Le dijo adiós al Colegio Militar, pero no escapó a su destino

02 Abr 2017 Por Claudia Nicolini
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DOS ETAPAS. Arriba: Francisco y sus compañeros de la escuela Mitre. Izquierda: en un baile en el Colegio Militar.

“A este barco nuestro no se lo baja de un solo tiro. Y no creo que entremos en guerra. Chau, papá, te quiero mucho”. Según sus recuerdos teñidos por la tristeza, estas fueron las últimas palabras que Francisco “Paco” Gálvez escuchó de su hijo. Pasaron 35 años y a don Paco el dolor no lo enmudece, y en ningún momento se quiebra. Aunque se nota en la tensión en su rostro, reconstruye los últimos meses de su hijo y recupera recuerdos: “el día que nació fue el más feliz de mi vida; el día que murió fue el peor. Y ni siquiera pude tenerlo entre mis brazos”.

Con su esposa, Olga Ovejero, a la que cariñosamente su marido y los amigos de su hijo llaman “Tonona”, no pasa lo mismo. “¿Quiere conocer a mi hijo?”, preguntó escuetamente. Eso fue todo; luego caminó hasta la foto de Alfredo, que comparte sitial con las de sus dos hermanas y sus sobrinos, y la miró largamente. Ocurrió en el living de la casa; la misma que él había habitado hasta marzo de 1982, cuando le tocó incorporarse a la Armada.

El soldado Francisco Alfredo Gálvez había nacido el 9 de marzo de 1962. Empezó la primaria en la escuela Mitre, pero desde sexto grado fue al Tulio, donde se recibió en 1979. Don Paco dice que su hijo era buen estudiante y que le gustaba mucho leer. “Uno de sus temas favoritos era la Segunda Guerra Mundial”, rememora. En cambio, no recuerda a los amigos del colegio; sólo que con frecuencia, en el departamentito que le habían construido en la planta alta de la casa, les enseñaba álgebra.

Son ellos los que toman la palabra. “Tenía un carácter muy lindo, se reía mucho”, dice con inmenso cariño Alberto Sfer. Coinciden con él José Saal y los hermanos Daniel y Fernando Sal, todos egresados del Tulio con Alfredo. Los adjetivos se van hilvanando, y con ellos, las anécdotas. Podemos saber, entonces, que fumaba Parisien; que era fanático del TEG, el juego de mesa de estrategias de guerra; que le gustaban las milanesas de Chacho, que muy de vez en cuando se tomaba un 7° Regimiento; que un día, en la Facultad, apoyó los apuntes en el techo del auto, puso primera, arrancó y sembró hojas por media Quinta Agronómica...

Pero quien tiene más para compartir es José, porque fueron compañeros desde la Mitre y continuaron compartiendo estudios después de 1979.

Cuando estaba en el último año del colegio, recuerda don Paco, Alfredo decidió inscribirse en el Colegio Militar. Pero no fue el único: también José se pasó todo 5° preparando el ingreso. Y Fernando reconoce que en ese año extrañaron a Alfredo, porque estaba “a mil”

“Se fue contento -se asombra un poco su padre-, era la época del proceso... Pero él eligió eso”. “Lo eligió, sí, pero no mucho después descubrió que no era lo suyo”, reconoce José, y Fernando acota: “el verticalismo no era para él”.

Cuando faltaba poco para jurar la Bandera -cuenta don Paco-, Alfredo sufrió una lesión que le impidió hacerlo. “Cuando las desgracias vienen, vienen juntas”, sentencia don Paco: poco tiempo después Alfredo recibió la baja. “Si hubiera jurado la Bandera le habrían dado por cumplido el servicio militar... Y nunca se hubiera embarcado en el Belgrano”, resume.

En 1981 Alfredo cursó su primer año de Ingeniería... Se reencontró con sus ex compañeros y todo parecía acomodarse, hasta que en el sorteo le tocó “número alto”: tuvo que incorporarse a la Armada.

En Puerto Belgrano, durante la instrucción, conoció a Fabián Lavilla. “Era alegre, divertido, optimista... -recuerda Fabián-. Cuando nos dieron destino seguía contento: le había tocado el área de Comunicaciones; como estudiante de ingeniería le interesaba...”.

Precisamente en la torre de comunicaciones del Belgrano estaba Alfredo cuando el primer torpedo impactó en la proa. Los oficiales le ordenaron que bajara a las balsas. “Preguntó por un amigo, le contestaron que no había salido de los dormitorios y bajó a buscarlo. Fue la última vez que lo vieron”, cuenta don Paco. Los ojos siguen secos; el corazón, en un puño.

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