LUCÍA PIOSSEK Y SU JARDÍN. “Hay que rechazar esa afirmación tonta, pero tan frecuente, de que el hombre está por encima de la naturaleza”. LA GACETA / FOTO DE ANALÍA JARAMILLO.
Charlar con Lucía Piossek Prebisch hace pensar que 90 años “no es nada”. Abre feliz las puertas a la calidez de su casa; porta la exquisita elegancia de siempre; se resiste a ser tratada de “profesora” y pide que se la tutee. Como transacción, a partir de ese momento es “sólo” Lucía, pero acepta el usted.
Pues bien: Lucía es hoy, entre otras cosas, la memoria viviente de la Filosofía en Tucumán. Ingresó a la Facultad en 1942 y la habitó durante 57 años: allí fue alumna de grandes como Eugenio Pucciarelli, Silvio Frondizi, Enrique Anderson Imbert; la compartió con su marido, Hernán Zucchi -profesor de Filosofía Antigua-; enseñó Filosofía Contemporánea y fundó el Instituto de Historia y Pensamiento Argentinos, para enumerar solo algunos hitos. Afirma, sin embargo, que no la extraña: “me jubilé casi al mismo tiempo que murió Hernán -cuenta-; y toda mi vida tuvo que reacomodarse. La de ahora es totalmente diferente. Pero sí echo de menos a veces el contacto humano del intercambio”.
Por suerte, el intercambio disminuyó pero existe, e hizo posible ver que a los verdaderos pensadores la vida a veces les permite “parir” a los 90: hace un par de días “nació” un nuevo libro de Lucía. Se llama “Ensayos y testimonios” y reúne textos de distintos momentos de su vida filosófica, inseparable -se verá más adelente- de su ser mujer y madre.
“Me daba un poco de temor esta empresa, pero amigas como Dolores Cossio, que conocían algunos de los textos, insistieron. Y, claro, mi hija, Tita Zucchi, que además me ayudó a repensar, agrupar, corregir... No sólo metió la cuchara. ¡Metió todos los cubiertos!”, cuenta orgullosa.
Reconoce que no tenía un plan preconcebido. “Pero cuando reuní los textos me quedó claro que en todos subyace el tema de la dignidad humana”, añade.
El libro se abre con una reflexión sobre la apariencia. “Quiero mucho ese artículo, aunque no fue el preferido de los lectores -cuenta-. Partí del hecho de que, desde el principio de la humanidad, todos los pueblos han fabricado ‘objetos inútiles’, los que tienen que ver con el arte”.
“El esplendor de la apariencia” destaca la “mucha historia” de la palabra apariencia y su ser “sospechosa, por su parentesco con aparentar”. Pero pronto viene el giro: el arte como el ámbito que produce intencionalmente la apariencia: “el hombre siempre ha gozado y se ha liberado momentáneamente de su entorno problemático gracias al esplendor de la apariencia en la naturaleza y el arte”, cierra el artículo.
“El tema me preocupa; si yo fuera ministra de Educación, reforzaría todo lo que tiene que ver con las palabras, porque la lectura nos abre el mundo, pero también con las artes”, reflexiona durante la charla. Se cita a sí misma: “...el arte desata y libera nuestra imaginación y nuestra sensibilidad...” y destaca: “la realidad cotidiana -basura en las calles, bancos de los plazas rotos, autos mal estacionados, semáforos cruzados en rojo, enumera- nos muestra cómo hemos perdido nuestra sensibilidad cívica”, reflexiona.
“En nuestra provincia lo público no es ‘de todos’; lo público no es de nadie”, se lamenta.
Dar a luz
Lucía y Hernán tuvieron dos hijos. Tita -la de “los cubiertos”- y Hernán Emilio, ingeniero electrónico. Esa maternidad también fructificó en filosofía. “Siempre importante para mí la cuestión de la corporeidad. Y salvo dos excepciones del XIX (Maine de Biran y Nietzche), recién en el siglo XX el cuerpo, especialmente el cuerpo propio, se torna tema filosófico”, señala.
“Hoy puede sonar muy evidente, pero la frase de Gabriel Marcel ‘yo soy mi cuerpo’ me sacudió y comenzaron a nacer las preguntas. Era madre desde hacía poco...”, recuerda.
Era la década de 1960
Primero construyó una definición de filosofía que -sintetizada- dice algo así: es la traducción en concepto de la experiencia vivida.
Marcel -cuenta- se había preguntado cómo surge de “una nada de experiencia carnal” el maravilloso sentimiento de paternidad. “Yo me pregunté ¿qué pasa con la maternidad y la experiencia del cuerpo? Si nuestro cuerpo es el modo como nos insertamos en el mundo, ¿cómo se instala en el mundo la mujer con un cuerpo diseñado para ser enajenado, puesto al servicio de un ‘otro’? Ese cuerpo que gesta -añade- tiene un particular carácter: es mi cuerpo pero no mío”.
Una de las implicancias de este hecho es lo que llama -y se disculpa por ser “pedante”- una “experiencia de humildad ontológica”. “Se pone en crisis el concepto del humanismo como lo concebía el Renacimiento: superioridad y señorío de los humanos sobre el resto de la naturaleza. En ese ‘mi cuerpo enajenado por un otro’ los proyectos individuales se entrecruzan con los de la especie”, explica. “¿Dónde queda la superioridad? ¿por qué sería superior ser racional, afirmación corriente pero tan tonta? También esa definición hay que replantearla. Y, en ese contexto, me gusta la de Karl Jaspers (uno de los autores que tradujo): afirma que la razón es el ámbito donde son posibles el diálogo y el entendimiento. No es cuestión de superioridad, entonces, sino de armonía. Y de recuperar el estado de ánimo propio del humanismo clásico: la alegría de vivir”.
