El Rey de nuestros corazones

Por Redacción LA GACETA 09 Abril 2017

Hoy, Domingo de Ramos, celebramos la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. ¿Y qué simbolizan esas palmas tan características de esta fecha? Que con estos ramos proclamamos a Jesús como Rey de Cielos y Tierra, pero -sobre todo- que lo proclamemos como Rey de nuestro corazón. ¡Jesús, Rey y Dueño de nuestra vida!

Sin embargo, si bien con las palmas benditas hemos aclamado a Cristo como Rey, las lecturas de la misa se refieren a la Pasión y Muerte de nuestro Señor.

Nunca, salvo en su entrada triunfal a Jerusalén, Jesús quiso dejarse tratar como Rey, siempre lo evitó. Como nos dice San Pablo en la segunda lectura (Flp. 2, 6-11): Cristo nunca hizo alarde de su categoría de Dios, sino que más bien se humilló hasta parecer uno de nosotros. Y -como si fuera poco- se dejó matar como un malhechor.

La lectura de la Pasión según San Mateo (Mt. 26, 14 - 27) nos invita a acompañar a Jesús en su sufrimiento, en las torturas a las que fue sometido, para darle gracias por redimirnos, por rescatarnos, por salvarnos y abrirnos las puertas del Cielo.

La verdad es que Jesús siempre huyó de la idea que la gran mayoría del pueblo de Israel tenía del Mesías: ellos esperaban uno poderoso, de acuerdo a criterios humanos y políticos, que los liberara del dominio romano. Jesús, por el contrario, va dejando bien claro que su misión es diferente.

Cuando comienza el proceso que terminaría en su Pasión y Muerte, interrogado por Pilatos (“¿eres el Rey de los Judíos?”), Jesús no niega que lo sea, pero precisa: “mi Reino no es de este mundo” (Jn. 18, 36). Ya lo había dicho antes a sus seguidores: “mi Reino está en medio de vosotros” (Lc.17, 21).

Y ¿quiénes son los súbditos de ese Rey? ¿Quiénes son su pueblo? Todos los que hayan sido -como Él- siervos de Dios, es decir todos los que hayan cumplido la voluntad de Dios, todos los santos, todos los salvados por la sangre de ese Rey derramada en la cruz. Por todo esto, Jesús nos enseñó a orar así en el Padre Nuestro: “venga a nosotros tu Reino”. Y por eso en la Santa Misa, después de que el pan y el vino son transformados en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, todos respondemos a una voz: “¡ven Señor Jesús”.

Publicidad
Tamaño texto
Comentarios
Comentarios