa
1

HOMENAJE EN LA ESCUELA 28 DE TAFÍ
Hoy, a partir de las 18, en el salón de actos de la Escuela N° 28, de Tafí del Valle, docentes, alumnos, personalidades de la cultura vallista y familiares rendirán un homenaje a Justino Méndez, organizado por la cátedra de Patrimonio Cultural de la Tecnicatura en Turismo de Tafí del Valle y el Instituto Cerpacu de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNT.

> HOMENAJE EN LA ESCUELA 28 DE TAFÍ
Hoy, a partir de las 18, en el salón de actos de la Escuela N° 28, de Tafí del Valle, docentes, alumnos, personalidades de la cultura vallista y familiares rendirán un homenaje a Justino Méndez, organizado por la cátedra de Patrimonio Cultural de la Tecnicatura en Turismo de Tafí del Valle y el Instituto Cerpacu de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNT.


Y sí, farreaba de lo lindo. Cerca de la medianoche, la alegría y el desvelo llamaban a la puerta. Se abrigaba. Me metía en una bolsa y me calzaba a turucuto, como guagua. Mi hermano mayor me contaba que cuando changuito, los vecinos se lo pedían prestado al tata para que fuera a ahuyentar el aburrimiento en los patios de tierra. El olor a melaza lo transportaba a la infancia. Sentía a veces que había nacido en un surco. Sin duda, era hijo del cañaveral y de las cuatro cuerdas del viento. Los dolores del parto apuraron la ansiedad de su madre en el vientre de la zafra. Ese 17 de septiembre de 1924, en un galpón de Cebil Redondo, en el ingenio San José, lo despertó la esperanza de la mañana. A las pocas semanas, los chingolos de El Mollar le dieron la bienvenida y no lo soltaron.

Calculo que fue un amor a primer oído, no se explica de otra manera... Cuando lo escuchó a mi hermano mayor, se le pusieron de punta los pelos del alma… Sí, no me mire así, señora, ¿qué no puede haber un alma cabuda? “Mi padre intentaba ser músico, pero no pudo aprender. El primer violín era de mi padre, se lo compró a Lorenzo Ochoa que era violinero, tendría 84 años este hombre, y yo andaba por los 17. Mi padre practicaba el violín pero no podía aprender. Yo, hablando puramente la verdad, de escondidas le sacaba el instrumento y comencé a sacar alguna pieza, no bien hecha, pero... Me gustaba escucharlos a los violineros: Ochoa, Demetrio Ríos, Linares Ochoa, de El Mollar, de Casas Viejas, entonces me emocionaba. Un día mi padre me encontró con el violín, no me dijo nada. Pero me autorizó y me entregó el instrumento. ‘Ya que yo no he podido aprender, seguí practicando porque veo que estás aprendiendo’”, me contaba.

Bajo las estrellas, amanecía el presente. También el futuro. Entre abrazos, zapateadas, baile, Crestón y aro aro, festejaba su libertad. “Le aseguro que yo poco estaba en la casa. Algo mal le caía a mi señora que yo anduviera de fiesta. A las 11 o 12 de la noche me tocaban la puerta, me levantaba y me iba a tocar. Había carnavales que se hacían en las casas, a veces pasaba tres noches sin dormir, de farra con el violín, pero también bailando, pasaba de una casa a otra, se hacía la yerra, marcar los animalitos, así ha sido la farra mía. En tiempos del peronismo, yo pelaba caña, había plata por todos lados, había bautismos, cumpleaños… volvía el lunes a agarrar el machete y a pelar caña. Después abandoné un año el violín, el médico me prohibió el desvelo…”, recordaba.

Mis sueños alpinos cruzaron el gran charco. El chelista suizo Philippe Simon me donó a Música Esperanza Tafí del Valle. El teclado de Miguel Ángel Estrella me trajo adobado con las voces niñas de un rondó en Re mayor, de Mozart. Por el corazón de mi arco circularon luego zambas, chacareras y viento. Sus dedos me sembraron yerbiaos, ginebras, helazones, penas, alegrías, desvelos… ¿usted se acordará, que no?

Solo cuatro cuerdas le bastaban pa’ galopear hacia adentro y ahuyentar el silencio. En sus cejas se hamacaban piezas de su cosecha. “Esas piezas han salido de mi mentalidad, muchas veces sentir entonar a alguna persona… no sé si escuchó la Zamba del Pedregal, tengo otra, la de El Mollar, y otra sobre Mula Corral, donde vivo yo. Queda de la plaza de El Mollar un kilómetro, al pie del Ñuñorco… Llegó el momento de que volví a tocar. A los jóvenes, muy poco les interesa lo criollo: zambas, chacareras, escondidos, gatos… en las invitaciones que tengo más toco cumbias, pasodobles, valses, el baión, a veces el tango… me siento obligado a tocar eso para que puedan divertirse”, me decía.

La popularidad lo vistió de duende en las cumbres del Ñuñorco. “No he sufrido, siempre estoy hasta el momento trabajando, haciendo mis cosas en la casa y puedo andar. Llegar a esta edad bien, depende de uno, del organismo, de la vitalidad. Me siento feliz con este homenaje”, me dijo hace tres años cuando los mollareños le acariciaron la mollera con un festejo comunitario.

El 4 de noviembre pasado, la muerte se hamacó en sol re la mi de mi tristeza, llevándose de farra sus 93 veranos. Vea, soy un violín, de alegre pena, que ahora baila soledades en el viento. Así es el asunto, señora Pachamama. Llevame ahora en el ojal del pecho de don Justino Méndez pa’ que le alborote con mis sones su silencio eterno.

Comentarios