Cuando al historiador Roberto Pucci se le pregunta si es un outsider del campo académico, responde, con una mueca, “puede ser”. Lo ratifica su flamante libro, “Historia. Erudición, interpretación y escritura”, en el que hace una defensa teórica de la historia “como disciplina del saber”. Pero también es una lectura muy crítica del pasado reciente -los años 60 y 70 en la Argentina y en el resto del mundo- que Pucci vivió en primera persona, como dirigente estudiantil y como militamte de la entonces denominada “izquierda nacional”.
- Su nuevo libro se sugiere como un “Manual de metodología de la Historia”, pero es también una crítica contundente a las miradas “reduccionistas” del pasado...
- La historia ha estado sujeta a una cantidad de críticas y de desconfianza acerca de su posibilidad de generar conocimiento válido. Y fue esa duda, esa sospecha acerca del valor de la historia, lo que me movió a darle forma definitiva a este trabajo. El libro es en gran parte el resultado de mis clases de Metodología de la Historia. Yo intento una defensa de la historia como una disciplina del saber, que no es un conjunto de ideas caprichosas. Considero que el lector de historia y el historiador comparten la misma ambición, o esperanza, de que le cuenten qué es lo que ha ocurrido en el pasado del país, el inmediato y el distante. Y ese contar lo que ha ocurrido ha sido satirizado muchas veces.
- ¿Por qué se impuso el postulado de que la historia es sólo interpretación, sólo literatura?
- Como señalo en el libro, el hiperrelativismo posmoderno resulta funcional a una intelectualidad que habita en esta realidad de un país en franca decadencia y retroceso, sumido en la pobreza, en la política del clientelismo y de la corrupción, y con una semidemocracia de escasa calidad institucional. Prefieren sostener que los hechos sociales e históricos palpables no son tales, sino mera conjetura. Esta corriente intelectual tiene sus raíces en el irracionalismo contrailustrado, que rechaza la democracia y el secularismo de la sociedad occidental contemporánea, y se nutre tanto de la izquierda como de la derecha confesional, lo que favoreció su hegemonía.
- ¿Cómo hace un historiador para analizar con la mayor honestidad o neutralidad posible la historia de la que ha sido protagonista?
- Siendo escrupuloso y riguroso con las fuentes de información, sin omitir ni manipular aquellas que parecen desmerecer la interpretación que proponemos. Y recordemos que las fuentes que nos permiten conocer el pasado no son solamente textos, porque la acción humana deja huellas materiales de todo tipo. El pozo de Vargas, que atestigua el terrorismo de Estado practicado por los gobernantes de este país antes y después del 24 de marzo, no es un fragmento de literatura, sino el rastro humano del horror.
- Si bien usted es un crítico de los años 70, también destaca que en aquella universidad era posible el debate de ideas. ¿Por qué eso no ocurre hoy?
- La generación de fines de los 60 y 70 protagonizó una rebeldía legítima, repudiando una dictadura militar que se propuso suprimir todas las libertades, acabó con la autonomía universitaria y expulsó a miles de docentes y profesionales de sus claustros, enviándolos al exilio. El movimiento estudiantil la enfrentó y, en consonancia con una gran parte de la sociedad argentina, protagonizó las puebladas de provincias que obligaron a los dictadores a entregar el poder. El movimiento estudiantil de nuestros días, por el contrario, no parece representar el inconformismo ni la rebeldía, y opta más bien por adherirse a los gobernantes de turno, dentro y fuera de la universidad. Es una generación desmovilizada, que no debate en asambleas pero recibe prebendas, pasajes y otros favores de una dirigencia estudiantil devenida funcionaria.
- ¿Cuáles serían, en su criterio, las claves para poder cerrar la famosa “grieta”?
- Que nuestra cultura política asuma los valores de la tolerancia, el disenso y el derecho a cuestionar y vigilar, constantemente, a quienes ejercen el poder. Hasta aquí, cada vez que el peronismo estuvo en el poder, y lo hizo desde su primera gestión a partir del golpe de 1943, exigió una adhesión incondicional y estigmatizó como enemigos del pueblo o de la patria a quienes conservan la independencia de sus ideas. Para que una democracia funcione cabalmente, políticos y ciudadanos deben respetar y hacer respetar ante todo a quien piensa distinto. La democracia es un consenso social acerca de la necesidad, digamos sagrada, de asegurar el disenso.
