La revancha del tachero
Dos cosas funcionan como chispazo para encender las críticas al servicio de taxis en la ciudad: los aumentos en las tarifas (el último se produjo en diciembre) y el verano. La objeción casi generalizada de los usuarios es que deben pagar un alto precio por una prestación deficiente en varios aspectos: autos destartalados y sucios, choferes que no siempre cumplen con las pautas de higiene esperables y el vuelto que nunca aparece son algunos de los reclamos más frecuentes, además de que son pocos los que circulan con aire acondicionado. Las quejas no apuntan sólo a los dueños de los autos y a los conductores, sino también al municipio, que no muestra firmeza para controlar y que se cumplan con las normativas.
Pero del otro lado del mostrador, o del auto, también hay reclamos. El jueves LA GACETA publicó en su sección Cartas de Lectores la mirada de un chofer de taxis, que sostiene que de parte de los pasajeros también hay comportamientos cuestionables. “Cuidado, no generalizo, suben excelentes pasajeros. Y de los otros, puedo decirle: olor a transpiración algunos; mal aliento, mal olor en el calzado, madres que dejan pañales en el asiento o en el piso, restos de comida, discusiones en el medio de las cuales me digo a mí mismo: ‘palmó mi puertita’”, enumeró Fernando Franco como respuesta a un Editorial también publicado en LA GACETA, el 13 de marzo.
Esta vez les toca hablar a ellos. LA GACETA recorrió la ciudad y conversó con varios taxistas que contaron cuáles son los problemas a los que se enfrentan cada vez que se sientan frente al volante para trabajar jornadas de 12 horas en algunos casos. Esta es la revancha del tachero, quien además de vérselas con el pésimo estado de las calles de Tucumán debe tratar con clientes no siempre educados ni bien predispuestos.
Vuelto, noche e infidelidades
El vuelto es siempre un momento problemático. “Cuando les decimos que nos falta una moneda, nos acusan de que nos las quedamos”, expresa Miguel Gómez, que maneja su taxi hace 28 años. “Muchas veces, la gente te trata mal o algunos no quieren que les toques la mano cuando le das el vuelto”, agregó Emmanuel Espinoza. Para evitar este problema, algunos optan por redondear hacia abajo lo que marca el reloj y pierden algunos centavos o pesos en ese viaje.
La seguridad es un reclamo recurrente de los choferes. Andrés Rivadeneira, taxista desde hace 15 años, cuenta que ya lo asaltaron varias veces y que, después de la primera oportunidad, empezó a pensar qué viajes tomar y cuáles no.
“Cuando andaba de noche me robaban y por eso ya no salgo en ese horario”, relata Gómez. Varios coinciden en los riesgos particulares que implica trabajar en ese turno. A Martín Nieva, varias veces lo molestaron adolescentes y jóvenes en estado de ebriedad. “También hay algunas pasajeras que te hacen propuestas raras, pero yo no entro en ese juego”, sugiere José Leguizamón.
Un pedido que los taxistas repiten hasta el cansancio es que los pasajeros cuiden la limpieza de las unidades. “A veces son un poco injustos porque ellos suben, ensucian los autos y nosotros nos quedamos callados”, reclama Gonzalo Juárez. Según Oscar Catalán, los más descuidados son aquellos que permiten a sus hijos pequeños que pisen los asientos o que los rompan con sus mochilas. Otro problema que sufren los choferes es que algunos usuarios no respetan la prohibición de fumar, beber o comer dentro de los móviles.
Quienes manejan taxis y tratan con respeto a sus pasajeros esperan la misma respuesta del otro lado. “Necesitamos que sean más comprensivos y que nos traten bien porque somos personas como ellos”, resume Juan Correa.
Además de las situaciones conflictivas, los choferes también viven otras que los sorprenden y que eligen contar como anécdotas divertidas. “Una vez subió un muchacho y después, cuando lo vi por el espejo retrovisor, se había vestido de chica”, recordó Mario Centeno con una sonrisa. No fue magia: el pasajero simplemente se cambió la ropa en el auto.
