Bajo un sol devastador -que incluso mereció una risueña acotación pontificia- el Papa cumplió ayer una visita de 105 minutos a Tucumán. En el aeropuerto internacional Benjamín Matienzo, una multitud que rondó las 50.000 personas aclamó al jefe de la Iglesia, interrumpió una veintena de veces con aplausos y banderas agitadas su mensaje y vivió una atmósfera de plena emoción cuando al final, a punto de partir, Juan Pablo II se apartó un tanto del tono litúrgico y desplegó su poderoso encanto personal. Fue cuando bajó las escalinatas del podio y con una constante sonrisa estrechó las manos de centenares de fieles que pugnaban por llegar hasta él.
La crónica de LA GACETA sintetizaba en ese párrafo inicial lo vivido el 8 de abril de 1987, hace 30 años, cuando por primera -y única vez hasta ahora- un Papa pisó suelo tucumano. Lo recibió una jornada tórrida, más veraniega que otoñal, con temperaturas que orillaron los 40° durante la misa que ofició sobre un gigantesco escenario montado frente a la fachada del aeropuerto. El público, heterógeneo, entusiasta y estoico, soportó durante horas el calor, pero no faltaron los desmayados y descompensados. En los puestos sanitarios atendieron cientos de casos.
Karol Wojtyla tenía entonces 67 años y transitaba el esplendor de su papado. Era una celebridad internacional, cuya presencia magnetizaba y seducía. No llegó a permanecer dos horas en la provincia, pero fueron suficientes para conmover a la feligresía.
En su mensaje, Juan Pablo II les habló a los tucumanos de la necesidad de unirse y los instó a amar a la patria con todas sus fuerzas. Apenas bajó del avión se encontró con el saludo del gobernador Fernando Riera y antes de marcharse se arrodilló a orar ante la imagen de la Virgen de La Merced.
El hecho curioso se produjo horas antes de la llegada del Papa. Soledad Valdez y su esposo, Segundo Santana, marchaban a la madrugada rumbo al aeropuerto para asegurarse un lugar cercano al escenario. Ella estaba embarazada y en plena caminata fue sorprendida por los dolores del parto. Allí mismo, en plena ruta Alderetes-Cevil Pozo, dio a luz un varón. Por supuesto, lo bautizaron Juan Pablo.
El caso había sido producto de una decisión poco feliz de los organizadores: el tránsito se cortó a la altura del parque 9 de Julio, por lo que los fieles estaban obligados a caminar ocho kilómetros para ver a Su Santidad.
> PUNTOS DE VISTA
100 años para aprender de él
MARCELO BARRIONUEVO - SACERDOTE
Recuerdo que estaba en mi primer año de seminario y fuimos a verlo y escucharlo. Nos habló del amor a la Patria y de la identidad que tienen los pueblos cuando no se olvidan de sus orígenes. Fue una tarde calurosa de expresiones y sentidos.
Juan Pablo, hoy santo de la Iglesia, constituye una enciclopedia en hechos, palabras y gestos para la Iglesia de fines del siglo XX e inicio del XXI. Toda su obra fue ciclópea, no hay nada que no haya tratado ni escrito; teniendo su obra completa en acciones, palabras y gestos no alcanzaría la vida para leerlo e imitarlo.
Fue un Santo que marcó la recuperación y presencia de la Iglesia posconciliar. Se vivía por aquellas épocas el coletazo de un Concilio mal interpretado y sucedía a la muerte de un Papa de 33 días. No era fácil su tarea. Ayudó a que la Iglesia se reinserte en el mundo con un nuevo protagonismo y en especial con los jóvenes. Aportó una camino intrépido que le abrió a la Iglesia un horizonte de meterse en todas las acciones del hombre y de la sociedad. No tuvo miedo aun cuando ponía en riesgo la vida y no dudó de denunciar todo aquello que iba contra del hombre y cegaba la presencia de Dios.