- Por ejemplo, ¿cómo hizo Alemania para saldar su pasado con el nazismo?
- Primero, en la década de 1980 se dio un gran debate llamado “la querella de los Historiadores”, de la cual brotó una historia crítica, contra el silencio o la complacencia anterior. En segundo lugar, la tercera generación de posguerra empezó a preguntarse dónde estaban sus abuelos o sus padres en esa época. Quizás aquí falta el mismo espíritu crítico, y no la ingenua épica setentista que se ha impuesto en los últimos años.
- Así como su biografía marca un derrotero por la izquierda y por el peronismo, ¿dónde ubicarse hoy, como intelectual, sin perder la esperanza de un mundo mejor?
- Debo corregir en un detalle de mi biografía: integré en mi juventud la corriente llamada de izquierda nacional, de raíz trotskista, que predicaba el apoyo crítico al peronismo pero no estaba integrado a él. Pocos años después, y como hizo gran parte de la izquierda argentina, se despojó de su identidad de origen y se subió al gran barco del peronismo. Yo abandoné esos grupos precisamente por este motivo, ante el espectáculo del peronismo de los 90 que indultó a los militares genocidas, mientras destruía la economía nacional. La izquierda argentina y occidental, o lo que se autodenomina progresismo en general, se rehúsa a reconocer lo nefasto de la herencia que dejó el comunismo con sus experiencias totalitarias en Rusia, en China, en Camboya o en Cuba. Proclamaron la emancipación humana y trajeron la sociedad carcelaria, el genocidio y el horror. Como señalara Tony Judt, el gran historiador del siglo XX, para encarar cualquier cosa mejor en este nuevo siglo debemos contar la verdad acerca del que se acaba de clausurar, y ello supone desmontar la mitología de la revolución que acaba con todas las injusticias, porque esas revoluciones engendraron regímenes de pesadilla. Contra la sed de absoluto de los fundamentalismos de izquierda o de derecha, es preciso afrontar la tarea de reformar pieza a pieza, caso por caso, todo aquello que atenta contra la libertad y el bienestar de los seres humanos. Y esa reforma es una tarea permanente. Porque la democracia es una obra en permanente construcción.
- Su nuevo libro se sugiere como un “Manual de metodología de la Historia”, pero es también una crítica contundente a las miradas “reduccionistas” del pasado...
- La historia ha estado sujeta a una cantidad de críticas y de desconfianza acerca de su posibilidad de generar conocimiento válido. Y fue esa duda, esa sospecha acerca del valor de la historia, lo que me movió a darle forma definitiva a este trabajo. El libro es en gran parte el resultado de mis clases de Metodología de la Historia. Yo intento una defensa de la historia como una disciplina del saber, que no es un conjunto de ideas caprichosas. Considero que el lector de historia y el historiador comparten la misma ambición, o esperanza, de que le cuenten qué es lo que ha ocurrido en el pasado del país, el inmediato y el distante. Y ese contar lo que ha ocurrido ha sido satirizado muchas veces.
- ¿Por qué se impuso el postulado de que la historia es sólo interpretación, sólo literatura?
- Como señalo en el libro, el hiperrelativismo posmoderno resulta funcional a una intelectualidad que habita en esta realidad de un país en franca decadencia y retroceso, sumido en la pobreza, en la política del clientelismo y de la corrupción, y con una semidemocracia de escasa calidad institucional. Prefieren sostener que los hechos sociales e históricos palpables no son tales, sino mera conjetura. Esta corriente intelectual tiene sus raíces en el irracionalismo contrailustrado, que rechaza la democracia y el secularismo de la sociedad occidental contemporánea, y se nutre tanto de la izquierda como de la derecha confesional, lo que favoreció su hegemonía.
- ¿Cómo hace un historiador para analizar con la mayor honestidad o neutralidad posible la historia de la que ha sido protagonista?
