Ficciones policiales, prácticas medievales

30 Sep 2017 Por Roberto Delgado

De una olvidada y violenta Nochebuena de hace dos años resurgió una oscura historia policial. Se trata de la muerte del preso Rubén Alejandro Medina en el patio de la seccional 7a, de Villa Luján: ahorcado mientras estaba boca abajo, con las manos atadas atrás. Alguien le puso una rodilla en la espalda y tiró hacia arriba la correa que le agarraba el cuello, según presume la fiscal Adriana Giannoni, que investiga el hecho. Dos años después, se revela un episodio que parece de una película de terror para estimular el miedo y también el sadismo de algunas personas. Esas cosas ocurren en los lóbregos calabozos tucumanos y pocos se inquietan por ello, dado que se cree que eso sólo les pasa a los delincuentes. Razonamiento erróneo, emocional, confuso y riesgoso.

Relato y realidad

De esa Nochebuena trágica había un informe policial y judicial, que en general se aceptó sin cuestionamientos en los medios de comunicación: un motín originado por una pelea por $ 50 entre dos detenidos; la intervención del Grupo Cero, del 911 y de Infantería para aplacarlo, y la aparición del detenido Medina boca abajo en la celda, con una hoja de afeitar en la boca, una vez acallado el motín. El informe dice que fue llevado al hospital, donde murió.

Pero ahora se revela que casi todo fue un invento, que tapaba una realidad densa. Ahora parece que en vez de motín hubo fiesta generada por los (ahora acusados) guardiacárceles que estaban custodiando a los detenidos. Por $ 500 les habían permitido entrar pastillas envueltas como caramelos, fernet en botellas de Coca, whisky en botellas de Mirinda y otras bebidas en botellas de Seven up, según la pesquisa judicial. En el medio de la fiesta se generó la trifulca, el llamado a los grupos policiales especiales y la aparición del cuerpo. Los guardiacárceles, Juan Lucas Rodríguez y Héctor Luis Morales, ya conocían a Medina, que había estado en la cárcel de Villa Urquiza. ¿Había algún rencor previo, o es sólo que Medina, que sabía karate, era un tipo conflictivo? Poco se sabe, excepto que dos semanas antes Medina se había entregado solo a la Justicia, que lo alojó en esa seccional. Estaba acusado de robo agravado y había presenciado la muerte de un compañero (¿cómplice?) en un enfretamiento con un policía en Alderetes. Tipo raro, Medina. Incluso, dice la fiscala, tiempo atrás había estado cinco meses de más en la penitenciaría por falta de un fiador. Hay que recordar que el sistema carcelario tucumano tiene serios problemas con el alojamiento de reclusos, incluso con la actuación del juez de Ejecución de Sentencia, quien debió ser retado hace semanas por la Corte Suprema para que se ocupe de los presidiarios.

Demasiado tiempo

¿Por qué se ha tardado tanto en investigar esta muerte? Porque se trata de un supuesto delincuente. “¿A quién le importa?”, dicen los foristas pro policía, que llaman “lacras” a los detenidos. También, porque no había fiscal en la Fiscalía IX, de turno en diciembre de 2015, por jubilación de María de las Mercedes Carrizo. Se hicieron cargo por subrogancia varios fiscales pero durante más de un año sólo se tuvo en cuenta el parte policial -que, ya se ve, describía una ficción- y no se citó a declarar en la justicia a los otros presos, a los vecinos, a los familiares ni tampoco a los agentes de los equipos especiales convocados para sofocar el supuesto motín. Le tocó a la fiscala Giannoni, considerada “antipolicía” por los agentes de seguridad, sacar el velo de esa Nochebuena violenta.

Fuego y denuncias

No es la primera vez que se revelan episodios oscuros detrás de incidentes violentos explicados liviana y parcialmente por la Policía. Aún se está investigando si los guardianes de la Brigada Norte se quedaron quietitos mientras estallaba el incendio de junio de 2015 que terminó con la muerte de los detenidos Mateo Boris Viza y Francisco Emanuel Gallardo. Una hermana de este dijo que sus hermanos robaban para la policía y que en la Brigada Norte “les daban bebidas y drogas para que estén tranquilos”. En noviembre pasado el fiscal Washington Navarro Dávila hizo la teatralización del hecho (no se hizo reconstrucción porque no hay imputados por el incendio) y nada se sabe de la denuncia de la hermana. “¿Quién va a investigar eso, si es la hermana de un delincuente?”, dirían los pro policías.