Juan Pablo II tenía en claro su llamada a la Santidad. Era cura, Obispo y Papa tratando de ser Santo y cuando se lo veía y se le trataba (estuve cinco veces con él) se notaba que era un Santo, es decir traslucía una vida espiritual que te hacía pensar en Dios. Muchas veces los consagrados podemos caer en la tentación de ser agradables a la popularidad de la gente, por carisma o acciones; San Juan Pablo era santo y eso lo hacía popular.
Armar un esquema de sus escritos y acciones en la Iglesia es tarea ingente, pero estoy seguro de que al modo de San Gregorio Magno, cuya gran reforma se aplicó durante 100 años, a nosotros nos esperan otros 100 para aplicar todo lo que hizo San Juan Pablo II.

La fuerza de aquel mensaje
MAURO CARLOROSI / SACERDOTE
Juan Pablo II promedió cinco viajes por año durante su pontificado. Fue el primer Papa en la historia que tuvo el proyecto de realizar visitas pastorales a todos los países que pudiera. Tenía pendiente un viaje que incluyera varios días en la Argentina, debido a que la primera visita, en 1982, había sido motivada por su lucha por la paz ante la guerra en Malvinas. Por tanto, era una cuestión de agenda…
Su paso por el país estuvo marcado por su interés en promover la evangelización en todos los ámbitos propios de la vida de los argentinos. Por ejemplo, en el campo habló del agro; en la Patagonia habló a los indígenas y hasta en su idioma; en Mendoza habló de la paz ante los litigios con Chile -que también por ayuda de Juan Pablo II culminaron en paz-. Además, fue en Buenos Aires el gran encuentro con los jóvenes en la primera Jornada Mundial de la Juventud convocada internacionalmente (las anteriores habían sido en Roma desde 1984).
La visita a Tucumán estuvo motivada por el aspecto histórico, al ser la ciudad cuna de la independencia no sólo de la Argentina. En su mensaje afirmó que somos hijos y herederos del esfuerzo de los que dieron su vida por la patria. Remarcó que somos hijos de esta tierra y somos hijos de Dios.
El viaje a Salta estuvo motivado principalmente por ser uno de los corazones de la religiosidad popular católica del país. La devoción al Señor y a la Virgen del Milagro es expresión encumbrada de la fe del noroeste argentino, ya que de estas latitudes norteñas partió la evangelización hacia el resto del país.
También se vio la visita del Papa como un esfuerzo por que el país tomara conciencia de la importancia de la familia, en el contexto del debate por la ley de divorcio vincular que finalmente culminaría aprobándose pocos meses después.

Un santo que me guía
MARTA LASTENIA COSSIO / PERIODISTA JUBILADA DE LA GACETA
Tenía 39 años, tres hijas divinas de 15, 14 y 11 años. Un trabajo que amaba, en LA GACETA. Padres espectaculares, amigos, salidas... Todo lo que uno necesita para ser feliz. Un día me agarré una meningitis. Estuve internada en coma varios días. Cuando salí me di cuenta de que no escuchaba nada. Estaba sorda. Era la secuela. Unos meses antes, en abril, había estado en nuestro país nuestro querido papa Juan Pablo II. Yo estaba al pie de la escalerilla del avión cuando aterrizó, junto con otras 10 o 12 personas acreditadas para estar ahí. En la parte alta de la escalerilla vi un ángel, no un Papa. Bajó, saludó uno a uno a los presentes. Cuando llegó a mí se puso una mano en el corazón y la otra en mi cabeza y me dijo: “en usted un saludo a todos los periodistas de Tucumán”. A ese santo no me lo olvido más. Cada vez que siento que no doy más miro su foto que me dice: “levantate, tenés todo para seguir”. Mi Papa, mi santo, me fue mandando perlitas para que yo pudiera día a día ir levantándome de mi dolor. Mi vida es un milagro de Juan Pablo II.