Pues bien: Lucía es hoy, entre otras cosas, la memoria viviente de la Filosofía en Tucumán. Ingresó a la Facultad en 1942 y la habitó durante 57 años: allí fue alumna de grandes como Eugenio Pucciarelli, Silvio Frondizi, Enrique Anderson Imbert; la compartió con su marido, Hernán Zucchi -profesor de Filosofía Antigua-; enseñó Filosofía Contemporánea y fundó el Instituto de Historia y Pensamiento Argentinos, para enumerar solo algunos hitos. Afirma, sin embargo, que no la extraña: “me jubilé casi al mismo tiempo que murió Hernán -cuenta-; y toda mi vida tuvo que reacomodarse. La de ahora es totalmente diferente. Pero sí echo de menos a veces el contacto humano del intercambio”.
Por suerte, el intercambio disminuyó pero existe, e hizo posible ver que a los verdaderos pensadores la vida a veces les permite “parir” a los 90: hace un par de días “nació” un nuevo libro de Lucía. Se llama “Ensayos y testimonios” y reúne textos de distintos momentos de su vida filosófica, inseparable -se verá más adelente- de su ser mujer y madre.
“Me daba un poco de temor esta empresa, pero amigas como Dolores Cossio, que conocían algunos de los textos, insistieron. Y, claro, mi hija, Tita Zucchi, que además me ayudó a repensar, agrupar, corregir... No sólo metió la cuchara. ¡Metió todos los cubiertos!”, cuenta orgullosa.
Reconoce que no tenía un plan preconcebido. “Pero cuando reuní los textos me quedó claro que en todos subyace el tema de la dignidad humana”, añade.
El libro se abre con una reflexión sobre la apariencia. “Quiero mucho ese artículo, aunque no fue el preferido de los lectores -cuenta-. Partí del hecho de que, desde el principio de la humanidad, todos los pueblos han fabricado ‘objetos inútiles’, los que tienen que ver con el arte”.
“El esplendor de la apariencia” destaca la “mucha historia” de la palabra apariencia y su ser “sospechosa, por su parentesco con aparentar”. Pero pronto viene el giro: el arte como el ámbito que produce intencionalmente la apariencia: “el hombre siempre ha gozado y se ha liberado momentáneamente de su entorno problemático gracias al esplendor de la apariencia en la naturaleza y el arte”, cierra el artículo.
“El tema me preocupa; si yo fuera ministra de Educación, reforzaría todo lo que tiene que ver con las palabras, porque la lectura nos abre el mundo, pero también con las artes”, reflexiona durante la charla. Se cita a sí misma: “...el arte desata y libera nuestra imaginación y nuestra sensibilidad...” y destaca: “la realidad cotidiana -basura en las calles, bancos de los plazas rotos, autos mal estacionados, semáforos cruzados en rojo, enumera- nos muestra cómo hemos perdido nuestra sensibilidad cívica”, reflexiona.
“En nuestra provincia lo público no es ‘de todos’; lo público no es de nadie”, se lamenta.
Dar a luz
Lucía y Hernán tuvieron dos hijos. Tita -la de “los cubiertos”- y Hernán Emilio, ingeniero electrónico. Esa maternidad también fructificó en filosofía. “Siempre importante para mí la cuestión de la corporeidad. Y salvo dos excepciones del XIX (Maine de Biran y Nietzche), recién en el siglo XX el cuerpo, especialmente el cuerpo propio, se torna tema filosófico”, señala.
“Hoy puede sonar muy evidente, pero la frase de Gabriel Marcel ‘yo soy mi cuerpo’ me sacudió y comenzaron a nacer las preguntas. Era madre desde hacía poco...”, recuerda.
Era la década de 1960
Primero construyó una definición de filosofía que -sintetizada- dice algo así: es la traducción en concepto de la experiencia vivida.
Marcel -cuenta- se había preguntado cómo surge de “una nada de experiencia carnal” el maravilloso sentimiento de paternidad. “Yo me pregunté ¿qué pasa con la maternidad y la experiencia del cuerpo? Si nuestro cuerpo es el modo como nos insertamos en el mundo, ¿cómo se instala en el mundo la mujer con un cuerpo diseñado para ser enajenado, puesto al servicio de un ‘otro’? Ese cuerpo que gesta -añade- tiene un particular carácter: es mi cuerpo pero no mío”.
Una de las implicancias de este hecho es lo que llama -y se disculpa por ser “pedante”- una “experiencia de humildad ontológica”. “Se pone en crisis el concepto del humanismo como lo concebía el Renacimiento: superioridad y señorío de los humanos sobre el resto de la naturaleza. En ese ‘mi cuerpo enajenado por un otro’ los proyectos individuales se entrecruzan con los de la especie”, explica. “¿Dónde queda la superioridad? ¿por qué sería superior ser racional, afirmación corriente pero tan tonta? También esa definición hay que replantearla. Y, en ese contexto, me gusta la de Karl Jaspers (uno de los autores que tradujo): afirma que la razón es el ámbito donde son posibles el diálogo y el entendimiento. No es cuestión de superioridad, entonces, sino de armonía. Y de recuperar el estado de ánimo propio del humanismo clásico: la alegría de vivir”.








