PBRO. MARCELO BARRIONUEVO
Este domingo, día en que se celebra a San José, el evangelio nos invita a reflexionar sobre la “profundidad de la vida”, sobre la importancia de buscar las cosas esenciales superando lo meramente periférico y superficial. Descubrimos el llamado a mirar lo que tiene nuestro corazón, con qué cosas lo llenamos y cuáles son nuestras primeras preocupaciones, qué domina el sentimiento, que inquietudes nos movilizan; a ellas hay que confrontarlas con Dios al modo como hace Jesús con la samaritana.
Inicialmente a la mujer le extraña que un judío le dirija la palabra. Jesús pasa por alto los prejuicios sociales y el tono desenvuelto y un tanto hosco de ella y le dice que es dueño de un agua que apaga la sed para siempre. El escepticismo aparece: “¿eres tú más que nuestro padre Jacob...? ¿Es que hay algo mayor y mejor que los bienes de este mundo? Tenemos sed de bienestar, de afirmación personal..., pero vamos a apagarla en los aljibes de este mundo (Cf Jer 2,13). Jesús conoce el corazón humano y dice: “si conocieras el don de Dios...”
El Señor le pide que mire la vida mas alla de lo puramente material, mas allá de lo que es tener cosas que acaparan la existencia.
El Señor asume el diálogo para llegar al fondo del corazón y descubrir lo profundo de las cosas. Cristo la coloca frente a su borrascosa historia y la mujer se siente ante alguien muy superior: “Señor, veo que tú eres un profeta”. La conversación continúa por las alturas de la verdad de Dios y por la sinceridad de corazón que Él reclama. La conciencia, que es la voz de Dios resonando en el corazón y que Cristo ha removido, le ha hecho ver que no se puede adorar a Dios el domingo y los demás días rendir culto al orgullo y la sensualidad.
Jesús le responde con sencillez pero con un acento que la desconcierta: “Soy yo, el que habla contigo”. La mujer, atónita, deja el cántaro en el pozo y corre alborozada a extender la noticia. ¿Por qué no buscar un encuentro personal con Jesús por la lectura atenta y diaria de la Escritura Santa, de una confesión sincera de nuestros pecados, de la Eucaristía? Ese encuentro provocará en cada uno el mismo sobresalto que en esta mujer y, como ella, sentiremos la necesidad de comunicarlo a la familia, los amigos y vecinos, ¡a todos!








