Próximo a jubilarse, pero todavía en el cargo de representante legal de tres colegios parroquiales de Banda del Río Salí, el ex vicario de Educación, monseñor Miguel Galland, tiene pocas esperanzas de que la escuela mejore rápidamente. La herida es profunda y no depende de un solo factor para curarse. La familia, desintegrada, débil, con padres ausentes, es la principal responsable de que los chicos no puedan aprender lo que los maestros tratan de enseñarle, sostiene Galland.
Ni con clases divertidas ni por mucho que se esfuerce el docente logrará sustituir la única forma de aprender: “clavando los codos en la mesa y tratando de comprender lo que se lee”. “La realidad nos demuestra que los chicos no estudian, y que se los deja hacer”, remarca el responsable legal de la Escuela Social de Cultura Católica “Nuestra Señora del Valle”, de niveles primario y secundario, en dos turnos, y la escuela de formación profesional.
“Se supone que la familia es la primera educadora del niño, pero ocurre que la familia de hoy no educa. Y para peor, en muchos casos, si los chicos no conocen lo que es una familia completa, porque falta el papá, o la mamá, o faltan los dos porque trabajan, ese chico crece solo, sin tener a quién obedecer. Entonces va a la escuela y hace lo que quiere”, admite con tristeza.
La pobreza es otro punto que juega en contra. Muchos chicos van a pedir limosna y aunque están cuatro horas en la escuela, no les sirve de mucho porque en la casa nadie los ayuda a hacer los deberes. En los sectores más vulnerables se necesitan escuelas de doble jornada para que los chicos estén por más tiempo contenidos. Pero por mucho que se construyó, los edificios escolares no alcanzan porque por la tarde funciona otro turno y en algunos casos otra escuela.
Monseñor Galland ha visto a muchos chicos “mal comidos, faltos de afecto y con el celular en la mano todo el tiempo, que los distrae al punto de que no les queda tiempo para estudiar. Esto ocurre tanto en primaria como en la secundaria”, dice. El profesor se enfrenta a aulas sobrecargadas de alumnos, por el déficit de colegios secundarios, que hay todavía. “Es cierto que el Gobierno ha hecho edificios pero estamos lejos estamos lejos de tener la cantidad que se necesita. A los colegios privados no nos dejan tener más de 35 alumnos por aula, pero los estatales tienen hasta 50”, remarca el sacerdote.
Otra consecuencia de la disgregación de la familia es que los jóvenes se han vuelto muy agresivos y con grandes ansias de independencia, no obedecen al profesor, molestan, a veces no quieren entrar a clase. “Muchas veces el profesor se siente impotente y al final dice: ‘bueno, el que quiere aprender, que aprenda’. En ese clima no se puede enseñar”, dice.
Aunque parezca difícil, monseñor Galland piensa que la única solución es reconstituir la familia, volver a valorarla.
Además del contenido social, y la modificación de hábitos para que el chico le dedique más tiempo al estudio, Galland señala la necesidad de incorporar las herramientas tecnológicas al aula, como es el celular. “En la familia pueden no tener para comer, pero siempre se las rebuscan para tener un celular”, se sorprende.
“También es indispensable aumentar la cantidad de horas de clase, algo que los educadores estamos pidiendo, como urgente, desde hace más de 20 años -explica-. El problema es que nunca se puede cumplir por falta de edificios escolares y de presupuesto”.
> Conclusiones

Crecen en soledad
Muchos chicos crecen en soledad, porque el padre no existe o porque la madre trabaja y el padre también. Se acostumbran a moverse solos y no tienen a quién obedecer.
Se necesitan más edificos escolares

Aunque se construyó mucho, especialmente en los 12 años del Gobierno anterior, hacen falta más escuelas secundarias para implementar las jornadas de doble escolaridad.
Hay que incorporar el celular
Es importante aprovechar el celular, que el chico no suelta ni por un minuto, para convertirlo en una herramienta pedagógica que sirva para el conocimiento.







