La calidad educativa está en agenda educativa desde hace años y sin embargo no logra levantar vuelo. Es un problema multicausal. La inclusión de muchos chicos que nunca fueron a la escuela hizo bajar el rendimiento en general. Pero desde lo estrictamente educativo, hay otras cuestiones que colaboraron. LA GACETA convocó a dos ex supervisoras, María Beatriz Sánchez de Comas y Ana María Dorao, para que aporten sus puntos de vista a la luz de su experiencia.
“A pesar de que hoy se cuenta con muchos recursos que por muchos años no hubo, las políticas para mejorar la calidad no tuvieron el impacto deseado en el aprendizaje. Desde la transformación educativa se saturó con planes, programas y proyectos nacionales y provinciales. Cada uno actuaba como satélite, lo que llevó a debilitar la gestión escolar. Los directivos se convirtieron en arquitectos, contadores, expertos en proyectar para recibir planes, que no se llevaron o llevan a cabo, lo que quita tiempo para centrarse y mirar qué y cómo se enseña y evalúa. El control como parte de la gestión es condición básica para la calidad educativa”, observa Sánchez de Comas.
La sociedad se transformó y la escuela todavía permanece con una estructura rígida, graduada, prevaleciendo aún hoy “cada maestro con su librito”. “Todo esto debe ser reemplazado por un trabajo colaborativo, pensado por el colectivo docente”. Para mejorar la calidad es necesario que la escuela se piense a sí misma, con maestros innovadores, que produzcan un quiebre con otras formas de gestionar desde lo organizativo y curricular, con nuevas estrategias de intervención y diversificadas, propone.
“El aprendizaje tiene que ser entre alumnos, las actividades deben ser variadas y el docente no tiene que usar sólo la clase frontal para atender las trayectorias de los alumnos”, sentencia. También reniega del facilismo de la promoción prácticamente automática de los últimos años.
Ana María Dorao coincide con su ex colega en que si bien se logró inclusión, se perdió en calidad. “En primaria se consiguió que los niños estén en las escuelas, pero no todos aprendiendo o alcanzando logros satisfactorios”, reconoce la docente jubilada.
“Las causas son múltiples: la situación socio cultural de las familias; la formación académica de muchos docentes, en algunos casos la capacitación que recibieron no impacta en las aulas; las definiciones o decisiones de considerar cómo afecta la repitencia al niño y contemplar la promoción aún sin los saberes necesarios para acreditar”, dice la profesora.
Manifiesta que todo esto se vivió en la sociedad como un estímulo a la cultura del menor esfuerzo. Esta idea se expandió peligrosamente en la escuela, donde los alumnos sentían que estudiando o no, asistiendo a clase o no, el resultado era el mismo: la promoción, opina.
Hoy vivimos en una sociedad que debe contemplar -como dice el ministro de Educación, calidad y oportunidad- que atienda la necesidad y desarrolle las posibilidades. Para ello propone que la política educativa llegue efectivamente a las aulas, que se trabaje junto con los supervisores, que muchas veces lo hacen en soledad, que se revise la gestión directiva, se adecue la capacitación de los docentes a los nuevos requerimientos y que se renueven los modos de evaluar.
> CONCLUSIONES

Debe haber un trabajo en equipo
Para elevar la calidad las escuelas deben realizar un trabajo colaborativo entre docentes y directivos. Se deben incluir nuevas estrategias de intervención, diversas y creativas.

La capacitación debe bajar al aula
Los directores deben capacitar a sus docentes con las herramientas adecuadas. El problema es que muchas veces los nuevos contenidos nunca llegan al aula.
Directores con capacidad de gestión
El rol de los directores es fundamental en el funcionamiento de la escuela. Deben ser capaces de dirigir grupos dinámicos y multidisciplinarios, que trabajen con entusiasmo y creatividad.







