Una fábrica de fusiles

Funcionó en Tucumán desde 1810 hasta 1819

UN PROYECTO. Primera hoja de la planta que José Ayala propuso para la Fábrica de Fusiles, en 1813.  la gaceta / archivo UN PROYECTO. Primera hoja de la planta que José Ayala propuso para la Fábrica de Fusiles, en 1813. la gaceta / archivo
El historiador Ramón Leoni Pinto ha seguido en detalle la trayectoria de la Fábrica de Fusiles de Tucumán. Se instaló por orden de la Junta a fines de 1810, bajo el protectorado inicial de don Clemente Zavaleta. A su frente estuvieron Francisco Eguren, hasta 1813 (hombre que, según Manuel Belgrano no era más que “un practicón”) y Leonardo Pacheco, desde entonces hasta 1819. Los administradores fueron Simón Huidobro, cesanteado y reemplazado por Juan Antonio Lobo.

Al comienzo, el establecimiento andaba a los tumbos, a pesar de que “La Gazeta” de Buenos Aires le dedicaba grandes elogios. Según Leoni Pinto, en la época de Pacheco tuvo su hora más gloriosa: logró enviar a la capital unos 30 fusiles y reparó varios centenares de armas.

Tenía su asiento a orillas del río Salí, cerca del actual puente “Lucas Córdoba”, en un galpón alquilado: según Groussac, en 1881 aún seguía en pie. Llegó a tener un aceptable “molino de barreno de cuatro ruedas”.

Eguren propuso –sin éxito- que se construyera un cuartel en la cuadra cedida por los Padres Franciscanos, y que allí se alojara también la Fábrica. En 1813, el poder central quiso trasladarla al convento de San José de Lules, pero la idea se dejó de lado por la distancia y otros bemoles. De ese año se conserva, en el Archivo General de la Nación, el ambicioso proyecto de local que José Ayala presentó al teniente de gobernador Antonio Luis Beruti. No llegó a ejecutarse esto que, según el historiador, hubiera sido la primera obra pública “nacional” en estas tierras.

Poco después de la muerte de Pacheco, en 1819, terminó la historia de la Fábrica de Fusiles de Tucumán. Fue trasladada a Buenos Aires, por orden del Directorio Supremo.

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