En marzo pasado fue removida la cúpula de la comisaría de Banda del Río Salí por la denuncia de una mujer que dijo que dos vigías ciudadanos, en connivencia con los agentes, detenían, torturaban y coimeaban a dos de sus hijos, y a uno hasta lo manosearon. Otra película de terror. Los comentaristas pro policía calificaron a esta familia como “delincuentes”. Es decir, en su opinión, o inventan lo que denuncian, o se lo merecen.

La tragedia de la Brigada Norte derivó en un habeas corpus pedido por los fiscales Giannoni y Diego López Ávila, que dieron cuenta de las condiciones brutales de hacinamiento de los detenidos en Tucumán. En las comisarías había 700 personas alojadas, entre procesados y aprehendidos por contravenciones. La Corte Suprema emplazó al Gobierno y este prometió mejoras con la construcción de una alcaldía para alojar a 200 detenidos más en la atiborrada cárcel de Villa Urquiza. La Corte ordenó que de los detenidos no se ocupen los policías de las comisarías, sino los guardiacárceles, y estos son los que protagonizaron el episodio de la Nochebuena trágica.

Cuestión de cupo

¿Cómo está la situación de los detenidos ahora? “Nada ha cambiado”, dice la fiscala Giannoni, excepto que los comisarios tienen obligación de hacer respetar, por orden de la Corte, un espacio de cuatro metros por cuatro para alojar a cada detenido en las comisarías. ¿Quién lo controla? La fiscala hizo un relevamiento en julio. En la seccional 4a había lugar para 9 detenidos, pero el comisario decía que su cupo era de 25 y en la celda había 30. En la 12a había espacio para dos, aunque el comisario decía que el cupo era de 7 y había 18 detenidos. “El artículo 14 de ley 8.933 (modificada por la 9.052), que habilita la puesta en vigencia parcial del nuevo Código Procesal Penal, hace responsables a los jueces penales de las condiciones de detención”, dice Giannoni. ¿Alguien obligará a los jueces -por cierto, aún están vacantes los juzgados II y V- a hacer cumplir la ley? La Corte no pudo obligar al poder Ejecutivo a hacer efectivo el habeas corpus.

Lo que la trágica Nochebuena de 2015 revela es más profundo: las falencias y peligros de un sistema autónomo que nadie quiere ver. Los funcionarios del Ministerio y la Secretaría de Seguridad apoyan a sus policías y califican los casos que salen a luz como aislados y como “manzanas podridas” que hay que separar. Las oficinas de Derechos Humanos de la Provincia y de la Corte actúan por inercia, pese a que la Procuración Penitenciaria de la Nación publicó en agosto pasado un duro informe que calificó de grave la situación de las cárceles de Villa Urquiza, Concepción y Banda del Río Salí.

Con esa actitud de inercia, no se ve cuando estallan casos graves, como el de Ismael Lucena en 2011, un chico que no tenía causas, no era “lacra” ni nada que siquiera hiciera pensar que hubiera razón para que fuera detenido, y que fue asesinado en un oscuro calabozo del destacamento del barrio El Gráfico. Por esta tragedia, un policía fue condenado a perpetua y otros dos a siete años de prisión. Pero el caso fue presentado en su momento como un exceso en la detención de un ladrón.

En la Justicia existe la doctrina Campillay, que indica que hay desconfiar de los informes policiales, por derivarse de un organismo más interesado en mostrar una imagen de supuesta eficiencia al poder que en resolver conflictos. Los delitos son los que se prueban en la Justicia, dice la jurisprudencia. Pero poco hemos evolucionado en este país con respecto al modelo policial que actúa según códigos de conducta que, derivados de un oficio obligado a convivir con la violencia, fácilmente derivan en negocios o excesos, con la justificación de pacificar una sociedad que va de mal en peor. De vez en cuando, siempre tarde para cambiar las cosas, se revelan episodios como el de la Nochebuena trágica.

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