El valiente “Viki” sigue esperando la calle que Aguilares le prometió

Su hermana vivió una aventura de película.

02 Abr 2017 Por Federico Espósito
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PRIMEROS PLANOS. Eugenia y Víctor, hermanos separados hace 35 años. la gaceta / fotos de osvaldo ripoll

Un monolito algo desgastado por el paso de los años recuerda un nombre: Víctor Antonio Nieva. Está en la esquina de Sarmiento y Pringles, a un par de cuadras de la plaza principal de Aguilares. Más allá, en el cementerio, una tumba que casi nadie visita lo reivindica como héroe de la ciudad y lo custodia. Es un símbolo, porque Víctor no está allí. Hace 35 años, a su familia le entregaron un cajón vacío, envuelto en una bandera.

El relato de Eugenia, hermana de Víctor, trasluce que tres décadas y media no fueron suficientes porque el dolor quema por dentro. Hablar de “Viki” -como lo conocían en el barrio- remueve la angustia, pero ella sostiene que lo hará cuantas veces sea necesario. Y que asistirá cada año a los actos en homenaje a los caídos y a los sobrevivientes. “No quiero que se olviden de estos héroes ni que los jóvenes de hoy no sepan quiénes fueron ni lo que tuvieron que vivir. Es algo que no debe pasar nunca más”, enfatiza.

Por un futuro mejor

No había cumplido 13 años y Víctor ya trabajaba para ayudar a su madre, Ángela, que había quedado viuda. Antes de ir a la escuela repartía gas en garrafas por el barrio, tirando un carrito montado en la bicicleta. “Cuando vino gente de la Marina en plan promocional a él le gustó la idea, porque sentía que en Aguilares no tendría futuro y que nunca podría ir a la universidad. Se fue con esa ilusión de poder estudiar. Decía que si a él le iba bien podría ayudar a la familia”, lo describe Eugenia, dos años menor que su hermano.

Víctor, que nunca había visto el mar, navegó por lugares tan distantes como Francia y Japón. Una vez por semana se comunicaba a través de cartas. Los vecinos lo consideraban un hijo más y pasaban todos los días por casa de los Nieva a preguntar si había llegado alguna carta de “Viki”. Eugenia o sus hermanos las leían en voz alta.

La última de ellas llegó desde Ushuaia, antes de la partida a Malvinas. “Nos pedía que estuviéramos tranquilos, porque confiaba en lo que le habían enseñado. Decía que no tenía miedo, que lo único que le preocupaba era perder a sus camaradas, como él los llamaba. Y le pedía perdón a Dios por si tenía que quitar alguna vida. No quería hacerlo, pero debía pelear por su patria”, explica Eugenia.

El impacto

“¡Ha muerto el tío Viki!”. Su pequeña sobrina entrando a los gritos al colegio para avisarle y Eugenia se desmayó. Los profesores la llevaron hasta su casa.

“Mi mamá estaba descompuesta, porque nos habían traído un cajón vacío. Ella les decía que no quería ese cajón, que quería a su hijo. Que ella se los había dado y quería que se lo devolvieran”, rememora Eugenia, para quien el dolor sólo fue empeorando.

“Un chico de Aguilares que sobrevivió al hundimiento, Teté Barros, me contó que lo había visto. Víctor terminaba la guardia cuando se produjo la primera explosión. Corrió hacia los dormitorios a tratar de ayudar a algunos compañeros. Teté me contó que lo vio sacar a dos y luego irse hacia las escaleras. Y no lo vio más. Quizás, si Víctor hubiera pensado sólo en él, hoy estaría con nosotros. Pero se preocupaba demasiado por sus compañeros. Eso me da mucho orgullo, aunque duela. Porque todavía duele tanto esa ausencia...”, dice Eugenia, con voz quebrada.

La búsqueda

Fue tal el impacto de la noticia que Eugenia tomó una decisión que rayaba en la inconsciencia: ir en busca de su hermano. Nunca había salido de Aguilares, pero el 16 de mayo, día en que cumplía 16 años, juntó algo de ropa y dinero en unas bolsas, esperó que su madre se acostara a dormir la siesta y se escapó de su casa. Tomó un colectivo Estrella del Sur que la llevó hasta Río Medina y luego, en El Trébol, llegó hasta San Miguel de Tucumán. “No conocía nada. Preguntando llegué hasta la estación de tren y saqué pasaje a Retiro. Hice todo el viaje sentada en la escalera por donde subían los pasajeros. Lloraba de miedo, pero estaba decidida a encontrar a mi hermano”, cuenta.

Si la capital tucumana le parecía grande, Buenos Aires era directamente inabarcable. Pero gracias a la solidaridad que imperaba por Malvinas, siempre hubo quien la acompañara o la guiara. “No tenía idea de dónde podría estar, así que me recorrí todo. Anduve por hospitales militares, liceos, destacamentos y cualquier lugar donde pudiera haber heridos de la guerra. No te imaginás lo triste que fue ver tantos chicos mutilados, quemados, moribundos -relata-. Pero cada vez que entraba a una habitación, me ilusionaba con escuchar su voz otra vez. Lo hubiera reconocido con sólo escucharlo”.

Su búsqueda la llevó desde Buenos Aires hasta Ushuaia. Fueron más de seis meses viajando a dedo entre pueblos y ciudades, en los que descubrió una Argentina mucho más grande de la que imaginaba. “Sentí bronca, porque pensaba: ¿por qué mandaron a morir a tantos chicos por un pedacito de tierra cuando acá tenemos tierra de más?’. Sí, quizás era egoísta de mi parte, pero en ese momento ni pensaba en soberanía ni en riquezas. Sólo en mi hermano”, explica.

En el camino, se encontró con muchas historias de posguerra, tan trágicas como la suya. “Fui mamá y fui hermana de chicos que no veían y no tenían quién los visitara. Y a otros chicos los ayudaba escribiendo las cartas que les mandaban a sus familiares. Lo hacía porque me encariñaba con ellos y también porque quizás, en algún lugar, alguien haría lo mismo por Víctor”, detalla Eugenia.

Al rescate del recuerdo

Nunca pudo encontrarlo, pero no por ello Eugenia perdió la esperanza de escuchar una vez más la voz de Víctor. “En mi viaje, conocí muchos sobrevivientes que no recordaban de dónde eran. Yo sé que es muy difícil, pero siempre estará conmigo esta ilusión de que ‘Viki’ esté todavía en algún lugar, sólo que no recuerde nada”, se aferra.

Mientras tanto, lucha por mantener viva la memoria de su hermano. Hace 10 años participó de un video homenaje que puede encontrarse en YouTube, realizado por el grupo juvenil de Aguilares “Movimiento Cultural y Solidario para la Vida”. Ellos se propusieron rescatar del olvido ciudadano la historia de Víctor e impulsar una ordenanza municipal para que una de las calles de la ciudad lleve el nombre del héroe caído. La ordenanza se aprobó en 2008, pero al día de hoy sigue sin ser cumplida.

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