La individualidad no implica alejarse de la parte social

La racionalidad económica debe ser vista en términos de someter los valores y elecciones a la crítica de los otros.

09 Mayo 2004
En el pensamiento económico moderno existe la fuerte tendencia a reducir la conducta ética a la racionalidad en el uso de los medios para conseguir los fines deseados. Así, se dice que las empresas promueven el bien común simplemente concentrándose en su interés económico, lo que significa que la maximización de ganancia es ética.
La cuestión de fondo que plantea esta afirmación simplista y tajante es si las empresas tienen que servir a la sociedad o si la sociedad debe institucionalizarse e instrumentalizarse para servir a los negocios privados. Otra posición, cercana a la anterior, afirma que la responsabilidad social de la empresa es económicamente racional porque la ética es un buen negocio. También esta posición peca de simplista, puesto que elude, lo mismo que la posición anterior, la esencia del dilema ético: ¿cómo combinar de manera racional el lucro con las preocupaciones éticas?
Tenemos que reconocer que la conducta económicamente racional no es necesariamente ética, ni viceversa. Esto significa que hay conductas y comportamientos contrarios a la ética que son económicamente rentables, y por lo tanto racionales, y que hay conductas éticas que no son económicamente racionales. Es por eso que la racionalidad debe ser vista en términos de someter los propios valores y elecciones a la crítica de los otros, en un debate público abierto a la participación de todos. Este enfoque de la racionalidad es el que debe iluminar la elección tanto individual como social. Y esto significa apartarse de los modelos reduccionistas de racionalidad dominantes en economía. En particular, lo que hay que subrayar es que los individuos, en tanto agentes libres y racionales, son capaces de ir más allá de la búsqueda exclusiva del respectivo bienestar individual de cada uno.

Ventajas
En los tiempos fundacionales del pensamiento económico moderno, Adam Smith distinguía las acciones motivadas por la prudencia, que permite tener en cuenta las ventajas directas e indirectas que pueden obtenerse de nuestra acción, de aquellas que están más influenciadas por otras virtudes, tales como la simpatía, la generosidad y el espíritu público.
Siguiendo estas enseñanzas, tenemos que reconocer que existe una variedad de motivaciones y razones para obrar, y lo que necesitamos en el mundo económico actual es una visión de la racionalidad que, sin desconocer la importancia esencial del interés individual, incluya en las acciones económicas la responsabilidad social del sujeto individual.

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