Es albañil, se enamoró del rugby y sueña con jugar en la primera de Lince

Jonatan de Haro trabaja duro en una obra y se siente identificado con el deporte de la ovalada.

06 Jun 2017 Por Federico Espósito

Las historias son para el rugby un elemento tan esencial como la pelota misma. Sin ellas, sería otro deporte mucho menos interesante. En ese infinita constelación de relatos que se construyen semana a semana, dentro y fuera de la cancha, vale la pena detenerse en el de Jonatan de Haro, primera línea de Lince. No porque su caso sea único, sino porque sirve para graficar de manera irrefutable qué tan fuerte puede llegar a ser el vínculo entre el hombre, el rugby y su club.

Y es que hay que tenerle mucho amor a la ovalada para querer entrenarse después de una ardua jornada como albañil. En un día común, Jonatan se levanta a las 6; llena el tanque con café fuerte y tortillas para tirar hasta el mediodía; prepara sus herramientas y tipo 7 parte en su moto desde Alderetes hasta San Juan al 2900, donde se encuentra el módulo habitacional en el que trabaja actualmente. Carga arena en la carretilla, prepara mezcla, revoca paredes y demás labores hasta la tarde. Cumplida la jornada de trabajo regresa a su casa, se da un baño y parte hacia el gimnasio para hacer pesas. Y si toca entrenamiento en el club, estará volviendo pasada la medianoche, con la energía suficiente para darse otra ducha y “desmayarse” sobre la cama. “Sí, es difícil hacer las dos cosas, pero todo ese esfuerzo se justifica el fin de semana, cuando tengo que jugar. Me sacrifico día a día para ir al club porque no me gusta faltar a los entrenamientos. Siento que me pierdo algo”, asegura “Yoni”.

De todos modos, el sacrificio no es ninguna novedad para Jonatan, que con 20 años es el menor de cuatro hermanos. Antes, llegaron Franco (30), Sebastián (25) y Solange (21). Tras sufrir el abandono de su padre cuando él tenía apenas cuatro años, quiso ayudar a su madre, Dora Mirta Chirino, de quien heredó la vocación por el trabajo. “Es una mujer de fierro. Vendía pan y sánguches en la calle para mantenernos. Cuando yo tenía 13 años y jugaba en las infantiles de Lince trabajaba en la cosecha de limón, en Tafí Viejo. Después entré en un taller de motos, en uno de autos y así fue haciendo varias cosas para ganar plata y dársela a mi vieja. Hasta que hace ocho meses empecé con la albañilería”, cuenta “Yoni”, con la humildad de quienes tuvieron que ganarse hasta lo más mínimo, porque nada les vino de arriba.


FELIZ CON LA OVALADA. "Yoni" se divierte con el rugby y asegura que no le gusta el fútbol. LA GACETA / DIEGO ARÁOZ

Amor a primera vista

El primer contacto con el rugby fue a los ocho años. Sus tíos, Víctor y Darío Chirino, formaban parte del plantel superior de Lince, y un día decidieron llevarlo. “Gracias a ellos conocí el rugby y el club. Me encantó desde el principio. Más allá de que el deporte me pareció divertido, lo que más me gustó fue la gente. Me hicieron sentir parte, me enseñaron a ser buena persona y a superar obstáculos, dentro y fuera de la cancha. No me importaba que me quedara lejos ni el frío al ir en moto, yo sólo pensaba en jugar”, recuerda “Yoni”, que no tardó en descubrir su puesto. “Cuando era chico jugaba de cualquier cosa, pero siempre me gustó ser primera línea. Me divertía mucho”, cuenta el actual hooker o pilar izquierdo. “Igual, con tal de jugar, poneme de cualquiera cosa”, aclara.

Este año, pudo cumplir el sueño que cobijaba desde que se puso por primera vez la camiseta roja y gris: jugar en la Primera, aunque más no fueran cinco minutos. “Todavía lo vivo en mi cabeza a ese momento. Estábamos entrenando y en un momento el entrenador, Patricio Pellegri, nos reune para darnos el equipo titular del próximo partido. Lo nombra a Marcos González de pilar izquierdo y después dice ‘Yoni’ de hooker. Lo miro y le pregunto: ‘¿yo?’. Me contesta: “sí, ¿que no querés jugar?”. ‘Sí, es lo que quise siempre’, le digo. No podía creer que iba a jugar en Primera”, reconstruye.

Todavía faltaba lo mejor: su debut de titular en el Regional contra Cardenales. “Nada menos que en el clásico del barrio, en cancha de ellos y encima lo terminamos ganando. Mejor imposible”.

Mientras Jonatan cuenta su historia, todavía con ropa de albañil, la pelota va y viene entre las manos endurecidas por el trabajo y el frío de las mañanas en moto. La acaricia, la mueve para acá, para allá, y la atenaza cuando enfatiza algo, como un soporte discursivo. Algo que se advierte sobre todo cuando habla de Lince.

“Al equipo lo veo muy bien este año. No porque haya subido yo al plantel superior, je, sino porque se está haciendo un muy buen trabajo. Y los jugadores tiramos todos para adelante. De verdad, estamos más fuertes que nunca como grupo. Y ahora que ya estamos clasificados a la siguiente fase, queremos seguir peleando arriba”, remarca.

De fondo, sus compañeros de obra lo siguen mirando como un ejemplar extraño: un albañil que prefiere el rugby al fútbol. “Sí me invitan, y yo los invito a ellos a probar el rugby. Me dicen que no, que tengo que estar loco para jugar a esto. Puedo jugar al fútbol, pero la verdad es que no me gusta. Yo a la ovalada no la cambio por nada”, jura. Mirando la pelota, asegura: “esto es lo mejor que me pudo dar Dios, aparte de la familia y el club enorme que tengo”.

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