Tucumano en la Guerra Mundial

El 15 de agosto último murió Benjamín Josset, quien a los 16 años partió de Tucumán a luchar por la libertad.

03 Sep 2017

Hace veinte días, exactamente el 15 de agosto último, falleció Benjamín Josset. Ocurrió en su casa de Villenauxe-La-Grande, en el departamento de Aube, a cien kilómetros de París. La noticia tiene verdadera importancia para nosotros. Este combatiente de la Segunda Guerra Mundial y condecorado con la Legión de Honor, se convirtió en tucumano cuando sus padres lo trajeron de Siria, en 1926, niño de dos años de edad. Se radicaron en La Ramada. Poco después la familia se trasladó a vivir a la ciudad, en la calle Miguel Lillo.

De Gaulle llama

Un día de 1940, cuando volvía –ya adolescente- de la Escuela Urquiza, leyó en las pizarras de LA GACETA la proclama que, desde Londres, lanzaba el general Charles De Gaulle con título vibrante: “A todos los franceses: ¡Francia ha perdido una batalla! ¡Pero Francia no ha perdido la guerra!”. Convocaba “a todos los franceses, en donde se encuentren, a unirse a mí en la acción, en el sacrificio y en la esperanza”.

Josett se sintió profundamente tocado por el texto, y en ese momento tomó la loca decisión de ir a la guerra. “Mi padre era de origen sirio libanés. Había trabajado en Beirut, en los puertos de Francia y después se radicó en esta hospitalaria tierra argentina. Creo que esta necesidad de luchar por la libertad del mundo me vino de modo ancestral”, explicaría. A pesar de las protestas de los progenitores, partió a Buenos Aires y se las arregló para embarcarse rumbo a Londres. Debió adulterar sus documentos, para que acreditaran 18 años en vez de los 16 que tenía.

En el norte de África

En un reportaje que le hizo LA GACETA muchas décadas más tarde, recordaría que los aspirantes a soldados formaron frente a De Gaulle. El general “tuvo palabras de emoción, al ver que había jóvenes sudamericanos entre los que se sumaban a la resistencia. Lo decía también por un paraguayo que estaba conmigo”. Así entró como recluta en los cuarteles franceses habilitados en Carlton Gardens.

Recibió a toda prisa la instrucción militar, al mismo tiempo que aprendía a manejarse en francés. “Al principio no soltaba el diccionario”, recordaría. Poco después, lo embarcaron rumbo al norte de África, en medio de un convoy de 150 naves. Iba destinado a la segunda compañía de tanques del coronel Retard.

Estuvo cuatro años en esa parte del mundo. Participó en la campaña del Chad, al mando del general Philippe Leclerc y luego, integrado al ejército británico que conducía el general Bernard Montgomery, en las azarosas guerras en Libia y Tripolitania.

Liberación de París

No sin esfuerzo, logró que lo autorizaran a salir del centro del continente africano, y lo destinasen a las fuerzas que se disponían a la liberación de Francia.

En Marruecos, empezaría a revistar en la II División Blindada de Tanques, que allí formó Leclerc. Participaría en la inolvidable epopeya del “Día D”: el desembarco en Normandía. En medio de un infierno de balas, tocó tierra en la playa que los aliados llamaban “Utah Beach”.

El día de la liberación de París, el 25 de agosto de 1944, su tanque -que llevaba las insignias de la II División- fue de los primeros en entrar en la ciudad, entre el indescriptible entusiasmo de los franceses. “Recuerdo el sonido inolvidable de las campanas de Notre Dame, tañendo por la libertad. Yo sentí que sonaban también por un sueño personal que había comenzado en mi pueblo, al pie de la cordillera. Era difícil no llorar”, contaría después.

Luego, según narró a LA GACETA, “participamos en la liberación de Estrasburgo, donde yo era cabecera de uno de los cuatro dispositivos que marchaban sobre el sitio. Cuando cruzamos el Rhin, me parecía, después de cuatro años y medio de guerra, que se podría saborear de manera casi sublime la victoria. Me parecía que todo se terminaba, que estábamos ganando”.

