Escuchar, un verbo que no se oye

Tras el debate que se llevó a cabo el miércoles pasado, los candidatos se mostraron desnudos ante la pantalla. Fueron un reflejo claro de lo que se vive en distintos sectores de la ciudadanía. Las miserias del proceso electoralista.

22 Oct 2017 Por Federico Diego van Mameren
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Y hubo un momento del debate en que los dejaron solos, tan luego a ellos que son referentes, a ellos a los que todos se les acercan y les piden soluciones, respuestas, ideas, plata. Y cuando estuvieron solos se perdieron en la inmensidad de las palabras.

Los cuatro quedaron al descubierto. Fueron 20 minutos (10, primero y otros tantos, después) en los que estuvieron desnudos. Y la audiencia televisiva los vio. Se dieron cuenta de la orfandad de nuestros políticos. La respuesta inmediata (reflejada en cuanto pizarrón virtual encontraron) de los que vieron la discusión fue de agresividad. No faltaron los “me dieron vergüenza” o los “son impresentables”. Eran cuatro políticos que por sendos 10 minutos estuvieron en libertad, cada uno con su carga política, con sus responsabilidades, con sus deseos, con sus ideales, con sus ideologías, pero en libertad de decir y hacer lo que les plazca. Y, no pudieron.

Un debate lleva implícita una discrepancia. Hay una controversia tácita que va -¿debe?- estallar. Cuando se organizó el debate que se vio por Canal 10 a través de la producción de LA GACETA, se planificó –y así lo aceptaron los contendientes poniendo su firma- que en dos oportunidades los postulantes a diputados pudieran dialogar libremente, sin moderadores, sólo ellos ante sus propios contendientes y de cara al soberano.

Y, descubrieron que debatir –como hablar- no es una acción unidireccional. El debate implica escuchar. Fue en ese instante, cuando comenzó el problema para nuestros políticos profesionales. No pudieron escucharse. Los candidatos no estaban en condiciones de oír ni su propia voz ni la de los demás. Y, como no escuchaban, no se entendía lo que hablaban, mucho menos lo que proponían. Empezaron a levantar el tono para hacerse oír en vez de callar. Y, nadie los escuchó. Nadie los comprendió. Por supuesto eso les valió la reprimenda de los televidentes. En distintos momentos Osvaldo Jaldo, José Cano, Ricardo Bussi y Ariel Osatinsky se perdieron en sus propios mundos en vez de compartirlos. Ellos, tan luego ellos, les pedían a los conductores del programa que intervengan, que los ayuden a hablar, a debatir. No pudieron bastarse a sí mismos. Necesitaban desesperadamente ayuda. Y la pedían.

Un ejemplo

Tucumán dio un ejemplo esta semana. Sus candidatos –una semana antes lo habían hecho las postulantes mujeres que van en segundo término en las boletas que se utilizarán hoy- decidieron dar la cara. Se mostraron con defectos y virtudes. Un ejercicio democrático que escasea en este país adolescente donde la democracia suele ser un deber ser y no un ejercicio cotidiano.

El debate se hizo. Los candidatos se pelearon. Se desesperaron por ganar. Quisieron ganar tiempo y robárselo al otro. Quisieron ganar mostrando cuál hablaba más fuerte. Quisieron ganar el debate cuando en realidad se trataba de contraponer ideas y propuestas. Hubo quienes se beneficiaron y quienes no con sus posturas. Hoy el soberano pueblo tucumano dará su veredicto.

Un fiel reflejo

Nada nuevo. Son dirigentes políticos que representan a la sociedad y –aunque enoje- son fieles representantes de lo que se puede ver a diario en una mesa de bar, en una reunión de amigos. Es lo que se vio después de la difusión del video de una maestra que en el colegio Pablo Apóstol definió como una enfermedad a la homosexualidad y terminó afectando a sus alumnos que la filmaron en una defensa de sus pensamientos y de algún amigo gay.

Apenas conocido el video que circuló a gran velocidad por las redes sociales y por WhatsApp hubo agresiones de uno y de otro lado. Se despezaron en las redes sociales, en los comentarios y en cuanta red virtual pudieron expresarse. No hubo posibilidades de encontrar el espacio para escuchar. Para abrir las puertas de las disculpas. Las agresiones y la intolerancia ganaron el debate en una sociedad –virtual y real- incapaz de escuchar al otro aún en el error.

En las acaloradas discusiones se vio la conveniencia -marketinera y empresarial- del colegio de echar a la maestra. Se analizó la necesidad de sancionar al alumno que filmó el video de la polémica. Se tiraron culpas e idologías. No pudieron escucharse, respetarse y valorar al prójimo como un integrante más de esta sociedad.

Lo despedazaron

En todo el país Santiago Maldonado fue protagonista de esta campaña electoral que concluyó el jueves pasado a las 8 de la mañana. Todos se apoderaron de él. Apenas se convirtió en noticia su desaparición, políticos, candidatos, funcionarios, militantes de todo el arcoíris político se preocuparon por apoderarse de él. Lo despedazaron. Maldonado debió ser una causa nacional. Un tema que uniera a los argentinos para que no ocurrieran nunca más episodios de ese tipo. Sin embargo, todos hablaron al mismo tiempo. Todos elevaron la voz. Todos se pelearon por él. Y no se escucharon.

La historia de nunca acabar

Los argentinos hemos llegado hoy al final de la carrera. En el transcurso cada uno ha tratado de gritar más fuerte. Así se ha disimulado la corrupción que corroe los cimientos de este país. Se ha minimizado las incapacidades de la Justicia para taparse los ojos y actuar en consecuencia, se ha soslayado la impericia del Estado para controlar a los bárbaros que elegido viralizar las imágenes de Maldonado. Temas como estos son los que en medio del barullo de la campaña no se han podido escuchar. Mañana ya será todo pasado y habrá comenzado otra reyerta, interna, en cada agrupación política porque 2019 ya está a la vista. Y, posiblemente, el bochinche del debate vuelva a empezar.

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