Jorge Coronel nunca se olvidará de aquella vez en la que presenció una infidelidad y una pelea en la que, sin comerla ni beberla, quedó en el medio. Una mujer pronunció la hollywoodense frase “siga a ese taxi” y señaló un auto en el que iba su novio con otra chica. Según el taxista, los persiguieron hasta la entrada de un hotel alojamiento donde se bajaron y comenzaron a discutir. “En un momento -recuerda-, tuve que acercarme e interrumpir la pelea para pedirle que me pagara porque me tenía que ir”.
Pero del otro lado del mostrador, o del auto, también hay reclamos. El jueves LA GACETA publicó en su sección Cartas de Lectores la mirada de un chofer de taxis, que sostiene que de parte de los pasajeros también hay comportamientos cuestionables. “Cuidado, no generalizo, suben excelentes pasajeros. Y de los otros, puedo decirle: olor a transpiración algunos; mal aliento, mal olor en el calzado, madres que dejan pañales en el asiento o en el piso, restos de comida, discusiones en el medio de las cuales me digo a mí mismo: ‘palmó mi puertita’”, enumeró Fernando Franco como respuesta a un Editorial también publicado en LA GACETA, el 13 de marzo.
Esta vez les toca hablar a ellos. LA GACETA recorrió la ciudad y conversó con varios taxistas que contaron cuáles son los problemas a los que se enfrentan cada vez que se sientan frente al volante para trabajar jornadas de 12 horas en algunos casos. Esta es la revancha del tachero, quien además de vérselas con el pésimo estado de las calles de Tucumán debe tratar con clientes no siempre educados ni bien predispuestos.
Vuelto, noche e infidelidades
El vuelto es siempre un momento problemático. “Cuando les decimos que nos falta una moneda, nos acusan de que nos las quedamos”, expresa Miguel Gómez, que maneja su taxi hace 28 años. “Muchas veces, la gente te trata mal o algunos no quieren que les toques la mano cuando le das el vuelto”, agregó Emmanuel Espinoza. Para evitar este problema, algunos optan por redondear hacia abajo lo que marca el reloj y pierden algunos centavos o pesos en ese viaje.
La seguridad es un reclamo recurrente de los choferes. Andrés Rivadeneira, taxista desde hace 15 años, cuenta que ya lo asaltaron varias veces y que, después de la primera oportunidad, empezó a pensar qué viajes tomar y cuáles no.
“Cuando andaba de noche me robaban y por eso ya no salgo en ese horario”, relata Gómez. Varios coinciden en los riesgos particulares que implica trabajar en ese turno. A Martín Nieva, varias veces lo molestaron adolescentes y jóvenes en estado de ebriedad. “También hay algunas pasajeras que te hacen propuestas raras, pero yo no entro en ese juego”, sugiere José Leguizamón.
Un pedido que los taxistas repiten hasta el cansancio es que los pasajeros cuiden la limpieza de las unidades. “A veces son un poco injustos porque ellos suben, ensucian los autos y nosotros nos quedamos callados”, reclama Gonzalo Juárez. Según Oscar Catalán, los más descuidados son aquellos que permiten a sus hijos pequeños que pisen los asientos o que los rompan con sus mochilas. Otro problema que sufren los choferes es que algunos usuarios no respetan la prohibición de fumar, beber o comer dentro de los móviles.
Quienes manejan taxis y tratan con respeto a sus pasajeros esperan la misma respuesta del otro lado. “Necesitamos que sean más comprensivos y que nos traten bien porque somos personas como ellos”, resume Juan Correa.
Además de las situaciones conflictivas, los choferes también viven otras que los sorprenden y que eligen contar como anécdotas divertidas. “Una vez subió un muchacho y después, cuando lo vi por el espejo retrovisor, se había vestido de chica”, recordó Mario Centeno con una sonrisa. No fue magia: el pasajero simplemente se cambió la ropa en el auto.
Jorge Coronel nunca se olvidará de aquella vez en la que presenció una infidelidad y una pelea en la que, sin comerla ni beberla, quedó en el medio. Una mujer pronunció la hollywoodense frase “siga a ese taxi” y señaló un auto en el que iba su novio con otra chica. Según el taxista, los persiguieron hasta la entrada de un hotel alojamiento donde se bajaron y comenzaron a discutir. “En un momento -recuerda-, tuve que acercarme e interrumpir la pelea para pedirle que me pagara porque me tenía que ir”.