- Siendo escrupuloso y riguroso con las fuentes de información, sin omitir ni manipular aquellas que parecen desmerecer la interpretación que proponemos. Y recordemos que las fuentes que nos permiten conocer el pasado no son solamente textos, porque la acción humana deja huellas materiales de todo tipo. El pozo de Vargas, que atestigua el terrorismo de Estado practicado por los gobernantes de este país antes y después del 24 de marzo, no es un fragmento de literatura, sino el rastro humano del horror.
- Si bien usted es un crítico de los años 70, también destaca que en aquella universidad era posible el debate de ideas. ¿Por qué eso no ocurre hoy?
- La generación de fines de los 60 y 70 protagonizó una rebeldía legítima, repudiando una dictadura militar que se propuso suprimir todas las libertades, acabó con la autonomía universitaria y expulsó a miles de docentes y profesionales de sus claustros, enviándolos al exilio. El movimiento estudiantil la enfrentó y, en consonancia con una gran parte de la sociedad argentina, protagonizó las puebladas de provincias que obligaron a los dictadores a entregar el poder. El movimiento estudiantil de nuestros días, por el contrario, no parece representar el inconformismo ni la rebeldía, y opta más bien por adherirse a los gobernantes de turno, dentro y fuera de la universidad. Es una generación desmovilizada, que no debate en asambleas pero recibe prebendas, pasajes y otros favores de una dirigencia estudiantil devenida funcionaria.
- ¿Cuáles serían, en su criterio, las claves para poder cerrar la famosa “grieta”?
- Que nuestra cultura política asuma los valores de la tolerancia, el disenso y el derecho a cuestionar y vigilar, constantemente, a quienes ejercen el poder. Hasta aquí, cada vez que el peronismo estuvo en el poder, y lo hizo desde su primera gestión a partir del golpe de 1943, exigió una adhesión incondicional y estigmatizó como enemigos del pueblo o de la patria a quienes conservan la independencia de sus ideas. Para que una democracia funcione cabalmente, políticos y ciudadanos deben respetar y hacer respetar ante todo a quien piensa distinto. La democracia es un consenso social acerca de la necesidad, digamos sagrada, de asegurar el disenso.
- Por ejemplo, ¿cómo hizo Alemania para saldar su pasado con el nazismo?
- Primero, en la década de 1980 se dio un gran debate llamado “la querella de los Historiadores”, de la cual brotó una historia crítica, contra el silencio o la complacencia anterior. En segundo lugar, la tercera generación de posguerra empezó a preguntarse dónde estaban sus abuelos o sus padres en esa época. Quizás aquí falta el mismo espíritu crítico, y no la ingenua épica setentista que se ha impuesto en los últimos años.
- Así como su biografía marca un derrotero por la izquierda y por el peronismo, ¿dónde ubicarse hoy, como intelectual, sin perder la esperanza de un mundo mejor?
- Debo corregir en un detalle de mi biografía: integré en mi juventud la corriente llamada de izquierda nacional, de raíz trotskista, que predicaba el apoyo crítico al peronismo pero no estaba integrado a él. Pocos años después, y como hizo gran parte de la izquierda argentina, se despojó de su identidad de origen y se subió al gran barco del peronismo. Yo abandoné esos grupos precisamente por este motivo, ante el espectáculo del peronismo de los 90 que indultó a los militares genocidas, mientras destruía la economía nacional. La izquierda argentina y occidental, o lo que se autodenomina progresismo en general, se rehúsa a reconocer lo nefasto de la herencia que dejó el comunismo con sus experiencias totalitarias en Rusia, en China, en Camboya o en Cuba. Proclamaron la emancipación humana y trajeron la sociedad carcelaria, el genocidio y el horror. Como señalara Tony Judt, el gran historiador del siglo XX, para encarar cualquier cosa mejor en este nuevo siglo debemos contar la verdad acerca del que se acaba de clausurar, y ello supone desmontar la mitología de la revolución que acaba con todas las injusticias, porque esas revoluciones engendraron regímenes de pesadilla. Contra la sed de absoluto de los fundamentalismos de izquierda o de derecha, es preciso afrontar la tarea de reformar pieza a pieza, caso por caso, todo aquello que atenta contra la libertad y el bienestar de los seres humanos. Y esa reforma es una tarea permanente. Porque la democracia es una obra en permanente construcción.