Horror de la guerra

Pero le aterrorizó lo que iba percibiendo después de sortear ese río y el Danubio. Le quedó para siempre el recuerdo terrible de las ciudades destruidas, y de “esa obligación que teníamos de aplastar todo lo que estaba debajo nuestro: era la primavera y el ejército alemán estaba derrotado”.

En el campo de concentración de Dachau, que acababa de liberarse, le consternó encontrar, convertidos en piel y huesos, a soldados que había conocido en África y que luego se habían integrado a la Resistencia francesa.

Pasan los años

“No me gusta hablar mucho de todo eso”, decía Josett. “Lo que sí puedo asegurar es que no se encontrará nunca, en la historia ni en la leyenda, algo que se parezca a esa aventura por la libertad. Si algo daba orgullo era estar a órdenes de jefes como aquellos, que luchaban convencidos y hacían que uno entendiera y aprendiera rápido. Era un honor estar allí y había que ganárselo”.

Josset había conocido en París, al día siguiente de la liberación, a una jovencita llamada Odette. Se enamoraron, se casaron y tuvieron varios hijos, luego ramificados en nietos.

En Francia, donde el tucumano de La Ramada resolvió radicarse, hasta su jubilación trabajó en la industria automotriz. A la vez, dedicaba sus esfuerzos a la Asociación de Veteranos de la Segunda División. “Pago la culpa, que nunca abandona al soldado: la de haber sobrevivido entre tantos compañeros muertos”, solía decir.

Silencio por respeto

A lo largo de los años fue siempre reacio a evocar los tiempos de la guerra. En 1995, las revistas militares “Caravane” y “Liberation” lo reportearon. Habló a disgusto y se arrepintió. “Jamás, hasta entonces, había dejado escapar semejantes confesiones”, contó en una carta personal. Sus “cincuenta años de inflexible silencio” se debían, “principalmente, a un sentido ético de profundo respeto a la memoria y a la sangre del sacrificio de mis compañeros en campos de batalla o en los campos de deportación”.

La sola evocación “de esos espantosos recuerdos me asfixia y me quema”, confesaba. “Alejado de los ascensos y de los honores, cumplí con las órdenes y ejecuté las misiones que me fueron confiadas por esos grandes jefes de leyenda que han marcado la historia: Philippe Leclerc, Alain de Boissieu, Louis Dio, Jacques de Witasse...”

Los argentinos

Recordaba que “los voluntarios argentinos acudieron numerosos, y muchos de ellos sacrificaron sus vidas. Nunca olvidaré a mi compañero Mauricio Jeanrenaud, caído heroicamente en junio de 1942 en la histórica batalla de Bir Hakeim. Cuatro años más tarde me encontré en el puerto de Buenos Aires con una pobre madre que buscaba desesperadamente a su hijo. ¡Pobre madre! No sabía nada del trágico destino de Mauricio, ni de sus restos mortales que se estaban calcinando en los desiertos de Libia”.

Trazaba una síntesis de aquellos tiempos. “En esa monstruosa tragedia de los años cuarenta, tuvimos el privilegio y la suerte de servir, como decía Malraux, a una de las causas más nobles, por la libertad y la dignidad del ser humano, y eso valía la pena”.

La Legión de Honor

En 1987 volvió a Tucumán con su esposa Odette, acompañado por dos periodistas de la televisión francesa. Estos trabajaron en el archivo de LA GACETA, donde fotografiaron varios ejemplares del diario, para documentar la forma en que los sucesos de la Segunda Guerra se veían en Tucumán. Una década más tarde, en 1997, la República Francesa otorgó a Josset las insignias de Oficial de la Legión de Honor, en reconocimiento por sus servicios.

Hace pocos años falleció su esposa Odette. Los amigos tucumanos que mantenían contacto con él tuvieron la impresión de que esa muerte lo había quebrantando definitivamente.

Las exequias de Benjamín Josset, quien partió de este mundo a los 93 años, se realizaron en la Iglesia de Saint Pierre et Saint Paul, en la ciudad de Villenauxe-La-Grande. Frente a sus restos, los veteranos de la División de Lecrec, con banderas y condecoraciones, dieron el último adiós al compañero.

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