La pobrezade don Lucas

15 Jul 2017

El teniente coronel Lucas Córdoba (1841-1913) gobernó dos veces Tucumán, en 1895-98 y 1901-1904 a 1904. Uno de sus éxitos fue lograr del Congreso la ley de primas a la exportación de azúcar. Cuatro meses estuvo en Buenos Aires hasta convencer, uno por uno, a senadores y diputados.

El día de la votación, Julio P. Ávila se hallaba en la barra del Senado, esperando. Cuenta que se le ocurrió comentar a su vecino de asiento, el industrial Guillermo Padilla, que don Lucas carecía de casa propia, y que alquilaba una frente a la plaza. Le dijo Padilla: “No. Ya hemos hablado con don Brígido Terán y otros. Vamos a escriturarle la casa donde vive en Tucumán”. Por la noche, Ávila informó de esto a don Lucas, y le dijo que debían celebrar la novedad. Pero, narra, “mi contento fue brevísimo, porque don Lucas, con una rabia reconcentrada, me dijo: ‘no son ni Brígido ni Guillermo Padilla quienes me podrán inferir esta ofensa (aquí lanzó un gran terno militar). ¡Yo trabajo por Tucumán y no por la fortuna de los industriales!”. Así, “se acabó el asunto casa, desde ese momento y para siempre”, comenta Ávila.

Don Lucas nunca llegó a la casa propia. Su esposa poseía una pequeña en Monteros: la prestó a alguien con cargo de “tapar una que otra gotera y blanquearla de cuando en cuando”. Años después, la señora supo que su favorecido la alquilaba, y lo intimó a devolvérsela. El ocupante se fue, pero “robándole los techos y las puertas”. Años después -siempre según Ávila- el doctor Fortunato Mariño, ministro entonces y gran amigo de don Lucas, como sabía su estrechez económica, lo visitó para ofrecerle el cargo de Superintendente General de Irrigación. Don Lucas le cortó la palabra. “No siga m’hijo. No se aflija usted por mí. Tengo mi retiro militar. No aceptaré nada… ni el valle de Josafat”.

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